lunes, 22 de junio de 2026

UN MUNDIAL DE IDA Y VUELTA


Más vacas, más dioses, la salvación soviética
Me pregunto qué podrán decir todos estos grupos racistas ante la evidencia de que la puta pureza de la raza sólo se mantiene en los equipos de los países ex soviéticos: es duro deber la supervivencia de los blancos a los rojos, el viejo comunismo como única muralla contra el “gran reemplazo”.
Martín Caparrós, 22.06.2026
Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Veo que te internas, Granjuán, en las procelosas aguas de la ganadería, y es coherente: la res pública siempre te ha interesado. Ahora, en tu rezongo por las vacas chocolatadas gringas, traes a colación algo similar a lo que ya cantaba el clásico, que antes de ser un partido de fútbol era un escritor: “Tengo una vaca lechera,/ no es una vaca cualquiera,/ me da leche merengada,/ ay qué vaca tan salada…” –y que millones de tus vecinos del Norte se lo creen, aunque cambien el merengue por el chocolate.

Lo que me sorprende es que te sorprenda que eso suceda en un país donde cuatro de cada diez personas, unos 140 millones, están convencidas de que un señor Dios inventó el mundo con su palabra en seis días hace seis mil años. En 1640 el obispo James Ussher, dublinés como Beckett y Joyce, calculó incluso, con esfuerzo y devoción, que lo había hecho el sábado 22 de octubre del año 4004 a.C. alrededor de las seis de la tarde –o noche: como no lo situó no sabemos si, allí donde estaba, a las seis de una tarde de octubre ya había oscurecido.

Y casi la mitad de los norteamericanos lo cree, de verdad lo cree, aunque después paseen por un museo donde les muestran un dinosaurio que vivía allí mismo hace cien millones de años, tanto antes de que su Tierra existiera. Si pueden creer ese dislate pueden creer cualquiera: por ejemplo, que ese señor bombardeado por los ultravioletas merece gobernarlos –y, de rebote, gobernarnos.

Y pueden creer también que están organizando un gran mundial. Tú sabes que ya hicieron uno, el de 1994, que fue para los argentinos la quintaesencia del expolio: cuando un examen de orina oportunista dejó afuera a Maradona, le “cortó las piernas” y cortó, con ellas, las esperanzas criollas. Este jueves estuvo a punto de pasar algo así con el Capitán Messi. Dos días antes, en su partido apoteósico, muchos se preguntaron por qué sus lágrimas después del primer gol. Dos días después, lejos, en Buenos Aires, una “periodista” improvisada acabó con las dudas: en una emisión audiovisual de alto consumo “informó” sobre la muerte de Jorge Messi, el padre. La noticia corrió como el famoso reguero de pólvora –¿quién ha visto en la vida real un reguero de pólvora?– y tardó en ser oficialmente desmentida. En la mente de millones de argentinos, durante un rato interminable, el mundial americano había vuelto a arruinarse. Al final lo que se arruinó es algo que no existía: la confianza en ese cardumen de improvisados que dicen que hacen periodismo.

Pero, aunque traten de disimularla con relatos, la realidad insiste. Desde que me escribiste con tus vacas de chocolate hubo varios partidos y, por ahora, pasa lo que preveíamos: poca cosa. Es difícil entusiasmarse viendo cómo Canadá se aprovecha de Catar, Brasil de Haití, Estados Unidos de Australia, Marruecos de Escocia y un par más. Salvo de este repaso algo que sí fue extraordinario y, por supuesto, lo protagonizó tu gran país: no que sus futbolistas se vistieran de negro absoluto, sino que por primera vez en quichicientos años consiguieran ganar su grupo de clasificación en un mundial. Y lo lograron con un triunfo sobre Corea donde lo mejor, acordarás, fueron las bocas dislocadas por la sorpresa de los defensores orientales cuando un blooper horrible terminó en el único gol mexicano.

Así que, mientras el fútbol no da para tanto, le buscamos cosquillas. Yo me río por lo bajo y me pregunto qué podrán decir todos estos grupos racistas que se están quedando con Europa ante la evidencia de que la puta pureza de la raza sólo se mantiene en los equipos de los países ex soviéticos –Croacia, Chequia, Bosnia y varios ausentes–: es duro deber la supervivencia de los blancos a los rojos, el viejo comunismo como única muralla contra el “gran reemplazo”. Y, para colmo, tener que aceptar que los que se mezclaron juegan y ganan más que los que no, que las selecciones europeas más potentes son las más variadas. Me imagino a un facho inglés tragándose el sapo de gritar goles de Bellingham, a uno francés tratando que su hijo no admire a Mbappé, a Abascal ahogando su grito en un golazo de Lamine.

En Argentina, por suerte, no nos pasa: ya sabes que no somos racistas sino clasistas, que no maltratamos a los de otra raza sino a los de otra –o ninguna– billetera. Así seguimos construyendo un país cuyo presidente ya explicó que los héroes eran los evasores fiscales. Y lo dijo así, en general, no para congraciarse con Messi y compañía: él lo cree, lo practica y conserva a su lado a un jefe de gabinete que, tras comprarse dos o tres casas en dos años, ahora explico que no era enriquecimiento ilícito, que él ya tenía plata pero que, “como todo el mundo”, no la declaraba ni pagaba impuestos.

Este lunes los muchachos que nos representan –a ellos, a nosotros– vuelven a jugar. Esta vez nos toca contra Austria, que cuando era más judía inventó, entre muchas otras cosas, el inconsciente, la materia prima que más trabajo ha creado en la Argentina después de la carne de vaca. Qué habría sido de nosotros, Granjuán, de nuestras familias, sin el famoso “asocie libremente”, la receta favorita de los psicoanalistas antes de transformarse en el recurso –llamémoslo recurso– de escritores como tú y como yo.

Asocie libremente, nos decimos, y por supuesto nos mentimos: no hay nada menos libre que estas asociaciones, determinadas por la memoria, las lecturas, los hechos, el ser de cada uno.

Y aun así, en toda libertad, mientras pongo la tele para ver la victoria de España, te mando un abrazote,

m.

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