Tras la pista del nazi Mengele en Suiza: unas vacaciones en la nieve y las incógnitas de un archivo secreto
La esposa del apodado ‘Ángel de la Muerte’ alquiló un piso cerca del aeropuerto de Zúrich en 1961 y fue vigilada por la policía, pero la presencia del criminal no llegó a confirmarse. Los servicios de inteligencia suizos abrirán con limitaciones un dosier sobre el caso sellado hasta ahora.
Sara Velert, 29.06.2026
Hay historias que se olvidan y otras que no se dejan enterrar. Como la del horror del nazismo y uno de sus integrantes más abyectos, Josef Mengele. Fue de los nazis destacados que logró huir tras la derrota alemana en la II Guerra Mundial. Se instaló en Argentina en 1949 y murió en 1979 en Brasil. Nunca fue juzgado por sus macabros crímenes. Sobre él hay mucho escrito, pero a veces quedan hilos de los que tirar desde el presente. Uno de ellos está en Suiza, donde el Archivo Nacional custodia un dosier en torno a la incógnita de su posible paso por una localidad de Zúrich en los sesenta que no iba a ver la luz hasta 2071. Recientemente, el Servicio Federal de Inteligencia suizo (NDB) ha cambiado sus criterios a raíz de un recurso y dará acceso con limitaciones a su contenido. Se abre así la puerta para completar un capítulo del papel de Suiza en torno a una contienda mundial en la que no fue atacada, pero que dejó dañada su reputación.
Oficial de las SS y médico en el campo de Auschwitz-Birkenau, en la Polonia ocupada, Mengele seleccionaba a las víctimas que morirían directamente en las cámaras de gas al bajar de los trenes del exterminio. Al apodado Ángel de la Muerte, además, le obsesionaba la supremacía aria y sometió a un sinfín de prisioneros a sádicos experimentos, mutilaciones y todo tipo de torturas. Sobrevivieron pocas de sus víctimas, judíos y gitanos, muchos niños, principalmente gemelos, y personas de talla baja.
Tras ocultarse en Alemania, Mengele escapó a Buenos Aires con papeles falsos a nombre de Helmut Gregor en un barco desde Génova. Allí se sintió seguro durante años. Tanto que se atrevió a regresar a Europa. En 1956 disfrutó de unas cortas vacaciones de esquí en la población suiza de Engelberg con su hijo, Rolf, como atestiguan fotografías publicadas en la revista alemana Bunte fallecido ya Mengele.
Las autoridades suizas aún no daban por buena esa información, pese a las imágenes, cuando a finales de los años noventa parlamentarios suizos como el socialista Jean Ziegler, fallecido este mes, preguntaron a su Gobierno por investigaciones periodísticas que apuntaban a la posibilidad de que también hubiera estado en Suiza en la primavera de 1961. Su segunda esposa, Martha Mengele, viuda de su hermano, alquiló un piso en la localidad de Kloten, cerca del aeropuerto de Zúrich, y fue vigilada unos días por la policía. Se marchó una mañana con un hombre que no llegó a ser identificado.
No se confirmó la presencia de Mengele allí y diversos historiadores lo consideran improbable; desde 1959 existía una orden de detención contra él y la presión internacional sobre la captura de nazis huidos aumentó, lo que le llevó a mudarse a Paraguay primero, y a Brasil después. En 1960, además, el Mosad secuestró en Argentina a Adolf Eichmann, oculto bajo el nombre de Ricardo Clement, juzgado y sentenciado luego a la horca en Jerusalén.
Pero las actas policiales conocidas sobre el episodio de Kloten revelan cuando menos una reacción suiza lenta y envuelta en la burocracia a la hora de afrontar las pesquisas.
Josef Mengele, en una imagen tomada en 1956 en Buenos Aires para expedirle un documento de identidad.Universal History Archive (Universal History Archive/Getty)
Así lo sostiene la historiadora suiza Regula Bochsler, que ultima un libro sobre las llamadas rutas de las ratas, redes utilizadas por los nazis para escapar de la justicia y ocultarse. Del archivo que ahora se desclasificará no espera grandes revelaciones sobre Mengele. “Pero sí espero obtener más información sobre la actuación de las autoridades y, por supuesto, que se sigan investigando el asunto”, afirma en una cafetería de Zúrich.
La historiadora y periodista topó con Mengele casi de casualidad. “Yo buscaba información de otro nazi, Vaclav Hajek, un experto en explosivos”, cuenta. Le seguía la pista para otro libro, publicado en 2022, que trataba sobre una importante empresa química suiza que, al igual que ocurrió en otros países en la posguerra, contrató a personal especializado alemán, entre los que se encontraban antiguos nazis.
Indagando sobre Hajek encontró una notificación de los servicios secretos austriacos sobre la posible presencia de Mengele en Austria, Alemania o Suiza en 1961. En ese contexto, Bochsler pidió ver el dosier del médico nazi en el Archivo Nacional y se le denegó el acceso: “Me pareció escandaloso que no se abriera un archivo sobre un asesino nazi tanto tiempo después”. Los servicios de inteligencia suizos alegaron la protección de fuentes y el posible daño a terceros para mantenerlo secreto hasta 2071.
Aunque Mengele no era el objeto de sus investigaciones, Bochsler pudo consultar después las idas y venidas policiales en el Archivo Estatal de Zúrich, donde constan el intercambio de información con la Fiscalía alemana, la entrega de una fotografía de Mengele a los suizos ―“ni siquiera sabían el aspecto que tenía”― y un seguimiento de Martha Mengele “más bien descuidado y, en parte, amateur”.
