domingo, 29 de marzo de 2026

LA MALDITA CONCIENCIA


Comentaba ayer lo que escribí aquí sobre la objeción de conciencia de los médicos acerca del aborto y mi interlocutor me daba sus argumentos para, al menos, dudar sobre esta posibilidad. A ver, imagina que un profesor en un colegio público se negase a explicar partes del libro de Historia porque no está de acuerdo con su contenido:
> El Holocausto es mentira, por tanto no se habla de esto cuando explica la 2ª Guerra Mundial.
> No existen familias diferentes a la "normal", o sea, no se habla tampoco de gays ni lesbianas y, de camino, de métodos anticonceptivos, del aborto, de las ETS, del divorcio, etc.
> Franco fue la joya de la corona, así que nada de hablar del golpe de estado del 36, ni de los 40 años de la dictadura; como mucho nos quedamos en la inauguración de los pantanos.
¿Esto sería lógico? (¿es esto lógico?, mejor hablamos en presente). No, este señor no puede ser profesor en un colegio público si decide unilateralmente que su moral o su conciencia puede explicar la Historia tal y como él la concibe. Pues así estamos, la maldita conciencia malentendida es la que permite casos como estos, médicos que no practican abortos porque su conciencia se los impide pero siguen cobrando de la sanidad pública y, Dios no lo quiera, si su hija se queda embarazada con 14 ó 16 años organizan un viaje a Londres para enseñarle la ciudad a la niña, donde nunca ha estado, y de camino... Y no, esto no es un tópico.
Esta mañana escribe Sergio del Molino en EL PAÍS un artículo sobre Noelia (Noelia Castillo, para mayores señas), alegrándome de no ser yo un bicho raro por pensar como pienso. Unas notas mejor escritas que las mías pero con un mismo fondo de indignación. Otro que no puede ver la vida sin tomar partido. ¡Ojalá pudiera!, créanme.

Noelia Castillo era una mujer mayor de edad
El mundo fue muy cruel cuando abandonó a la joven a una vida de dolor, pero fue mucho peor cuando se compadeció de ella y quiso salvarla, anulándola y negándole su ser.
Sergio del Molino, 29.03.2026
https://elpais.com/television/2026-03-29/noelia-castillo-era-una-mujer-mayor-de-edad.html

Noelia Castillo era una persona mayor de edad con plena capacidad para decidir sobre su vida y su muerte. Así consta en cinco (¡cinco!) dictámenes de sendos tribunales y en los informes neurológicos, psiquiátricos y psicológicos incluidos en el expediente de la comisión que evaluó su caso y le concedió el derecho a la eutanasia en abril de 2024. Pero una parte de la sociedad española, en la que se incluía a su padre, no le reconoció esa mayoría de edad. Noelia Castillo fue tratada como una niña cuya conducta puede ser reeducada, una niña que solo necesitaba cariño y atención.

Incluso en su última aparición televisiva, dos días antes de su muerte, se la consideró víctima de la manipulación morbosa. Se cuestionó su libertad para aparecer donde le diera la gana y decir lo que le apeteciese, como si una mujer adulta no pudiese discernir el alcance de sus palabras ni tuviera soberanía sobre su voz y su imagen. La forma en la que se la ha nombrado estos días es otro síntoma de infantilización: es Noelia a secas, como se llama a los niños, sin apellido, sin la distancia debida.

Yo no puedo afirmar categóricamente, como hacen tantos, que la sociedad falló a Noelia Castillo. Sí puedo asegurar que el Estado le falló dolorosamente en estos dos años. La ley de eutanasia, concebida para mitigar el sufrimiento, lo exacerbó con una letra pequeña demasiado permeable al intrusismo. Hay que rehacerla para evitar que la decisión libre y consciente de una ciudadana adulta vuelva a verse cuestionada y boicoteada por personas ajenas a quienes no debería reconocérseles el menor derecho de injerencia. Ya que la sociedad española se ha mostrado incapaz de aceptar la voluntad de una mujer adulta, que al menos la ley la proteja de las tretas de quienes pueden estar en su derecho de no comprender, pero tienen la obligación de acatar. Que garantice su derecho y no permita que sus dos últimos años sean una pesadilla de recursos y sentencias.

Siento una vergüenza atroz por las declaraciones políticas, por las sobreactuaciones de ciertos pianistas que creen poder salvar a cualquier persona con tres frases baratas de autoayuda, por las vigilias y los rezos y por la moralina que aún atufa España entera. El mundo fue muy cruel cuando abandonó a Noelia Castillo a una vida de dolor, pero fue mucho peor cuando se compadeció de ella y quiso salvarla, anulándola y negándole su ser.

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