Estefanía Molina, 23.07.2026
En España se hace notar ya el giro sociológico a la derecha. Resulta curioso que los dos momentos en que ha habido mayor repliegue últimamente en nuestro país hayan girado alrededor de la visita del Papa León XIV y de la victoria de la selección española en el Mundial de fútbol. Es decir, instituciones que hasta hace poco se creía que eran de derechas. Aunque obviamente ni la fe católica ni el patriotismo van tan de ideologías como se cree el imaginario woke, el momento actual sirve para explicar algunos de los desacomplejamientos de Junts, el Partido Popular o Vox, a lomos del giro que parece estar dando nuestro país políticamente. No es casual que Alberto Núñez Feijóo se aventure a abrir debates como el absentismo laboral o la concesión de nacionalidades, mientras que Isabel Díaz Ayuso habla del concebido no nacido o Vox hace lo propio con la “prioridad nacional” y Junts se niega a apoyar más regulaciones de la izquierda en materia de vivienda. Lo que hasta no hace mucho habría sido para la exaltación de unos pocos, hoy son los temas de discusión que más movilizan a esa parte de la ciudadanía, pese a la polémica que acarrean entre el progresismo.
La izquierda debería preguntarse por qué sus consignas o sus lemas no generan tanta repercusión como en otro tiempo. De un lado, el progresismo parece haberse quedado sin nuevas ideas, ya sea por aplicación de estas, por errores, o por agotamiento. Hasta hace poco, normas como la ley del sí es sí, la exhumación de Franco o la amnistía eran el principal foco de discusión en España. En cambio, hoy parecen formar ya parte del mainstream o la normalidad del día a día, o ya no suenan a algo disruptivo. En segundo lugar, el progresismo también ha asistido a una especie de efecto disolvente. Que formaciones como Podemos se hayan erigido como la representación de los movimientos populares —desplazando al feminismo, o los sindicatos—, sumado a que desde 2014 entraron muchos representantes del activismo en las instituciones, da cuenta de hasta qué punto el músculo de la izquierda se ha ido debilitando. Sus caras visibles están hoy representadas en los partidos, pero menos en la calle o las organizaciones sociales. En consecuencia, tenemos un gobierno de izquierdas en un contexto social que no parece ir por ese camino.
Pedro Sánchez nada a contracorriente. Si no puede aprobar más normas en el Parlamento, el Ejecutivo se dedica a preparar la siguiente campaña electoral para 2027. Probablemente, esperan que sus socios les tumben los presupuestos, y a partir de ahí, vestir su puesta de largo para las generales del año que viene. El caso es que la legislatura empezó cohesionada por la cuestión territorial, y hoy hasta eso ha saltado por los aires. A Junts le renta mucho más hacer seguidismo de Aliança Catalana, consciente de que una parte de su electorado no quiere saber nada de las leyes del llamado “bloque de progreso”. El PNV coexiste en una situación no tan lejana: tiene voto que se le va a la abstención, y no a Bildu. Existe un votante vasco incómodo con la izquierda gobernante, que seguramente no sería capaz de votar a la izquierda abertzale solo por la cuestión nacional porque se identifica más con cuestiones de centroderecha o liberales.
Feijóo asume ese yugo de Junts o el PNV frente al PSOE, y de ahí los debates que viene abriendo, sumado a la fuga de votos que sufre en favor del partido de Santiago Abascal. Para las pymes vascas y catalanas la productividad sí es un tema, molestos con algunas medidas de Yolanda Díaz: en ese caladero está intentando pescar ahora el PP en dos territorios que no le suelen ser favorables a su discurso en materia nacional. El caso es que hasta el sentimiento patriótico ha dejado de ser una cuestión de pugna. Estos días muchos independentistas catalanes lamentan el tirón que tiene la Roja entre sus hijos. Es obvio que Puigdemont solo le puede vender ya al movimiento —como si fuera una victoria— el haberse plegado al entierro del procés, mientras que algún jugador del Barça se pone la gorra del Make Spain Great Again, quién sabe si a modo de burla a Donald Trump o porque realmente así lo siente. Sea como fuere: la selección emociona, y el secesionismo es la viva imagen de la derrota no reconocida en casi diez años desde que el líder de Junts se marchara de España. Claro que muchos jóvenes catalanes apoyan a nuestros jugadores: no siempre el sentimiento de pertenencia tiene un tamiz político; a veces, simplemente, es de pertenencia.
En definitiva, parte de la pasarela que tiene puesta la derecha viene dada por un cambio social que tiene síntomas en la calle, en la forma en que se abordan los debates o en la descapitalización de la izquierda. Aunque PSOE, Podemos o Sumar piensen que todo esto va de retener el poder o de que simplemente sus afines ocupen espacios para el siguiente ciclo, en el fondo, tal vez vaya también de la necesidad de reconstruir desde la base ciertos debates. Feijóo, el Papa o la Roja no son el motivo, sino el síntoma del momento que atraviesa en España el progresismo. Y, aun así, no deja de ser curioso que el PP no las tenga todas consigo sobre si gobernará a partir del año que viene.
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