Vivimos entre dos amenazas, elijan: la del regreso a un pasado despótico y la de un futuro de ‘ciber-inseguridad’.
Berna González Harbour, 25.07.2026
Son días extraños. Para quienes nos dedicamos a generar y consumir información, la velocidad que han adquirido los acontecimientos nos ha sometido a tal estrés que añoramos un verano o, en el peor de los casos, al menos un día entero sin noticias. Julián Casanova me hablaba hace unos días de la increíble aceleración de la historia. Vivimos en una centrifugadora donde es imposible relajarse y reestablecer de cuando en cuando ciertas coordenadas estables, las que todos necesitamos para orientarnos.
Hoy, por ejemplo, y aparte del terror de los incendios capaces de devorar pueblos como en la Edad Media, vivimos atrapados entre dos amenazas brutales: una es fea, antigua, la conocemos demasiado bien, es lo peor del pasado; otra es moderna y parece más bonita y futurista, pero oculta peligros que ya son presentes. La primera no nos gusta. La segunda nos asusta. Y entre las dos, parecemos atrapados entre el despotismo y un mundo distópico que ya hubieran querido George Orwell o Steven Spielberg como argumento.
Vamos con la primera. Es un dirigente arbitrario, cruel y cero compasivo llamado Donald Trump. Sus modos de monarca absoluto, su odio, sus guerras y sus barreras comerciales nos van metiendo en una espiral de incertidumbre ante la que seguimos anonadados. Lo mismo quita una tarjeta roja que castiga nuestros productos; nos insulta o nos ama; firma un acuerdo nuclear con Arabia Saudí que al día siguiente invalida; o alcanza una paz con Irán que anula en pocos días. La ley y el orden internacional que nos hicieron tan previsibles y aburridos han muerto. Y el trumpómetro o termómetro de sus locuras se ha instalado en el rojo constante, se dispara tantas veces que nos satura y nos sobra. En general no queremos saber nada más, pero cuidado. Siempre nos la vuelve a liar.
La segunda es aún más inquietante. Un modelo de IA en pruebas ha sido capaz de escapar esta semana de un entorno de aislamiento, recorrer cauces imprevistos hasta salir a Internet y buscar respuestas en otra, que se ha visto asaltada y hackeada sin piedad. El extintor del incendio, nos dicen, fue una IA china. La ciberseguridad ya es lo contrario: inseguridad total. Y poner barreras es cada vez más difícil. ¿Recuerdan el Ministerio de Abundancia para abordar el hambre o el de la Paz para tratar la guerra? Pues ya saben de qué hablamos cuando hablamos de “ciberseguridad”.
Entre el pasado absolutista (que entendemos, porque lo conocemos) y el futuro de ciber-inseguridad (que no entendemos, pero que tememos), cuesta sentirse a salvo estos días. Así que antes de acelerar más la historia, aceleremos las vacaciones. ¡Feliz agosto!
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