El fiscal alemán encargado del caso del médico nazi envió a un periodista a Kloten para vigilar el piso después de que una empleada de una inmobiliaria, supuestamente de origen judío, avisara al consulado alemán de Zúrich de que la mujer de Mengele estaba allí, cuenta Bochsler. Había leído que desde 1959 existía una orden de detención contra el nazi y que se había ofrecido una recompensa por su captura. Poco después, el periodista informó a la policía de que había visto a un hombre en el balcón del piso de Martha Mengele y sospechaba que podría tratarse de su marido. La vigilancia comenzó el 6 de marzo de 1961, tres días después de la denuncia, “porque entre medias había un fin de semana”.
Al día siguiente, los agentes preguntaron en Berna si se podía proceder a una detención. “Al principio se dijo que sí, luego que el caso era complicado y debía someterse al jefe [del servicio]. La autorización por escrito se concedería al día siguiente”. Esa mañana, Martha Mengele, que supuestamente estaba en Suiza porque el hijo del nazi estudiaba allí en un internado, se marchó “en su coche con un hombre” al que no se pudo poner nombre.
Las actas, según la historiadora, muestran también que la mujer, al regresar a Kloten, intentó obtener un permiso de residencia que los suizos le denegaron. Tuvo claro entonces que estaba en el punto de mira de las autoridades, por lo que cualquier posible plan de viaje de Mengele habría quedado descartado, afirma la historiadora. La mujer se marchó a Merano (Italia).
Bochsler sospecha que la mudanza de la mujer y el hijo a Suiza pudo formar parte de un plan para que Mengele los viera en un lugar más seguro que Alemania. “Surge una pregunta muy sencilla: ¿por qué alquilar un piso a 8,4 kilómetros del aeropuerto, en un feo bloque de apartamentos en el que los aviones no dejan de pasar rugiendo por encima de la cabeza?”.
Aunque el dosier del Archivo Nacional no despeje finalmente esas incógnitas, “tiene que ser público y los investigadores tienen que poder hacer su trabajo”, afirma por teléfono desde Berna Gerhard Wettstein, historiador de formación y quien intentó ver el dosier tras conocer que a Bochsler se lo habían denegado. “La verdad histórica tiene que conocerse, si no se da pie a especulaciones”, enfatiza Wettstein, que con un ‘crowdfunding’ cubrió los gasto para recurrir judicialmente el secreto del archivo. Durante el proceso, los servicios de inteligencia decidieron abrirlo con condiciones aún por especificar.
“La historia siempre tiene una carga política, y la relación de Suiza y la II Guerra Mundial también”, dice Wettstein. La llamada Comisión Bergier, instaurada por el Gobierno suizo bajo la presión internacional para la restitución de bienes en cuentas bancarias de judíos asesinados en el Holocausto, analizó entre 1996 y 2002 esa denuncia contra las entidades financieras, la política suiza hacia los refugiados del nazismo, a los que cerró la frontera en 1942, y los negocios de filiales en Alemania o la venta de armas, entre otros aspectos que arrojaron oscuras sombras sobre la Suiza de esa etapa.
El análisis histórico no se ha agotado. Bochsler traza en su nuevo libro la “tela de araña” de colaboradores en la huida de nazis. En Suiza operaban a través de una especie de oficina de emigración en Berna, que colaboraba con la Embajada argentina, la cual concedía visados y proporcionaba fondos para sacar del país a especialistas en armamento, entre los que también hubo antiguos nazis, explica. Eso no habría sido posible sin la ayuda de los suizos, destaca. “Había quienes ayudaban a cambio de dinero, y había funcionarios que, en el momento decisivo, hacían la vista gorda, restaban importancia al asunto o, sencillamente, no se interesaban por él”, afirma.
“Suiza desempeñaba una especie de doble papel. Por un lado, era un país de tránsito para refugiados; y por el otro, albergaba un centro de organización” de esa red. La Argentina de Juan Domingo Perón buscaba expertos para crear su propia industria armamentística, y “desde la denominada oficina de emigración se reclutaba y se sacaba clandestinamente a gente”.
Bochsler estima que varios cientos de alemanes, entre ellos mujeres y niños, emigraron a Argentina pasando por Suiza, y que entre ellos se encontraban algunos criminales de guerra y unas tres docenas de antiguos miembros de las SS, las SA o el partido nazi, aunque cree que hay muchos casos que no se han registrado. Sin embargo, en el caso de Mengele no está claro que la oficina de Berna interviniera.
Suiza, ante estos manejos, “miró hacia otro lado”. “Querían deshacerse de los refugiados, que suponían una carga para las arcas del Estado. Esa fue una de las razones por las que se trató con tanta delicadeza a los traficantes de personas argentinos, ya que se esperaba que Argentina acogiera al mayor número posible”, explica Bochsler.
La mencionada oficina “también coordinaba a los colaboradores que trasladaban a las personas desde Alemania a Italia pasando por Austria”. En los traslados a través de Suiza “colaboraban abogados y traficantes de personas, que sacaban a las personas de forma ilegal por la frontera y les conseguían alojamiento y documentos de identidad para continuar el viaje. El colaborador más importante fue, sin duda, un teniente coronel suizo. Gracias a un llamado acuerdo de caballeros con los argentinos, pudo interrogar a los expertos en armamento que estaban de paso y, de este modo, recabar conocimientos técnicos para el ejército suizo”. La salida de los miembros del partido nazi o de sus familias se realizó desde Ginebra y Roma en avión, o desde Génova en barco. Desde allí huyó también Mengele.
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