jueves, 23 de julio de 2026

FÚTBOL Y ARQUITECTURA


Una lección de fútbol
Jacques Herzog, AV, 23.07.2026

Crecí con el fútbol. Desde nuestro balcón podíamos ver el que era entonces el campo del FC Basilea. El ambiente de los partidos me marcó ya de pequeño, y todos jugábamos durante días y días en cada una de las calles y plazas posibles de nuestro barrio. Son recuerdos que seguramente muchos conocen y comparten, con el inevitable apego que ello conlleva hacia una ciudad y un club concreto. Se trata de un vínculo emocional un tanto extraño, incluso incómodo, que en su día te convirtió en aficionado sin que hubieras tomado nunca una decisión consciente al respecto. Pero resulta difícil desprenderse realmente de esa emotividad, aunque con la edad debiera ser más fácil ver un partido de fútbol de forma neutral, objetiva, distanciada o incluso con tranquilidad.

Como arquitecto, he podido plasmar este intenso vínculo emocional con el fútbol en nuestros trabajos de estadios —empezando por St. Jakob Park en Basilea, al que siguieron el Allianz Arena en Múnich, el nuevo estadio de Burdeos o el proyecto no realizado para Stamford Bridge—, con una arquitectura que teje entre jugadores y espectadores una relación espacial lo más estrecha posible. Debe merecer la pena seguir los partidos en persona desde el estadio, donde los olores, los colores y las voces se mezclan con la arquitectura circundante para crear una experiencia sensorial que la retransmisión en casa no puede ofrecer.

Sin embargo, en la pantalla se ve más; incluso aquellas cosas que uno no quiere ver se hacen de repente perfectamente visibles, a cámara lenta y desde diferentes ángulos. No solo la belleza de la brillantez técnica, sino también la mezquindad de las faltas sistemáticas, de la provocación y de la hostilidad. En este Mundial de 2026 se ha visto de todo. ¿Qué queda? El fútbol no es justo, el azar interviene y, paradójicamente, los momentos de profunda decepción a menudo, perduran más en la memoria que los de triunfo. La pelota rebota en el poste y vuelve al campo, o entra directamente en la portería: Inglaterra 1966. No se sancionan las manos ni las faltas: México 1986.

En la disputada final de esta Copa del Mundo se habría producido otra herida imborrable si, al final, la rudeza sistemática y el odio manifiesto hubieran llevado al éxito. Pero el balón de Ferran Torres entró en la portería ‘correcta’. Tarde, sí, muy tarde, ganó aquel equipo que, más que ningún otro, supo combinar el genio individual de algunos con la cohesión colectiva y la inteligencia de todos para formar un conjunto fantástico.

España nos ha dado una lección. A todos nosotros, y no solo a los aficionados al fútbol, sino también a los dirigentes y a los políticos que asistieron al partido. Una lección sobre cómo deberíamos organizarnos y funcionar como sociedad.

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