Tengo la suerte de contar con los mejores amigos del mundo, lo digo como lo pienso. Los mantengo a estas alturas del declive (perdón, a estas alturas de la vida), incluso después de estudiar fuera (allí gané aún más) y de pasar tiempo alejado de ellos, claro que no era de los que escribía cartas, mandaba postales y hablaba por teléfono. Bueno, este rollo viene a que tuve la suerte, también, de que hace un par de años mi amiga MªL me habla de una gran exposición de David Hockney -que está ya viejito, me dijo- en París, y allá fuimos raudos a verla. Maravillosa. Nunca podré agradecérselo suficientemente.
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Una pincelada más
La muerte de David Hockney hubiese merecido que sacáramos las trompetas, porque su obra explicará el mundo como la de los grandes maestros.
David Trueba, 23.06.2026
Un síntoma del desconcierto en el mundo cultural se ha hecho evidente con la muerte del pintor David Hockney. El tratamiento escueto y rácano concedido en España a una de las figuras más importantes del arte contemporáneo nos retrata. Resulta impactante compararlo con la desaparición en su día de Picasso, de quien fue un continuador, y él sí icono popular. Puede que entonces los grandes pintores ocuparan las páginas culturales y hoy sea inhabitual. La ridiculez de nuestros tiempos necesita de una resistencia cabal en los detalles. Suerte que diarios como The Guardian o el francés Libération, que al día siguiente de su fallecimiento dedicó a Hockney la portada y cuatro páginas de apertura, señalan aún la pervivencia de cierta cordura. El nombre de Hockney sorprende que no hubiera quedado estampado, por ejemplo, entre los ganadores del Princesa de Asturias, pero al pintor de Yorkshire no le faltaron los reconocimientos, incluso los más llamativos, como cuando alcanzó el precio más alto pagado por la obra de un artista vivo en una de esas subastas que sí, eso sí, generó comentarios y alaridos. Hablar de arte a menudo nos condena a hablar de dinero, pues es esa la materia en torno a la que todo oscila, y si nos referimos a la creación contemporánea prima la notoriedad concedida a la exhibición de un plátano o una fregona en las salas de un museo más que al seguimiento de tantos buenos y esforzados artistas como existen sin apenas noticia.
David Hockney entró en la historia de la pintura desde bien joven, cuando a finales de la década de 1960 retrató piscinas de California y cuerpos masculinos en su desnudez rotunda antes de la implantación del concepto de californication como un estado de ánimo global. Su pintura supo entonces apostar por la reivindicación social sin caer en los sermones, porque el sermón y el buen arte siempre han estado reñidos, aunque no lo parezca en algunas temporadas. Hockney presumía de que cuando llegó a Los Ángeles se había dado cuenta de que a la ciudad le faltaba su Piranesi y se propuso serlo, pero en lugar de con los grabados de arquitectura romana con las piscinas, las colinas de Hollywood, el sol y la ingravidez. Se hizo amigo de los más valiosos escritores cineastas de ese exilio industrial, que le compraron sus obras cuando aún podían comprarse y a los que retrató en múltiples ocasiones.
Pese a que evolucionó utilizando los materiales tecnológicos que se pusieron a su alcance, de la Pentax a la Polaroid o las tabletas digitales, nunca dejó de desentrañar preciosos paisajes vistos en Normandía o de vuelta en su Inglaterra natal. Nunca le faltó el ánimo para retratar los estallidos de la vida.
Repetía que un maestro chino definió con acierto que la pintura reposaba sobre tres vigas fundamentales: la mano, el corazón y el ojo. Explicaba que la fotografía no era suficiente porque no podía llegar nunca a ser real del todo, tan real y significativa como alcanzaba a ser la mano humana al dibujar. Esa falta de sumisión a una perspectiva ajena marcó su carrera. Decidió que su entierro fuera íntimo y con sólo dos allegados como testigos, pero su muerte hubiera merecido que los demás sacáramos las trompetas, porque su pincelada explicará el mundo como sucede con la de los grandes maestros. Billy Wilder dijo de él que si sólo podías tener un amigo en esta vida y ese amigo era David Hockney nunca te sentirías perdido. Fino elogio.
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