Rodrigo Sorogoyen, Carlos Bardem, Alana S. Portero y Sara Barquinero, entre los más de 800 trabajadores de la cultura que respaldan en un manifiesto la huelga general
Los firmantes llaman al paro del sector con el texto ‘El 11N, la cultura también para’.
Ana Marcos, 06.11.2026
Más de 70 editoriales, un centenar de librerías, 70 espacios y organizaciones culturales y más de 500 trabajadores del sector se han unido en el manifiesto El 11N, la cultura también para, en respaldo a la huelga general convocada el próximo 11 de noviembre por el Sindicato de Inquilinas, CC OO, UGT y CGT por la crisis de acceso a la vivienda. Entre los firmantes figuran el filósofo Paul B. Preciado, los cineastas Rodrigo Sorogoyen y Laura Hojman, el actor y escritor Carlos Bardem, los dramaturgos Pablo Messiez y Lola Blasco, el músico Nacho Vegas, la cantante Rocío Saiz, las escritoras Marta Sanz, Elvira Navarro, Gabriela Wiener, Mónica Ojeda, Edurne Portela, Elena Medel, Alana S. Portero, Andrea Abreu, Beatriz Serrano, Lucía Lijtmaer, Aixa de la Cruz, Sara Barquinero, Sabina Urraca y Elizabeth Duval, la poeta y editora Luna Miguel, los escritores José Ovejero y David Uclés, el filósofo Ernesto Castro, los periodistas Javier Gallego, Irantzu Varela y Nerea Pérez de las Heras, la comunicadora Inés Hernand y la viñetista Flavita Banana.
El colectivo de trabajadores y organizaciones de la Cultura ha creado una cuenta en Instagram para difundir el manifiesto en el que respaldan la convocatoria. “Quienes escribimos, traducimos, editamos y vendemos libros; quienes hacemos música, teatro, cine, danza o cualquier arte viva; artistas, galeristas y creadores de contenido; quienes formamos parte del mundo de la cultura nos sumamos a la huelga general por la vivienda del 11 de noviembre”, empiezan declarando. “Hace ya casi un siglo, Virginia Woolf afirmaba que era necesario tener un cuarto propio si se quería escribir ficción o poesía. Muchas de nosotras trabajamos en nuestra propia casa, y a veces ni podemos tener eso asegurado”.
El pasado julio, el Consejo de Ministros aprobó el llamado Estatuto del Artista que derogó la antigua normativa de 1985, tras años de negociaciones. El texto fijó cuestiones largamente demandadas por el sector, por ejemplo, extendió el concepto de jornada laboral para incluir actividades esenciales como los ensayos, la preproducción, la posproducción o las tareas de promoción, para evitar que el trabajo se limite únicamente a la actuación o interpretación final; impuso una mayor transparencia en la retribución, lo que obliga a desglosar de forma individualizada en la nómina tanto los conceptos salariales como los no salariales, así como (esto era una de las reivindicaciones históricas) las cantidades correspondientes a los derechos de autor.
En España, el sector equivale en cifras al 3,5% del mercado laboral, algo menos de 700.000 personas, en datos del Ministerio de Cultura referidos a 2021, mientras solo un 66,6% de ellos son asalariados (casi 20 puntos menos que la media general). Y solo en la mitad de los casos hay un contrato indefinido en una industria cultural que cuenta con un 67% de empresas sin otro empleado que el propio autónomo.
Los firmantes recuerdan en el texto la situación en la que se encuentran sectores como el del libro. “Según una encuesta de la Asociación de Librerías de Madrid, más de 8 de cada 10 librerías son inquilinas, y sólo el 14,3% afirma tener garantías de continuidad en su local actual. Si en las grandes ciudades las librerías cierran, en las pequeñas directamente no llegan a abrir”, explican. Además de recordar la precariedad de la profesión: “Se da por hecho que las profesionales del mundo de la cultura tenemos que compatibilizar más de dos o tres trabajos para crear y que rara vez accederemos a un espacio propio para ello. No podemos aceptar que la cultura sea el privilegio de quienes ya han llegado a ella en posesión de patrimonio mientras se expulsa y precariza a sus trabajadoras”.
Al final del manifiesto, recuerdan la importancia que los espacios culturales tienen en el devenir de un país. “Cada vez más barrios se convierten en decorados, la gentrificación expulsa a vecinas y liquida los pocos espacios de encuentro que nos quedan. Todo lo que nos aísla impide que emerjan comunidades culturales y mutila la riqueza artística. Si algo contribuye al conservadurismo cultural, es la inflación de alquileres e hipotecas”, recuerdan.










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