Veía la otra noche la divertida película "La cena", donde aparece Mario Casas desnudo. En una entrevista a Alberto San Juan, el otro protagonista, decía que nunca había abrazado a un cachas como aquel y que su apariencia física había suscitado alguna discusión con el director porque sabido es que en aquellos años los hombres fuertes (o fuertotes, como se decía) no tenían la apariencia de los cuadrados de hoy, pura fibra, sino más bien del tipo Tarzán, ahora considerado un "fofisano". Parece que se tomó la decisión de dejar a Mario Casas tal cual como licencia fílmica (y supongo que como reclamo también, para qué engañarnos). Ya ven, los gustos cambias, las modas dictan sus órdenes y atrás quedaron las gracias de Rubens.
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¡Que coman Ozempic!
La medicina nos ha librado de la esclavitud que es tener que aceptarnos.
Raquel Peláez, 03.03.2026
Lo que más sobrecoge de la exposición sobre Maria Antonieta que alberga el museo de artes decorativas de Londres no es la verdadera guillotina de la época del Terror, a la vista de todos en una sala lúgubre donde también hay una máscara mortuoria que reproduce su rostro tras la decapitación. Es una faz con rictus relativamente plácido: quién sabe si sintió alivio de morir a los 37. “Al menos me ahorro la menopausia y nadie me ve engordar”. Ese cuerpo que no vemos pero imaginamos produce escalofríos: nada más entrar en la muestra el visitante se encuentra con el vestido de novia de 1774 de la reina consorte de Suecia. Del fondo de armario de la mujer más odiada de Europa no quedó nada: la belleza canónica rara vez genera piedad. Y por eso esta prenda se ubica ahí a modo de réplica del que vistió María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena el día que contrajo matrimonio con el rey de Francia y Navarra. Confeccionado con una suntuosa tela de plata, el corpiño se sostiene con larguísimas ballenas, dirigidas todas como en abanico hacia la entrepierna y la cinturilla. Crean un conjunto que ahoga con solo mirarlo. Cuesta imaginarse cómo pudo entrar ahí una persona, aunque la persona en cuestión fuese una niña de 14 años. Y esa delgadez contra natura es lo más sobrecogedor de un recorrido que nos permite saber hasta cómo olían los bailes del Palacio de Versalles o la celda de la Conciergerie de París, donde estuvo cautiva hasta que le llegó la hora (no se sabe cuál de las localizaciones hedía más). A pocos metros de ambas se siguen celebrando en esta época que es preámbulo de la primavera, desfiles en los que las modas —colores, tejidos, cortes— cambian cada temporada pero una cosa permanece inmutable a pesar de que se vayan sucediendo revoluciones históricas: el peso de las mujeres y el ancho de sus talles. Eso en realidad involuciona, ahora gracias a la medicina. Todo sea para librar a las mujeres de la esclavitud de aceptarse.




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