jueves, 25 de junio de 2026

SIX FEET UNDER

Asentía hace un momento como un bobotonto mientras leía un artículo sobre el negocio funerario. Gran verdad, pensaba, y sobre la marcha me retrotraje a la noche aciaga que tuve que ir al tanatorio para arreglar las exequias de mi madre muerta. Allí, entre el aturdimiento del momento, la tristeza inconmensurable y la cara impostada de compungimiento del propio que nos atendía, aguantábamos estoicamente las majaderías que iba cantando, aquellas que estaban incluidas en la póliza de "la fallecida", las que podíamos sumar a éstas, etc. Mi padre, el pobre, nos había dado antes de morirse -algunos años antes porque era muy previsor-, la esquela escrita, de manera que yo iba con la tarea absolutamente aprehendida.
- Nada de "confortada con los auxilios espirituales".
- Nada de "demás familiares".
- Nada de "dios mediante" y esos tópicos fúnebres.
- Y por último nada de recordatorios ni foto de mi madre. 
Le salimos baratos a esta gente, si es que aún se sigue pagando la esquela en el periódico según el número de palabras; lo ignoro. Escogido el féretro más discreto (¿sirve el adjetivo para este entorno?), el número de coronas, candelabro y toda la parafernalia.
Que en paz descanse, nos despidió el susodicho. 
Así sea, pensé seguro de ello.

Lo que no nos contó ‘A dos metros bajo tierra’
La realidad, más que a Fishers and Sons, se parece a la Funeraria Torregrosa de ‘Muertos S.L.’. La muerte es un negocio, boyantísimo y carente de elegancia, y no me refiero sólo a los claveles blancos en las solapas de Nate y David.
Eva Güimil, 25.06.2026

Alguien en quien confiaba muchísimo me aseguró que el final de A dos metros bajo tierra me iba a maravillar. Desconfié porque había dejado de llevarla al día. Me molestó la errática despedida del personaje interpretado por la extraordinaria Lili Taylor, también el creciente protagonismo de la aburridísima familia Díaz. Pero, efectivamente, me maravilló. Qué irrelevantes me parecieron las tramas que me habían alejado de ella mientras Claire conducía hacia Nueva York y sonaba el Breathe de Sia. No sé si es el mejor final de la historia de la televisión, pero es el mejor que yo he visto. Lo sigo pensando cuando se cumplen 25 años de su estreno. Aquí la vimos más tarde, en La 2 y formando pack con Las chicas Gilmore. Así se estrenaban antes las joyas, de tapadillo y sin fanfarria. Cómo ha cambiado el cuento, no sé si para mejor.

Las gestiones mortuorias reales no se parecen nada a la solemnidad y el recogimiento que emanaba la serie de Alan Ball. Ahora lo sé. El señor de la funeraria habla principalmente de dineros, de lo que cubre el seguro que tus padres han abonado mensualmente durante décadas. “Se ha hecho toda la vida”, me contestaban cuando yo argumentaba que ya habían pagado tres veces el funeral de la reina Isabel II. Una tarifa desorbitada que al final únicamente cubre lo que no necesitas porque el finado sólo quería la caja y la urna más sencilla y nada de flores. Pregunto si se pueden canjear por un vino español, porque a él le gustaba muchísimo más el Prieto Picudo que los lirios, y el encargado de la cosa se ríe como si fuese broma. No lo era.

La realidad, más que a Fisher & Sons, se parece a la Funeraria Torregrosa de Muertos S.L. La muerte es un negocio, boyantísimo y carente de elegancia, y no me refiero sólo a los claveles blancos en las solapas de Nate y David. Todavía no había asimilado que estaba despidiendo a la única persona para la que yo era lo más importante del mundo, que no iba a haber más bromas sobre el retorno del innombrable Mourinho, más partidos del Mundial, ni más conversaciones sobre los clásicos de Bud Spencer, y ya me estaban preguntando si se podía acortar el servicio porque tenían overbooking. Mientras intentaba recomponerme, una señora desinfectaba la sala y pasaba el Pronto y el paño para el siguiente cliente. A dos metros bajo tierra es una maravilla, pero la muerte real es una mierda. Y ni siquiera suena Sia.
Sia, *Breathe me.

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