martes, 23 de junio de 2026

WE ♥ EL HIERRO, ¿O NO ES ASÍ?


El Hierro (Canarias), la isla contenida que se abre a todos
Pequeña y poco poblada, con el parador como alojamiento integrado y comedido, ofrece paisajes volcánicos, carreteras solitarias, esnórquel en aguas transparentes, pescados propios, quesos, la quesadilla como dulce identitario o rutas por bosques de laurisilva
Mariano Ahijado, 19.06.2026

Achraf Khalifa, director del parador de El Hierro, se pone al teléfono en una primera toma de contacto desde Madrid para preparar este reportaje.
—¿Qué tiene esta isla?
—Cuando llegues vas a sentir que estás en un escondite, en otro mundo.
—¿Como en La Palma?
—No. Aquí no hay Mercadona ni Burger King. No hay industria. No hay autovías. En El Hierro puedes pasarte 15 minutos conduciendo sin cruzarte con nadie. Vas a decir: ‘Qué pasa, aquí no hay gente’.

La referencia al coche resulta pertinente porque en El Hierro se está todo el rato en marcha, de un lado para el otro. Se descansa haciendo cosas.

Y que no se entienda la isla como un lugar salvaje solo para aventureros. La inclusión es máxima. Para hacer esnórquel no hay edad, basta con saber nadar. Raquel Marcos, la instructora, facilita el neopreno y la gafas, y elige la zona en la que sumergirse con arreglo al tiempo y la luz. Tanto impresiona lo que hay dentro del agua como lo que se ve enfrente, la montaña volcánica, la isla más joven de las Canarias, la menos erosionada, no ha habido tiempo para que se formen playas de arena. Marcos lo explica todo.

La instructora de esnórquel y buceo Raquel Marcos, en el puerto de la Estaca (El Hierro). Miguel Velasco Almendral

Con meter la cabeza en el agua una sola vez, se alcanza otra dimensión, como estar en un acuario, en un videojuego, gafas de realidad aumentada; un cardumen de barracudas se protege en círculo, nadas con ellas; una raya planea por el fondo en busca de cangrejos, la sigues; una caracola yace viva en el lecho. “Las aguas son tan claras que la visibilidad es de unos 70 metros, apenas hay sedimentación”, asegura la vallisoletana Marcos, que tenía una empresa de buceo en el mar Rojo. El buceo ya sí es otra cosa más exigente. El Hierro es un destino de buceadores, gente que viene solo a eso. Pero en el esnórquel, con una explicación de 10 minutos a cargo de la instructora se alcanza la excelencia.

Lo del coche: el camino al parador es un espectáculo, se conduce por la costa, el mar queda a un lado, una ladera negra al otro. El hotel se ubica en el sureste, en el final de una carretera, por ese camino se va solo a eso, incluso se atraviesa un túnel de 950 metros de un solo sentido, y justo a la salida sobresale en el agua el roque de la Bonanza; conviene parar y acercarse a pie a ese dique volcánico que emerge a 15 metros de la costa.

Para recorrer la isla hay que conducir 25 minutos siempre hasta Valverde, la capital, de donde salen ramificaciones en todas las direcciones. Cuestión de gustos, pero el álbum Toktok vs. Soffy O, una colaboración entre el grupo berlinés de electrónica Toktok y la cantante sueca Soffy O, funciona muy bien para el trayecto. Si lo que se quiere es escuchar el mar, la terraza del parador está abierta para alojados y no alojados. “Claro, adelante, pasen”, dice el recepcionista a una familia que muestra interés por visitar las zonas comunes.

Rosa María Cabrera, de 56 años, trabaja de camarera de pisos en el parador desde su reinauguración en 2001. Sus padres emigraron a Venezuela –una sequía terrible en 1948 provocó una desbandada de herreños en busca de sustento, hay flujos de personas que conviene recordar–. Cabrera nació en el país atlántico-caribeño y se trasladó de niña a El Hierro (7.500 habitantes, 11.993 censados según el INE) con su familia. Ahora muchos venezolanos con origen herreño se están instalando en la isla. Los habitantes locales los definen como emprendedores, abren negocios de alimentación, restaurantes, es más fácil encontrar arepas que mojo picón, dicen algunos sin lamento, es comida local ya. Lo que no hay son centros comerciales ni gildas en las cartas.

