sábado, 7 de noviembre de 2026

SATORI, NO TODO ESTÁ PERDIDO


En un campo de almendros
Gracias a la crónica de Jiménez Barca veo ese campo de Toledo bajo el sol otoñal, los árboles entre los que se esparcen las chatarras del accidente, las personas sumidas en la irrealidad y el dolor.
Antonio Muñoz Molina, 07.11.2026

Un niño tiene desde muy pronto una percepción plástica del mundo, pero se tarda más en adquirir una plena conciencia estética: la sensación de estar contemplando algo que en sí mismo es bello y memorable, con independencia de cualquier utilidad o significado ulterior. Se abren de pronto los ojos y se ve plenamente lo que hay delante de ellos, en toda su complejidad y su riqueza, o en una sencillez que hasta entonces no se supo apreciar. La idea zen de la iluminación repentina, el satori, no alude a una visión mística o cegadora, sino a la simple constatación de lo que existe en un momento dado: sin niebla, sin ideas preconcebidas, sin la fatigosa intromisión de borboteos mentales y fantasías egocéntricas que suele calificarse de vida interior. El haiku, la fotografía, el boceto, son el ejemplo y el fruto de esa instantaneidad.

Me acuerdo de la primera vez que tuve conciencia estética de algo. Un día de principios de noviembre, no el de Todos los Santos, a los 15 años, fui al cementerio de Úbeda con un amigo que compartía mis aficiones literarias. Íbamos por el camino, a las afueras de la ciudad, una mañana limpia y fría de sol, con hileras de árboles amarillos y campos recién arados; laderas azuladas ondulaban al fondo de un horizonte de olivares. Esos paisajes y esos mismos colores yo llevaba viéndolos desde que abrí los ojos; eran el escenario constante de mi vida. Y sin embargo, esa mañana, en ese momento, los vi por primera vez de verdad. Pensé que era una primavera de noviembre.

Es una cita que celebro cada año, aunque cada vez haga menos frío y mi primavera de noviembre se parezca cada vez más a un veranillo de San Miguel retrasado. Voy por un camino apurando el oro del último sol en estas tardes abreviadas y el aire, al enfriarse, huele más tersamente aún a hojas caídas y a manzanas; o salgo a media mañana, y entro con alivio en una zona de sol después de un tramo de sombra fría: es el sol que en otros tiempos calentaba a los abuelos, que se apoyaban en las paredes mejor orientadas para recibirlo, salvándolos de la humedad de sus casas sin calefacción. Digo para mí mismo: “primavera de noviembre”. Y aunque por edad estoy más cerca de aquellos abuelos sesteando al sol, con quien me identifico quiméricamente es con el chaval que los miraba entonces como si pertenecieran a otra especie arcaica. En aquella riqueza de los oros variados de noviembre me sentía enardecido por una felicidad sin explicación, en la que parecía que estuviera contenida toda la promesa de un porvenir intacto, un gran regalo sin abrir.

A lo largo de mi vida he reconocido la luz de las primaveras de noviembre en lugares inusitados. Hace justo diez años la disfruté con particular intensidad porque sabía que muy probablemente era la última vez que la veía en Nueva York, ciudad de los otoños más lujosos que existen. Era un archivero y un coleccionista de hojas de árboles caídas por el suelo, en las veredas de los parques, arrastradas por millones en la corriente del río Hudson, que las traían de los bosques de Canadá y del norte del estado. Salía de mi casa con un libro en el abrigo con el simple propósito de guardar en él las hojas que me parecieran más perfectas, sin mordeduras ni manchas de parásitos, de colores más fuertes, los rojos y los amarillos de los arces, los ocres de cuero usado de los robles. Guardar una hoja en un libro era como dejar apresada en sus páginas esa luz que yo veía relumbrar y extinguirse tan despacio como una brasa en el edificio orientado al oeste que veía desde mi ventana.

