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De Chalamet e ‘influencers’ en Málaga
Nos enfadamos demasiado y con quien no debemos. Y eso provoca leer cualquier cosa con voluntad de responder, ni siquiera de entretenerse.
Manuel Jabois, 11.03.2026
Me he acordado, como es natural, de Rafael Sánchez Ferlosio debido a las reacciones desesperadas a esto de Chalamet (“no trabajaría en ópera o teatro: hay que mantenerlos con vida porque no importan a nadie”). Ferlosio escribió esto en EL PAÍS y lo extraigo de un artículo definitorio de su tiempo y el nuestro: “Nunca se había visto un mundo en el que todo el mundo ande como loco deseando ser ofendido, con las orejas como las de una liebre atentas a no perderse la menor palabrilla que se diga, por si ofrece algún sesgo que permita, siquiera sea amañadamente, habilitarla para ofensa”.
Puede tomarse uno en serio a Chalamet o no (puede incluso deducirse que sigue, poco avisado, de seguir interpretando su último papel: hay actores muy cucos), pero es feo enfadarse. Enfadarse, de hecho, debe volver a estar donde siempre estuvo: pasado de moda. Uno puede escuchar una boutade que le ofende, o una provocación, o una verdad tan cruda que se le hace insoportable, sin molestarse por ello, sin ponerse a hacer aspavientos infantiles y rebatirlo con argumentos tan lógicos que te hacen parecer ridículo y legitiman al que te enfada. A Chalamet hay que decirle, en el mismo tono, que a veces lo importante de los seres humanos son los saberes que no sabemos para qué sirven, las lecciones que aprendemos y no sabemos a quién dar, el idioma que aprendemos sin saber si alguna vez tendremos que usar. Por supuesto, en esa clasificación no están la ópera ni el teatro, pero podrían. Chalamet, y yo mismo, podríamos entender de ello e incluso hacernos expertos sin importarnos su impacto. Como a Sócrates: mientras su verdugo le preparaba el vaso de cicuta que fue condenado a beber, el filósofo intentaba aprenderse una complicadísima pieza a la flauta. ¿Para qué quieres saberla, si en unos minutos morirás?, le preguntaron. Para saberla, respondió él: por el placer de morir sabiendo una cosa más.
Está poco prestigiado ese conocimiento. A Tom Holland le hablaron hace unos años de Almodóvar y no sabía quién era. El propio Chalamet no sabe qué es eso del mito de Sansón y su pelo. No me parece mal, ni lo creo descriptivo de una generación, pero sí se me ponen las orejitas tiesas cuando la primera reacción no es enseñarles quién era Almodóvar y quién Sansón, sino encender la hoguera antes de que aprendan. Así ocurre con todo o casi todo. Observen a esa pobre influencer en la alfombra roja del Festival de Cine de Málaga a la que le preguntaron qué películas le gustaban y dijo Aserejé; ¿es de ella la responsabilidad o de quienes la invitan? Si ya su profesión está construida sobre el alambre de alfombras ficticias en las que es delicado justificar su talento, ¿por qué no habría de aprovechar que la alfombra se la pongan otros?
Nos enfadamos demasiado, pero sobre todo nos enfadamos con quien no debemos. Y eso provoca leer cualquier cosa con voluntad de responder, ni siquiera de entretenerse. No queremos enfadarnos pero ojo con que no nos enfaden, y acusemos al Chalamet de turno de tibio y equidistante, otro que no se moja. Acabemos con Ferlosio y el recordatorio de lo que pasaba en la Casa de Tócame Roque a propósito de la demanda de respeto y de la necesidad de que lo ofendan: una chica gritaba desde la oscuridad del patio hacia la barandilla de la planta superior de la corrala: “¡Mamá, que Roque me toca!”, y al mismo tiempo animaba, en voz baja, a su galán: “Tócame, Roque”.
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