La paz consiste en que la gente pueda ir, sin que la bombardeen, de su casa a la panadería.
Juan José Millás, 26.07.2026
La mirada se va al soldado, como si fuera el centro de gravedad de la fotografía. El casco azul, el fusil, el uniforme: todo parece diseñado para llamar nuestra atención. Después, casi por accidente, uno descubre a la persona sentada junto a un puñado de judías verdes.
El militar trabaja para la misión de paz de la ONU en una localidad de la República Democrática del Congo. Forma parte, pues, de un entramado de vehículos de guerra, cadenas logísticas, negociaciones diplomáticas, intérpretes, resoluciones internacionales… Ese inmenso mecanismo ha viajado miles de kilómetros para detenerse aquí, delante de una persona que prepara unas verduras para sí misma o para un comprador francamente improbable. La imagen produce una extraña sensación de desajuste. Sin embargo, basta reflexionar unos minutos para comprender que las guerras destruyen, sobre todo, mercados u oficinas, arrancan cosechas, vacían pozos, matan gallinas, pudren el maíz. La guerra siempre va a por los seres insignificantes o a por el menú del día. No nos parecería mal por tanto que el soldado estuviera defendiendo esas judías.
De hecho, la paz consiste en que la gente pueda ir, sin que la bombardeen, de su casa a la panadería, o del bar de la esquina a los billares. Resulta fundamental proteger a quien prepara unas legumbres. Ahora bien, ¿da vergüenza que hayamos llegado a este estado de cosas? Sí, pero la civilización, cuando funciona, no está al servicio de las grandes palabras, sino al de los pequeños bienes que dejan de parecer importantes precisamente cuando los ponemos a salvo. Principio del formulario.
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