El accidente de Urda ha tornado una campaña electoral banal en insoportable.
Elvira Lindo, 01.11.2026
¿Cómo nos sacudiremos esta época? Es como un atuendo grotesco, de un neobarroquismo que hiere la vista, que atufa también, como uno de esos modelos de las galas del Met en las que se valora el desequilibrio y el feísmo, la incomodidad, el precio desorbitado, como el sujetador de 50 millones de Kylie Jenner, síntoma de estos tiempos rendidos a un despilfarro desacomplejado. ¿Cómo nos desharemos de esta época de impudor y grosería? El miércoles, la misma mañana fatal, cuando aún solo se había pronunciado la palabra accidente, un grupo de periodistas comentábamos la pendiente por la que se iba deslizando la campaña electoral. Era previo a la conciencia de la gravedad, de tal forma que todavía se dibujaba una sonrisa casi de resignación en los rostros ante ese azote diario de acusaciones brutales, lenguaje soez y discursos de líderes que, desconocedores de su propio programa, solo saben salir del paso escupiendo exabruptos. Es lo que espera su votante, decía alguien: la sangre. Eso era antes de saber el alcance del choque. También comentábamos esa satisfacción forzada, un tanto irracional, de quien habiendo superado sin superar tantas crisis trata de volver a la casilla de salida con bailes que al parecer levantan el ánimo de los votantes más desanimados. Es lo que espera su votante, decía alguien: recuperar la alegría. Los demás asentíamos sin convencimiento. Como era de esperar, no se dejó atrás el festival del humor que andaban ofreciendo las cadenas, incluida la estatal, para demostrar que las y los políticos también lloran, ríen y follan, por usar el único verbo en alza para contarnos el sexo. Es lo que puede funcionar, añadió alguien, con un votante joven que, desentendido de la división de la izquierda, despierte de su modorra oyendo en Instagram las palabras coño, polla y culo. Si votaran los niños, ay, habría que añadir unas consideraciones sobre los pedos. Hay coordinadoras de intimidad en el cine, pero se ve que aún no han llegado a la televisión.
Al parecer, el votante es ese ser vivo que ha sido estudiado por los asesores de comunicación en los días previos a una campaña. Cada partido tiene su target. El target de la derecha o de la derechota, en ocasiones no distingo, se ha concentrado al parecer en ese tipo de población que, deseosa de venganza por tantos años de dictadura, no se contiene a la hora de hablar de saunas, putas y psicópatas. Prometen que nos sacarán de esta, pero no aclaran para meternos dónde, aunque su votante no necesita preguntarlo: el rico lo sabe y el pobre obedece con fe ciega al liderazgo desmedido. El target de los socialistas es ese votante que ha perdido el entusiasmo, un hombre y una mujer desilusionados, que, inmersos en la incertidumbre, no saben lo que harán hasta el último momento. Según hayan dormido esa noche. El target de una de las tantas izquierdas es ese votante que considera que con la pureza no se va a ninguna parte y que solo la unión les salvará de la irrelevancia. El target de la otra izquierda a la izquierda es el creyente en una desunión que está cargada de futuro.
Media hora despúes de esta tertulia improvisada del miércoles, nos pasó la vida entera por encima. Si ya antes de saber de la gravedad del accidente la campaña se estaba haciendo larga, banal y cruda nada más empezar, la desgracia la tornó insoportable. Si ya estaban sobrando los exabruptos, los bailes, la intimidad desvelada y las inquinas entre iguales, ahora quedaba claro que el espectáculo sobraba. Y quedó en el ambiente el convencimiento de que los medios, privados o públicos, deben exigir que sus invitados desvelen lo que hasta hoy parece su tesoro más preciado: el programa político. Y ya. El show es una mera contribución al disparate. Muchos lo sentíamos así antes de que esta nueva desgracia se sumara a la anterior. ¿Cuándo saldremos de esta época para regresar sanos y salvos a casa y que la cena, como dijo Maurice Sendak, aún esté caliente?

No hay comentarios:
Publicar un comentario