sábado, 11 de julio de 2026

VIAJAR A MARTE, NO MORIR... LAS COSAS IMPORTANTES


Un vaso de agua fría
Bañarse, beber agua fría, echarle a otro un cubo de agua, escuchar el agua, tocar la superficie fría y escarchada de un vaso, acogerse a una sombra, son lujos cuyo valor nadie recuerda en Gaza.
Antonio Muñoz Molina, 11.07.2026

Los señores del mundo alimentan sueños de una ambición infernal: viajar a Marte, vivir doscientos años con cuerpos siempre atléticos, poseer islas remotas y búnkeres bien profundos en los que protegerse de las catástrofes futuras que ellos mismos habrán desatado. Las aspiraciones de otras personas son algo más limitadas. En una crónica estremecedora de Beatriz Lecumberri y Núria Garrido, uno de esos palestinos que sobreviven como deportados en su propia tierra declara: “Sueño con un vaso de agua fría”. Yo abro la nevera en mi casa, saco la jarra que siempre está siendo rellenada y enfriándose en estos días tórridos, lleno un vaso de agua fría y limpia y cuando voy a beberlo me acuerdo de ese hombre, que se llama Ahmed Abu Fayeb, y que a diferencia de mí no tiene una casa, ni una nevera, ni corriente eléctrica a la que pudiera conectarla, ni esperanza ninguna de mejorar una situación desesperada que el calor extremo vuelve aún más invivible. Dice Marguerite Duras que escribir es gritar en silencio. En el periódico las palabras silenciosas de Abu Fayeb son un grito que no escuchará casi nadie: “Sueño con abrir la puerta de un frigorífico y beber un vaso de agua fría, con cambiar la tienda de campaña por una habitación de verdad, con techo de cemento. Pero he perdido toda esperanza. Solo encontraré paz en la tumba”.

Hubo un tiempo en que la izquierda obtusa desdeñó las alarmas sobre el cambio climático con el mismo argumento que la derecha cavernaria: que era una preocupación de elitistas y privilegiados. ¿Qué podía importar a los trabajadores que las temperaturas subieran unas décimas, y el nivel del mar unos milímetros, que se derritieran unos icebergs en el Ártico o se extinguiera una recóndita variedad de mariposa de la que no había oído hablar nadie? Ahora vamos aprendiendo que el cambio climático no es una vaga profecía, sino una catástrofe presente, y también que es una cuestión de clase. Justo los países y los grupos sociales que menos contribuyen al calentamiento global son los que lo sufren más gravemente. Ellos pagan por la gasolina que no queman, por el aire acondicionado que no disfrutan, por las cordilleras de basura irreciclable y venenosa que no producen por su modo de vida. Dice una mujer palestina: “En Europa hablan de olas de calor, pero tienen apartamentos con aire acondicionado y ventiladores. Una ola de calor con enchufes no es una ola de calor”. Sin enchufes, sin paredes siquiera en las que instalarlos, sin agua, porque las depuradoras de agua del mar las han destruido metódicamente las bombas israelíes, los ciudadanos de Gaza viven entre basuras y padecen el regreso de enfermedades medievales. A los niños la piel se les cubre de pústulas, los afligen los piojos y las chinches, los amenazan las ratas que prosperan entre la basura y la ruina, se mueren de diarrea por beber agua insalubre. Los niños de Gaza y de Cisjordania padecen también una dolencia mortal muy peculiar, según han observado los médicos de las organizaciones internacionales: con una frecuencia inusitada, mueren de disparos certeros en la cabeza o en el corazón, una especialidad de los tiradores de élite del ejército israelí, no se sabe si con la finalidad de eliminar preventivamente a futuros enemigos, o tan solo de entrenar la puntería. En Gaza la gente se muere de calor y de sed a la orilla del mar, pero bañarse puede ser más peligroso que sufrir una insolación. Otra actividad, sin duda en parte recreativa, de los tiradores militares israelíes, es disparar con sus fusiles de mira telescópica a esas cabezas mojadas que emergen alegremente de las olas, con la felicidad intemporal de los chavales jugando en el agua.

Todo son lujos cuyo valor nadie recuerda aquí. Bañarse, beber agua fría, echarle a otro un cubo de agua por la cabeza, escuchar el agua, tocar la superficie fría y escarchada de un vaso, acogerse a una sombra en la hora más calurosa del día. En Gaza no hay agua y tampoco hay sombra. No puede haberla si no hay muros ni árboles. Lo dice Al Ghoul, un padre de familia que no ha tenido casa desde que en 2023 los bulldozers israelíes destruyeron la suya: “La gente va persiguendo la sombra durante el día fuera de la tienda para encontrar un poco de respiro”. El plástico vuelve asfixiante el interior de las tiendas de campaña. Las tiendas están tan gastadas por el uso y la intemperie que ni siquiera limitan el paso de los rayos del sol.

Yo me acuerdo de la maravilla de las cosas frías y de las sombras frescas cuando no había frigoríficos y nadie había oído hablar del aire acondicionado. El agua brotaba fría y transparente de los manantiales de las huertas, y se mantenía fría en los botijos y en los cántaros. Los poros de la arcilla bajaban la temperatura por el mismo principio de evaporación que los de la piel humana. “Tú vete por la sombra”, decían los mayores. Estaba la sombra portátil de los sombreros de paja y la de las parras y los árboles de hojas tupidas y copas anchas. La sombra de una higuera junto a una acequia era un oasis contra los ardores del trabajo en la intemperie del verano. Había quien aseguraba que la sombra del granado era más fresca que la de la higuera, así que colgar el botijo de una de sus ramas, meciéndose ligeramente en un rastro de brisa. En la penumbra de los zaguanes brillaban las gotas mínimas de la transpiración del barro de los cántaros. Quien no las haya visto nunca en la realidad encontrará su imagen exacta en El aguador de Sevilla, del joven Diego de Velázquez, uno de esos cuadros que no pueden verse en España porque el bruto de Fernando VII se lo regaló servilmente al duque de Wellington. El aguador va vestido como un mendigo, pero el cántaro, en el primer plano, deslumbra con la gloriosa materialidad de las cosas reales, el brillo de la arcilla húmeda, las gotas de condensación como fugaces diamantes, detenidos y preservados para siempre.

Pero el mayor lujo es el vaso cónico que el aguador entrega a un muchacho, el cual lo recibe con reverencia, como si fuera un cáliz. El vaso es más lujoso aún porque es de un vidrio de alta calidad, de una perfecta transparencia, como un vidrio veneciano. Debajo de la representación costumbrista, este vaso improbable en un escenario de pobreza alude tal vez a un simbolismo religioso: el “tuve agua y me disteis de beber” de las bienaventuranzas evangélicas. Dice Cervantes de un personaje: “bebió un vidrio de agua fría”, y la palabra vidrio parece que por sí misma enfría más el agua. Enfermo de lecturas, don Quijote da gritos y mandobles como si participara en una batalla, y a continuación “bebíase un gran jarro de agua fría y quedada sano y sosegado”.

El agua vendría del único lugar donde estaba fría en una casa manchega en pleno verano, del pozo del corral. En el nuestro había una gran tinaja partida por la mitad que recogía el agua de lluvia, una parra que lo cubría oportunamente de hojas y racimos en cuanto empezaba el calor, y un pozo al que daba vértigo asomarse, con un brillo como de luna llena quebradiza en el fondo. Por mucho calor que hiciera, el frío ascendía como una respiración helada desde la profundidad resonante del pozo. Guardadas en sacos las sandías, las gaseosas y las cajas de cervezas ascendían hasta el brocal como un prodigio de frescor, mantenido luego por la tela empapada de los sacos.

Ahora que lo pienso, era la sabiduría musulmana del agua, heredera de los regadíos de Roma, de Mesopotamia y Egipto: cómo hacer fértil la aridez y respirable el calor administrando el bien escaso del que depende la vida, creando limitados y a ser posible duraderos paraísos que serán siempre aproximaciones al paraíso terrenal. En Gaza Israel ha preferido construir día a día y con gran éxito el infierno.

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