Donald Trump con una bandera LGTBIQ+ (bastante cutre) en 2016. / STEPHEN CROWLEY (THE NEW YORK TIMES)
Homonacionalismo: ser LGTBIQ+ de derechas
Queerletter, EL PAÍS, 13.03.2026
Una de cada diez personas LGTBIQ+ votaría a la extrema derecha en unas elecciones generales en España. Junto al PP (19%), los ultras de Vox sumarían un tercio de los apoyos del colectivo. Estos son algunos de los datos del informe Estado LGTBI+ 2026 de la Federación Estatal LGTBI+ (Felgtbi+), elaborado por 40dB y que se presentó ayer. El apoyo a la ultraderecha ha crecido cuatro puntos en dos años. ¿Se puede ser gay y de derechas?
Digo gay porque la amplia mayoría de personas del colectivo que se inclinan hacia el conservadurismo son hombres (blancos) homosexuales y, en menor medida, mujeres (blancas) lesbianas. Sirvan como ejemplo los Magays que trabajan para el Gobierno de Donald Trump; tecnooligarcas como Peter Thiel o Sam Altman; la líder del partido neonazi Alternativa por Alemania, Alice Weidel; o la periodista Bari Weiss.
Todos ellos son adeptos del homonacionalismo. Este término, creado por la investigadora Jasbir Puar en 2007 en su libro Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer (Balaterra), estudia la relación entre el uso político de conceptos como sexualidad, raza, género, nación, clase y etnicidad. Es el vehículo para abrir una brecha en el colectivo LGTBI+, a través de “plantear una división entre los sujetos nacionales gais, homosexuales que se alinean con los intereses imperiales y las formas de disidencia queer consideradas ilegítimas”, explica la autora. El homonacionalismo, además, utiliza el racismo como combustible, una de las estrategias favoritas de la extrema derecha.
Peter Thiel, cofundador de Paypal y fundador de Palantir, es uno de los magays. / KIM KULLISH (GETTY)
El último ejemplo ha sido con la guerra en Irán iniciada por EE UU e Israel. Entre todos los argumentos que ha utilizado Trump para intentar justificar el ataque, también ha aparecido el homonacionalismo: “Apoyamos a los gais, pero ellos [Irán] arrojan a los gais desde los edificios”. Esta frase del ultraconservador ha inundado la retórica de los republicanos estadounidenses, así como la de la extrema derecha global (y en ocasiones también la de los conservadores menos radicales).
En Irán se persigue la homosexualidad ―aunque Grindr no está vetado, a diferencia de otras redes sociales/sexuales― y se ha castigado a personas del colectivo con penas de cárcel, castigos físicos, como la flagelación, o incluso se los ha condenado a muerte. El régimen teocrático iraní es pesadillesco para las personas LGTBIQ+. Eso no quita para que, desde su segundo advenimiento a la presidencia, el Gobierno de Trump esté imponiendo recortes en los derechos duramente conseguidos por el colectivo a lo largo de años. La retórica de Trump sobre la protección de las personas LGTBIQ+ del régimen de los ayatolás contrasta marcadamente con sus políticas lgtbifóbicas.
Es una maniobra para presentarse como defensores de derechos a la vez que se invisibiliza la violencia que se produce contra el colectivo, muchas veces en nombre del patriotismo o de una supuesta protección de la infancia. Puar denuncia esa postura “cómplice” de gais, lesbianas y feministas conservadores con la guerra, el terrorismo y las políticas de inmigración.
En España, el líder de Vox, Santiago Abascal, ha afirmado en alguna entrevista que “llegará el momento en que la mayor parte de los gais españoles votarán a Vox”. Estas afirmaciones también tienen una base homonacionalista, pues intentan presentar a la formación ultra como garante ante la supuesta amenaza de la migración, concretamente de los migrantes originarios de países musulmanes.
A la vez que se dibuja como protector de la diversidad, Vox no deja de atacar a las personas LGTBIQ+ españolas. Hace un año, una sucesión de propuestas anti LGTBIQ+ iniciaron su tramitación en siete parlamentos autonómicos. Todas fueron propuestas por Vox. La amplia mayoría de proposiciones del partido de extrema derecha ―seis de ellas― reclamaban derogar las leyes regionales LGTBI+ y trans, uno de los instrumentos clave para asegurar la no discriminación, pues las comunidades gestionan áreas tan importantes como Educación o Sanidad.
Aunque decayeron, en dos comunidades sí que cristalizaron los recortes. La primera, en Madrid, donde el PP gobierna con mayoría absoluta. La otra, Valencia, donde los populares necesitan a los ultras para sumar mayoría. Ambas propuestas de recortes han sido llevadas al Constitucional por el Gobierno central. (En el caso de Madrid, se paralizaron la mayoría de modificaciones, mientras que para los cambios en la normativa valenciana aún no hay dictamen).
“Las personas LGTBIQ+ no somos una burbuja dentro de la sociedad”, apuntaba la presidenta de la Felgtbi+ en la presentación de la encuesta sobre el voto del colectivo. Hablaba sobre cómo ser parte del colectivo intersecciona con otras realidades como la clase, el género, la familia, el lugar de origen o de residencia.
“Lo queer no es una identidad única o exclusiva, por lo tanto, las personas del colectivo no pueden tener una posición política homogénea”, constata Jasbir K. Puar en su libro. La autora considera que la heteronormatividad, que ha servido de base al Estado nación, ha empezado a expandirse hacia el colectivo LGTBIQ+ a través de una ideología homonormativa y homonacionalista, que busca reproducir ideales excluyentes basados en la clase, el género o la etnia: “Se busca crear un sujeto queer adecuado, correcto”. Se busca el buen queer.
¿Se puede ser LGTBIQ+ y apoyar a partidos que defienden el recorte de derechos? Claramente, se puede. Tampoco sería la primera vez que ocurre en la historia.
Cuando Hannah Arendt escribía sobre el Holocausto, denunció que hubo judíos que colaboraron con el nazismo. Las críticas de la imprescindible pensadora, que no pierde vigencia en el siglo XXI, se centraron en los Consejos Judíos de los países controlados por la Alemania nazi y a los que perfiló como “colaboracionistas”. Para Arendt, estos organismos fueron clave en el asesinato de miles de judíos al entregar a los nazis el registro de sus congregaciones, pensando que así se salvarían del antisemitismo. (En su libro La conjura contra América, Phillip Roth lo relata muy bien; también hay una miniserie interesantísima al respecto que en España se puede ver en Movistar+).
Creyeron que su estatus, su clase, doblegarse ante los ultras y dejar de lado a parte de sus semejantes les iba a aportar beneficios. No fue así. Tampoco será así para los homofachas.



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