A los nobles colores cálidos de aquel noviembre de 2016 se superpuso infecciosamente el amarillo anaranjado y sintético del tupé de Donald Trump, el bronceado artificial de una máscara de ojos y boca pequeños y malvados, más crueles todavía por la jactancia ávida de la codicia y el dinero. Teniendo a dónde volver, no había necesidad alguna de seguir habitando en el reino grotesco de aquel aspirante a sátrapa. Recuerdo el estupor de los amigos neoyorquinos con los que compartíamos la cena en la noche electoral. Se avergonzaban de su país delante de nosotros. A la mañana siguiente había quedado con un amigo pintor en una galería de arte, en una de esas calles de Chelsea que desembocan en un horizonte portuario y marítimo. Los cuadros de Mark Rothko se reflejaban en el suelo de cemento muy pulido como en la superficie lisa de un estanque, despojados de sustancia física, de peso, puras franjas de color. En la calle, en la atmósfera limpiada por el viento del mar, resplandecía como nunca mi primavera de noviembre.

¿Y si la conciencia estética no fuera más que nada un engaño voluntario, una especie de opiáceo moral? En este periódico, al día siguiente de la nueva mortandad ferroviaria, Antonio Jiménez Barca, que iba en uno de los trenes, expresa con un formidable instinto literario la dificultad de la mente humana para dar una forma inteligible a la experiencia del caos. Ve un vagón que ha perdido el techo, como si se lo hubieran arrancado, y ve a un viajero que continúa en su asiento, a la intemperie, inmóvil, bañado en sangre, ileso, la cara vuelta hacia donde un poco antes habría una ventanilla. Lo que hay ahora es un campo de almendros. Entre esos almendros camina Jiménez Barca, hacia un desconocido. “Vi un hombre solo, de pie, en medio de una hilera de almendros, llorando”. Los dos se abrazan, con la fraternidad inmediata de la desgracia. El hombre dice llorando que podría haber muerto y no ver nunca más a sus tres hijos pequeños.

Lo real siempre es específico. El almendro es un frutal de secano que se cosecha bien avanzado el otoño. Su forma es tan austera como su fruto. En un campo de almendros la silueta del árbol se recorta con mucha precisión contra la tierra árida y la maleza seca del pasado verano, contra el cielo limpio de octubre y noviembre. Largas sequías llevan muchos años diezmando los campos de almendros. Escribir es contar y es enseñar a ver. Después de leer la crónica de Antonio Jiménez Barca veo gracias a él lo que de otro modo no habría visto, ese campo de Toledo bajo el sol otoñal, las hileras de almendros entre las que se esparcen las chatarras bárbaras del accidente, los equipajes disparados como proyectiles, las personas sumidas en la irrealidad y el dolor; y también el modo en que se ayudan unos a otros, se apoyan en un hombro más fuerte para no desfallecer, se dejan vendar y cuidar. La misma dignidad, la misma extraña alianza entre la fragilidad y la fortaleza, se ven en los supervivientes, en los médicos, en los guardias civiles, en los voluntarios llegados del pueblo para ayudar en lo que puedan. Fijarse en todo es de una importancia suprema; intentar que en las palabras que cuentan haya un grado de precisión semejante al que permite a un forense establecer la identidad genética de un muerto sin nombre. Es importante imaginar bien esa figura del viajero que se ha quedado en el asiento de un vagón descarrilado. A Jiménez Barca le hacen una cura en un hospital y cuando va al café se encuentra con el hombre al que vio en el campo de almendros. Los dos sonríen, se abrazan largamente sin decir nada. Sobran las palabras. El mundo es lo que es, pero el abrazo silencioso entre dos desconocidos es un antídoto y también un argumento contra la vileza política de quienes no tienen el menor escrúpulo en alimentar con cadáveres y mentiras el odio que necesitan sembrar para vencer. Yo no veré la primavera de noviembre en Nueva York, pero sí puedo celebrar la alegría de quienes han sabido rebelarse eficazmente contra la omnipotencia arrasadora del dinero. No todo está perdido. No es trivial la belleza de ese campo soleado de almendros.

No hay comentarios: