La desigualdad entre hombres y mujeres provoca injusticias de las que no se habla porque no se conocen. La última película de Daniel Monzón pone el foco sobre una de ellas.
Inma Carretero, 08.11.2026
El doctor Guillermo Antiñolo cuenta en La revolución del genoma femenino que las mujeres reciben diagnósticos tardíos o incorrectos, se les realizan menos pruebas y se les administran con menor frecuencia algunos tratamientos porque la ciencia está construida sobre datos mayoritariamente masculinos. El Gobierno ha impulsado en esta legislatura un plan para triplicar la investigación en salud femenina que intenta corregir una deuda que se reproduce en muchos ámbitos, pero que es especialmente grave en el de la ciencia: revela que salvar vidas femeninas ha sido menos importante que salvar a los hombres.
Recordaba las conclusiones de Antiñolo viendo la última película de Daniel Monzón, que se ha estrenado en cines este fin de semana y que pone en la agenda pública el atropello de los derechos de niñas y adolescentes que fueron totalmente olvidadas por la democracia española durante demasiados años. De nuevo, las mujeres importaron menos a la hora de deshacer los desmanes de la dictadura. Ruega por nosotras lleva a la gran pantalla las prácticas del Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista que funcionó desde 1941 hasta 1985. Ni los hacedores de la Transición ni Felipe González en los primeros años de su mandato se acordaron de esas chicas encarceladas en reformatorios sin haber cometido ningún delito ni haber tenido juicio, sometidas a vejaciones y humillantes controles de virginidad, explotadas en trabajos no remunerados y oprimidas por congregaciones religiosas para enderezarlas y “sacarlas del vicio”.
Desaparecieron esos centros a mediados de los ochenta, pero ellas arrastraron el estigma y cayeron en el olvido. No ha sido hasta este año cuando han empezado a recibir la reparación pendiente. El Boletín Oficial del Estado oficializó la declaración del Patronato de Protección a la Mujer como Lugar de Memoria Democrática dentro de un proceso de reconocimiento institucional a las afectadas en el que el ministro Félix Bolaños, en marzo pasado, les pidió perdón en nombre del Estado. Unas semanas antes, la Comisión de Igualdad del Congreso había recibido a supervivientes e investigadoras para escuchar sus testimonios, entre ellos el de Consuelo García del Cid, autora del libro en el que se inspira la película. Pero, pese a todo esto, se trata de un asunto ignorado por el gran público.
No hay reparación sin reconocimiento social de lo ocurrido. El proyecto ha salido adelante gracias al empeño de una mujer de otra generación posterior, la productora catalana Sandra Tapia, empeñada en denunciar este rincón vergonzoso de nuestra historia. Su compromiso ha sido otro ejemplo más de sororidad intergeneracional: ha trabajado con víctimas de diferentes asociaciones, una de ellas Contra l’Oblit (contra el olvido), una red de apoyo e investigación que, casualidad de la vida, fue fundada por su profesora de primaria para ayudar a una amiga encerrada en su juventud.
Se estrena Ruega por nosotras en la cuenta atrás de unas elecciones en las que la agenda feminista no está en el centro del debate, a pesar de que se asume con total naturalidad que, si las cuentas salen, por primera vez la ultraderecha formará parte de la coalición del Gobierno en España. La ultraderecha de Vox, que niega la violencia machista, que tilda de “ideología de género” la lucha por la igualdad y que, en Castilla y León, ya ha conseguido con la connivencia del PP supeditar las ayudas públicas a la creación audiovisual a que no haya contenido “ideológico”.
El cine ha tardado demasiado tiempo en fijarse en personajes como Ana, Sole o Pilar, víctimas del patronato, y sigue quedando mucho para que los ensayos clínicos se hagan con datos equiparables de hombres y mujeres. Siguen quedando, en definitiva, muchos rincones oscuros en los que poner luz. Denunciamos el asesinato de mujeres, el machismo nuestro de cada día y las grandes brechas de género que reflejan las cifras oficiales, pero hay injusticias provocadas por la desigualdad de las que no hablamos porque ni siquiera se conocen. Que alguien ruegue por nosotras para que se visibilicen en la campaña electoral que empieza oficialmente esta semana sin que parezca que estas cosas importan.
Inma Carretero es redactora jefa de España de EL PAÍS desde abril de 2024. Nacida en Cumbres Mayores (Huelva), es licenciada en Periodismo (1999) y Ciencias Políticas (2012). Antes estuvo en la Cadena SER, donde fue jefa de Nacional. Se ha dedicado a la información política y parlamentaria desde el inicio de su carrera.

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