Que me perdonen los que cumplen años hoy y los que se llaman Sinforosa (de Roma), Materno (de Milán), San Emiliano (de Silistra), Filastrio (de Brescia), Rufilo, Arnulfo, Teodosia (de Constantinopla), Federico (de Utrecht), Bruno (de Segni), Simón (de Lipnica), Juan Bautista (de Bruselas), Domingo Nicolás (Dinh Dat) o Tarsicia/ Olga (Mackiv), que celebran su onomástica también en este día.
Recordemos tan aciaga fecha para la memoria de España.
El golpe de Estado en España de julio de 1936 fue una sublevación militar dirigida contra el Gobierno constitucional de la Segunda República surgido de las elecciones de febrero de aquel año. Fue lanzado entre el 17 y el 18 de julio de 1936 por una coalición de oficiales y civiles conservadores, monarquistas y de extrema derecha. Planeado principalmente por los generales Emilio Mola y José Sanjurjo, a quienes se unió Francisco Franco, su objetivo era derrocar al gobierno del Frente Popular y reemplazarlo con un régimen autoritario. En cambio de asegurar una rápida transferencia del poder, el golpe de Estado solo tuvo un éxito parcial y precipitó la Guerra civil española. Comenzó en Ceuta, Melilla, Tetuán y las islas Canarias; más tarde, se trasladó a la Península, en la que su fracaso parcial condujo a una guerra civil y, derrotada la República, al establecimiento de una dictadura que estuvo vigente hasta la muerte del dictador Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975. El consenso entre la mayoría de los historiadores modernos (como Hugh Thomas, Paul Preston o Santos Juliá) sitúa el total de muertes vinculadas directamente con el conflicto en una horquilla de entre 500.000 y 600.000 personas. Durante la dictadura franquista se popularizó la frase del "millón de muertos" (alimentada también por novelas de la época). Sin embargo, los demógrafos e historiadores han demostrado que para llegar a esa cifra se incluyeron de forma exagerada el descenso de la natalidad, los fallecidos por desnutrición extrema durante la posguerra y el cálculo de los más de 450.000 exiliados que abandonaron el país. (Wikipedia)
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A los 90 años del inicio de la contienda, las nuevas manipulaciones del pasado amenazan los consensos de la democracia.
EL PAÍS, 18.07.2026
https://elpais.com/opinion/2026-07-18/volver-a-los-hechos-de-la-guerra-civil-espanola.html
A los 90 años del inicio de la Guerra Civil, el mundo de hoy permite que cada cual se construya, gracias a la inteligencia artificial, a la viralidad de las redes sociales y a los discursos ideológicos a medida de la audiencia, una composición a la carta de lo que ocurrió en el pasado. Más aún cuando la distancia entre los jóvenes y sus bisabuelos que se enfrentaron en trincheras distintas es cada vez mayor. Las resonancias de la guerra y de la dictadura que vino después siguen vivas, y el peligro es consumir un relato construido con los sesgos que están conformando la realidad de nuestros días: la vuelta de los nacionalpopulismos, las retóricas de descalificación del otro, el reclamo de una violencia falsamente heroica y viril, o el descrédito de la democracia.
Hace unos años los nietos regresaron a la Guerra Civil para intentar comprender lo que el silencio de sus padres les había velado, o incluso ocultado: por la represión de la dictadura dentro de España o por la necesidad de salir adelante en el exilio. Los bisnietos operan en otro terreno, plagado de trampas: las de los trazos rápidos y emocionales, los estímulos fragmentarios y los hechos alternativos. En esta marea de falsas verdades el discurso que impusieron los vencedores tiene cada vez más recorrido. No hay otra manera de desmontarlas que acudir a los historiadores, a quienes con su trabajo en los archivos han establecido los hechos y el contexto de aquellos años, más allá de la discusión presentista, de la ignorancia o mala fe de ideólogos y activistas, o del burdo reciclaje de la vieja propaganda franquista.
La guerra que se desató tras la insurrección de un grupo de militares contra la República fue un laboratorio donde se ensayó el proyecto nazi de dominar Europa, y también un conflicto de clases y religioso que tuvo componentes de género, porque el bando franquista quería destruir las conquistas de las mujeres, y territoriales. La España que impusieron los rebeldes no reconocía las singularidades de catalanes, vascos y gallegos. La tarea de la democracia que se construyó tras la muerte de Franco consistió en reconocer la pluralidad y cerrar las heridas.
El éxito fue incuestionable. Pero hoy las distorsiones de un tiempo que se rinde a las realidades paralelas amenazan con liquidar los acuerdos que en estos últimos 50 años tejieron las fuerzas políticas que miraban el pasado con distintas sensibilidades y que se ajustaron a algunos hechos indiscutibles: un golpe de Estado, la violencia en las retaguardias, el influjo de las potencias internacionales, la salvaje represión de posguerra, el aplastamiento de los nacionalismos periféricos, la dura realidad de los exiliados.
Las leyes de memoria histórica y democrática han ayudado a borrar buena parte de los símbolos que los vencedores impusieron tras su victoria y han permitido — de manera incompleta— restituir a las familias los restos de sus muertos que yacen en las fosas. Quienes prometen derogar estas leyes contribuyen a la larga a ofuscar el conocimiento del pasado, base de la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Lo difícil sigue siendo construir una memoria compartida en la que convivan la pluralidad de memorias sobre aquel terrible conflicto. Y este es un esfuerzo que compete no solo a los historiadores sino al conjunto de la sociedad. Sin unas verdades aceptadas por todos y sin un consenso sobre la Historia, no hay democracia que no acabe resintiéndose.

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