Se ofrece servidumbre a cambio de rebajita fiscal
JAIME RUBIO HANCOCK, fILOSOFÍA INÚTIL. 11.03.2026
Buenas:
He de confesar que no sabía que había tanto español en Dubái. En respuesta al bombardeo estadounidense e israelí, Irán bombardeó a países vecinos, incluidos los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Y tras el cierre del espacio aéreo se quedaron atrapados en el país varios miles de españoles. A muchos les pilló haciendo una escala en el aeropuerto o de vacaciones, pero unos 14.000 residen allí, incluida una minoría muy ruidosa de influencers de segunda división que ayudan a vender la imagen de esa ciudad escaparate del país a cambio de ahorrarse unos pocos impuestos.
No acabo de entender por qué alguien iría a Dubái voluntariamente. No me refiero a quienes están allí más o menos obligados por sus empresas, sino a quienes no tienen ningún problema con lo que a efectos prácticos supone colaborar con el lavado de cara de una dictadura, que no es la peor de la región, pero que aun así es difícilmente excusable.
Algunos datos:
- El gobierno financia con decenas de millones un programa para atraer a 10.000 influencers de todo el mundo, pero quienes quieran ganarse la vida allí con las redes necesitan una licencia y no pueden criticar al gobierno ni al islam.
- Decenas de disidentes del país han sido condenados en los últimos años a penas de entre 15 años y cadena perpetua.
- Entre el 85% y el 95% de la fuerza laboral son trabajadores migrantes atrapados en el sistema kafala, en situación precaria y a quienes muchas empresas confiscan el pasaporte de forma ilegal pero tolerada para que no puedan ni salir del país ni cambiar de trabajo.
- Las mujeres están bajo la tutela legal del padre o del marido, y las relaciones entre personas del mismo sexo pueden castigarse con prisión o muerte.
La actitud del influencer o del aspirante a emprendedor que se refugia en un país así le resultaría especialmente sorprendente a Étienne de la Boétie (1530-1563), autor del Discurso sobre la servidumbre voluntaria. En este texto, De la Boétie se pregunta por qué en tantos países se aguanta a tiranos a los que califica de “hombrecillos”: “Si dos, si tres, si cuatro no se defienden de uno, es extraño, pero en todo caso posible; bien se podrá decir, con razón, que es falta de coraje. Pero si cien, si mil soportan a uno solo, ¿no se dirá que no quieren, no que no se atreven a arremeter contra él, y que no es cobardía sino más bien desprecio y desdén?”. Según De la Boétie, ni siquiera hace falta una revolución para hacer caer a un tirano, basta con no obedecer.
Por naturaleza queremos ser libres y obedecer a la razón, y si nos sometemos a un tirano es porque hemos sido “coaccionados o engañados”. Esta complicidad con los tiranos tiene como primer motivo la educación: “La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”. Quien nace en una tiranía ha sido educado en el engaño de que no tiene más remedio que someterse a ella: “Soy de la opinión de que se tenga piedad de los que al nacer se han encontrado con el yugo al cuello, o bien que se les excuse o bien que se les perdone si, no habiendo visto siquiera la sombra de la libertad y no habiendo tenido noticia de ella, no se dan cuenta del mal que les supone ser esclavos”.
La razón más importante que sustenta las tiranías está en el interés personal: el monarca tiene a su alrededor a un puñado de acólitos que creen que se enriquecerán si son “los cómplices de sus crueldades, los compañeros de sus placeres, los alcahuetes de sus voluptuosidades y partícipes de los bienes de sus rapiñas”. Estos cómplices tienen su propio grupo de aprovechados que a su vez tiene a los suyos, en una pirámide clientelar que se mantiene en las corruptelas contemporáneas.
El texto de De la Boétie es una crítica a la monarquía absoluta. Pero como se ve en el caso de la corrupción, podemos leer advertencias de los peligros de no defender nuestra independencia frente al poder incluso en las democracias, que pueden deslizarse hacia el autoritarismo con más facilidad de lo que parece, como estamos viendo en Estados Unidos.
Muchos de nuestros dirigentes políticos, incluso los elegidos democráticamente, caen en la tentación de prescindir no solo de los ciudadanos, sino también del parlamento o de la ley. De la Boétie nos recuerda que hemos de ser críticos con todos los poderes y con todas las corrupciones, y que la libertad y la democracia no son valores que vengan dados, sino que tenemos que proteger y ampliar.
Esto incluye la defensa de los mecanismos democráticos: podemos cambiar de gobierno cuando las acciones de este no nos parecen correctas, pero también podemos criticarlo, manifestarnos, militar en partidos políticos, participar en asociaciones cívicas, ponernos en huelga, dar nuestra opinión en medios y redes… Es decir, formamos parte de una sociedad plural en la que las decisiones políticas se debaten y critican, y no solo se acatan, y en la que hemos de trabajar para que la democracia no quede solo en votar cada cuatro años.
Los influencers y aspirantes a entrepreneurs de Dubái pueden ser solo una anécdota y (lo admito) un blanco fácil. Es más importante defender nuestra democracia que criticar a quienes se venden a una dictadura. Pero resulta sorprendente que haya ciudadanos de países democráticos que prefieran someterse al régimen teocrático y petroleocrático de los Emiratos Árabes Unidos y acepten tanto las cortapisas que se encuentran en ese país como las injusticias a las que están sometidas las personas más desprotegidas. Y son una advertencia para nosotros: no debemos caer en el error de vender nuestra libertad a cambio de unas ventajas económicas precarias, porque no son derechos de los ciudadanos, sino dádivas del monarca. Acabaremos como ellos, perdidos en un desierto de cemento bajo las bombas y añorando un gobierno que nos lleve a casa, como si fuéramos niños.
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