Cabrera (dos hijos en Tenerife y uno en El Hierro) representa el carácter acogedor que suele decirse de todos los pueblos y que aquí se cumple desde que uno se asoma a la ventanilla del coche de alquiler. Responde en la terraza del parador, el Atlántico está al fondo, distrae, ese día de principios de junio las olas cargan con más espuma de lo habitual, los cantos rodados chocan unos con otros por la corriente.

—¿Cómo sois los de aquí?
—Muy amables, nos gusta atender bien a los forasteros. En El Hierro hay mucha gente mayor, los jóvenes se han ido fuera a estudiar. Los que quedamos somos tranquilos, apaciguados. No tenemos prisa. No queremos que la isla se vuelva loca.

Hay mucho sol, pero no es turismo de sol y playa

En la maleta, dos prendas bien dispares: un bañador y un plumas ligero, una chaqueta, algo con lo que taparse cuando la bruma se forma y cala, lluvia horizontal, así la llama Andrea Armas, técnica de Turismo del Cabildo de El Hierro. La cita se produce en La Llanía, donde empieza un sendero de cuento, dirían en un blog de viajes, un camino llano que atraviesa un bosque de laurisilva, árboles que se retuercen, mucho verde, una capota de hojas. “El desarrollo de esta isla siempre ha ido unos 10-15 años por detrás del resto”, cuenta Armas, nieta de emigrantes. “Nos ha servido para aprender de los fallos cometidos en otros lugares”, añade. Existen 250 kilómetros de senderos, algo que ya estaba, la trashumancia en busca de pastos y agua lo explica.

Armas, protegida con una sudadera de capucha, habla de la esencia de la isla en el mirador de La Llanía, desde el que una humareda de vapor impide ese día ver el valle de El Golfo: “No vendemos sol y playa”. Y lo hay, el parador se ubica en una zona templada en la que no llueve, hace calor, el agua se mueve entre los 21 y los 26 grados. En la playa del Tacorón pega fuerte también, se forman unas piscinas naturales, se baja por una escalerita al agua, de nuevo todos bienvenidos.

“Nuestro fuerte es la naturaleza, la biodiversidad, la conservación. No buscamos cantidad para no perder exclusividad”. La ocupación es del 80% estos días, confirma Armas, y el aparcamiento de La Llanía tiene cuatro coches. “Se trata muy bien al de fuera, la gente no está quemada de tanto turista”, añade ahora entre brezos, en un alto. De nuevo hay más sol, más luz, alguno en mangas de camisa respira.


La ausencia de industria favorece la conservación de oficios tradicionales. En El Hierro se hace queso de cabra, se teje lana de oveja canaria, se cultivan piñas, se elabora vino, se pesca con anzuelo, se hornean quesadillas, lo más representativo de la isla. Isabel Morales es la nieta del fundador de Adrián Gutiérrez e hijos, un obrador ubicado en Valverde que desde 1900 elabora este dulce que lleva queso de tres leches, huevos, azúcar, harina, anís, limón, canela… “El Hierro tiene un ritmo de vida diferente a todo. Me encanta ir de vacaciones a Madrid”, cuenta al lado del horno de leña. Una mujer para en la puerta a recoger un pedido antes de volar de vuelta a Gran Canaria (45 minutos). ¿Saben lo de la ensaimada cuando se vuelve en avión de Mallorca?


La pesca en el puerto sureño de La Restinga tiene mucho de artesanal. Este asentamiento de 400 habitantes se creó hace 90 años, cuando apenas había cuatro casas. David Pavón, patrón mayor de la cofradía de pescadores Nuestra Señora de los Reyes, camina al lado de un barco atunero de unos 10 metros de eslora. El beto, el rabil, el atún listado, el rojo, todos se pescan cuando están de paso por El Hierro.

Las gaviotas anuncian la presencia de estos túnidos, que en su búsqueda de alimento hacen que los peces pequeños suban hacia la superficie. Las aves se tiran entonces a por ellos. Los pescadores, atentos (es su trabajo), ceban la zona con caballas o sardinas y lanzan la caña. El pez pica, se sube por la borda y en unas horas llega convertido en pescado al parador por carreteras de costa, de montaña, vacías, por caminos que atraviesan bosques de pinos, una meseta, con espacio en las cunetas para parar, hacer una foto y seguir.

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