domingo, 8 de noviembre de 2026

RAMPANTES


Repudio de la autocracia y del poder del dinero
El revés republicano en las urnas tiene consecuencias para Putin, Netanyahu y las extremas derechas europeas, además de cuestionar el poder de los multimillonarios tecnológicos.
Lluís Bassets, 08.11.2026

El tsunami azul no va a dejar playa sin barrer. De poco sirvieron el torrente de dinero volcado en las campañas de los candidatos trumpistas, ni las manipulaciones de los reglamentos electorales, ni las trampas legales o las demandas judiciales preparadas por la Casa Blanca para dificultar y restringir la participación y el voto demócrata. El sufragio popular ha arrollado con todo, hasta el punto de que Donald Trump, jamás dispuesto a admitir una derrota, no ha tenido más remedio que aceptar los resultados, sin recusarlos con infundadas acusaciones de fraude, y solo ha rechistado para echar sobre otros las enormes responsabilidades personales que tiene en el repudio a su presidencia por parte de sus conciudadanos.

La ola es larga y llegará muy lejos. La globalización, aún infeliz y destructiva, sigue funcionando. Las elecciones de mitad de mandato repercuten en cualquier costa del mundo y sobre las enteras relaciones internacionales. Hay ganadores y perdedores en todas partes. Algo pierden Putin y Netanyahu. Algo ganan Europa, Canadá y los países de la gran alianza liberal. Ya pueden mirar hacia otro lado Meloni, Le Pen, Weidel o Abascal, pero es un revés para las extremas derechas rampantes, ese arrogante etnonacionalismo que pretende hacerse con el poder en Europa.

La paradoja de la nueva correlación de fuerzas es el lugar donde reside el poder restante del presidente desautorizado, que es mucho y temible, tratándose de alguien tan errático e imprevisible. En el escenario internacional es donde seguirá exhibiendo sus andrajosos galones de comandante en jefe y líder del mundo libre y también donde es capaz de hacer cualquier cosa, aunque vaya contra los intereses de su partido y su país, como ya ha hecho tantas veces, y en concreto en la derrota autoinfligida de estas elecciones. De sus disparates nace el escorpión que le ha matado: el precio disparado del petróleo y la capacidad adquisitiva disminuida, fruto de sus inflacionarios aranceles universales y de la guerra contra Irán.

Las cuentas del revés internacional sufrido por Trump no cargan tan solo sobre partidos y gobiernos afines. Entre los perdedores se halla la élite de multimillonarios tecnológicos que le auparon en su segunda presidencia y financiaron sus campañas. Habla por sí sola la caída sufrida por las cotizaciones de las acciones del sector de la inteligencia artificial, como efecto del rechazo de los ciudadanos, tanto republicanos como demócratas, a la construcción de unos centros de datos que succionan grandes cantidades de energía y de agua, no crean puestos de trabajo y atraen grandes inversiones.

Nadie como Elon Musk, el hombre más rico del mundo, ejemplifica el papel de la oligarquía tecnológica que está instrumentalizando al extremismo populista y a su excéntrico caudillo para defender sus intereses. Nadie se ha comprometido tanto en la segunda presidencia trumpista, primero en su campaña electoral, luego con su pasajera y estrafalaria entrada en el Gobierno para despedir funcionarios y cerrar departamentos, finalmente con su aportación insólita de casi 500 millones de dólares a la propaganda electoral, la mitad solo para Texas, el Estado al que ha trasladado su sede. Nadie representa tan bien el poder estratégico del dinero por encima de los gobiernos gracias a su capacidad financiera, sus redes satelitales o sus plataformas digitales, hasta el punto de tener en su mano el desenlace de una batalla o quizás de una guerra, como se ha visto en Ucrania.

El voto de repudio es interior, en Estados Unidos contra la deriva autocrática y contra los multimillonarios, pero su dimensión también es exterior. Putin ha perdido en Washington una batalla crucial en su ofensiva para recuperar la hegemonía perdida sobre Europa al final de la Guerra Fría. Desprestigiado, debilitado y vigilado por el Congreso, Trump tendrá menos márgenes para cerrar el acuerdo de paz con Ucrania que a ambos les conviene. Las elecciones de medio mandato tampoco le han ido bien a Netanyahu, que puede darse por reprobado por los votantes estadounidenses cansados del apoyo incondicional a Israel, tras haberlo sido por los de su país. Si alguien saca algún beneficio en Oriente Próximo, es la dictadura iraní, ahora en mejores condiciones para negociar un acuerdo de paz o seguir resistiendo al asedio militar israelí y estadounidense.

Trump deberá desplegar todos sus recursos internacionales para compensar la pérdida de poder y desviar la atención ante las dificultades que surgirán de la mayoría demócrata. Ahora le interesa obtener la fotografía con Putin y Xi Jinping en la cumbre que ha imaginado para repartirse el mundo bajo su batuta, como si fuera una nueva conferencia de Yalta donde Rusia se reintegrara a la economía global. Nada sería mejor para todos que ocupara los dos años que le quedan en la solemnidad de vacías cumbres internacionales y en la pomposa inauguración de los bodrios arquitectónicos del Washington trumpista, su más visible e impresentable legado.

Lluís Bassets escribe Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

No hay comentarios: