Durante muchos años y antes del COVID, la palabra que aparecía hasta en la sopa era "crisis", era la muletilla en cualquier conversación, de cualquier tema. La crisis lo explicaba todo, lo justificaba todo, era la panacea, el eslabón perdido. En mi profesión, la arquitectura, la crisis respondía a todas las preguntas -¡se había descubierto el sentido de la vida!-: el porqué de la tardanza en la concesión de una licencia de obra, la subida del aluminio, lo cara que estaba construir y hasta el encarecimiento de los honorarios profesionales. Hoy no hablamos de crisis, la guerra ha aportado a la Historia otra nueva respuesta a todo y se contesta todo con un "es por la guerra". Crisis, guerra, da igual, todo está ya inventado y todo vale para que la rueda siga girando con los mismos radios, que somos nosotros. Los precios suben y ya no vuelven a bajar, los megarricos lo son más cada vez y la clase media va desapareciendo engrosando el resto.
Con los años cada vez entiendo menos cómo la gran masa de asalariados, autónomos o no, con sueldos ridículos, nadando en estos mares de crisis o de guerras, puede dar crédito a estas políticas populistas de recortes que no hacen sino alimentar un imaginario de escenarios imposibles, que perpetúan el statu quo de siempre. Parece mentira que no tengamos los ojos abiertos de espanto al darnos cuenta de que la 3ª Ley de Newton se cumple siempre, acción y reacción. Podrán echarse la culpa unos a otros, llamarse majaderos, aprovechar la leña del árbol caído, pero si recortas los presupuestos de acciones contra el cambio climático el resultado es obvio, casi automático. Si reduces los cuerpos de bomberos, no ayudas a que la ganadería "limpie" los campos, inviertes dinero en prevención y niegas el cambio climático, ¿qué reacción quieres que se produzca?
El día que los políticos tengan responsabilidades civiles por sus actos otro gallo nos cantará.
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