Un cúmulo de reveses expone el techo del poderío militar y económico de Washington y mecanismos de resistencia eficaz a sus asaltos.
Andrea Rizzi, 30.03.2026
https://elpais.com/internacional/2026-03-30/las-derrotas-de-trump-desnudan-los-limites-de-ee-uu.html
La fallida guerra comercial contra China; las amenazas de anexión de Groenlandia que solo cosecharon indignación y acabaron con una marcha atrás; la presión contra Canadá que facilitó la victoria de Mark Carney y aproximó Ottawa a Pekín; la acción del Congreso para limitar la capacidad de la Casa Blanca de retirar soldados de Europa o la sentencia del Supremo que tumbó la guerra arancelaria. A la espera de ver si la guerra de Irán se suma definitivamente a la lista, el catálogo de reveses y derrotas de Donald Trump en este segundo mandato es nutrido y multiforme. Varios de ellos tienen un significado muy profundo que exhibe los límites de EE UU y de su Gobierno, así como los mecanismos de una oposición eficaz a las ofensivas de la actual Casa Blanca. Los mercados son a menudo el circuito que descarga el mensaje eléctrico que inhibe a Trump, pero el factor subyacente es siempre la mezcla de voluntad y capacidad de resistencia. En su conjunto, se trata de una dinámica que enciende luces sobre el devenir del mundo y que conviene analizar con constancia y detenimiento.
Irán
La atención mundial se centra lógicamente ahora en el ataque lanzado por Estados Unidos —e Israel— contra Irán. El conflicto se halla en una situación fluida y sería imprudente y prematuro emitir un juicio definitivo ahora. No obstante, su devenir ya acarrea serios problemas para Washington y amenaza con terminar en un grave revés para la Administración estadounidense.
Irán lleva cuatro semanas sufriendo durísimos golpes, pero el régimen sigue de pie y mantiene bloqueado el estrecho de Ormuz. Las consecuencias son notorias, en términos de comercio de hidrocarburos y fertilizantes, pero también de otros productos esenciales, como por ejemplo el helio, necesario en la fabricación de microchips. Además, el impacto en los países del Golfo amenaza con tener serias repercusiones en los mercados de capitales, ya que las carteras profundas de esos países han sido durante lustros un elemento de relieve de proyectos de inversión en gran parte del mundo.
En el plano político, en Irán no solo el régimen sigue en el poder, sino que queda cada vez más en manos de la radical Guardia Revolucionaria. Mientras, en EE UU ha estallado la tensión en el mundo MAGA, dentro de cuyas filas muchos aborrecen esta guerra de elección.
Pero el dato más relevante de esta aventura tal vez sea una vulnerabilidad crítica que la Operación Furia Épica ha puesto en evidencia: los límites de la superioridad tecnológica militar en el nuevo entorno bélico, en el que grandes cantidades de armas baratas pueden reequilibrar la desventaja cualitativa.
Macdonald Amoah, Morgan D. Bazilian y Jahara Matisek han descrito muy bien este patrón en un comentario publicado por el Royal United Services Institute. En los primeros 16 días de combate, EE UU y sus aliados han disparado unas 11.000 municiones —entre ellos, casi 1.700 misiles del sistema de defensa antiaérea Patriot, 300 del THAAD y más de 500 Tomahawk— con un coste total de unos 26.000 millones de dólares. Más allá del coste, el problema es que algunas de estar armas —especialmente interceptores de largo alcance y armas de golpeo de precisión— son difíciles de producir. Los arsenales son limitados. El ritmo de agotamiento es rápido, el de reposición, lento.
Según estimaciones publicadas por los autores —los Estados no hacen públicos sus inventarios—, Israel habría gastado un 80% de sus interceptores Arrow 2 y 3, mientras que los países del Golfo un 60% de sus THAAD y EE UU un 40% de esa misma arma.
Por supuesto, la industria repone, pero varios de estos sistemas son muy complejos, y por ejemplo los autores estiman que serán necesarios cinco años para recuperar los 500 Tomahawk disparados en los primeros 16 días de esta guerra. Otros expertos apuntan a una capacidad de reposición algo más rápida, pero en todo caso muy farragosa. Mientras, la guerra sigue. Fuentes citadas por The Washington Post elevan a más de 850 la cifra de Tomahawk disparados en las primeras cuatro semanas. La versión moderna del misil cuesta unos 3,5 millones de dólares.
La ofensiva ha mostrado sin duda asombrosas capacidades de golpeo de EE UU, y obtenido una fuerte degradación militar de Irán. Pero, a la vez, causa graves turbulencias económicas, vacía arsenales y evidencia una problemática fragilidad escondida detrás de la superioridad tecnológica de EE UU. Bastan muchos drones de valor de 30.000 euros como los Shahed iraníes para agotar pronto el stock de misiles de valor de más de tres millones como los Patriot.
Esta asimetría cuestiona viejos supuestos sobre las relaciones de fuerza. La dinámica ya se vio en desarrollo en la guerra de Ucrania, pero impresiona ver su efecto sobre la mayor potencia militar del mundo. Es un efecto con repercusiones globales, porque afectará a quienes dependen de la entrega de armas del conglomerado industrial estadounidense, que ahora se centrará en reponer existencias para el Pentágono. Y porque los adversarios toman nota de un momento de escasa disponibilidad de armamento muy relevante. China sigue encantada con el desgaste de EE UU en una guerra innecesaria.
China
Precisamente Pekín es protagonista de otro revés de enorme importancia sufrido por Trump. Se trata del fracaso en el asalto comercial lanzado por Washington contra China el año pasado. A diferencia de otros, que hincaron la rodilla, Pekín rechazó plegarse a la presión firmando un acuerdo desventajoso. Resistió, activando una suerte de botón nuclear comercial: las restricciones a las exportaciones de materias primas estratégicas, un activo cuidadosamente construido a lo largo de varios lustros, tanto por la vía del control de la extracción como del refinamiento. La respuesta de restricción de ventas de tierras raras de Pekín desató el pánico en el sector industrial mundial, que depende de esas materias primas para toda la manufactura de la modernidad.
“Trump pensaba que iba a doblegar a China, y se ha dado cuenta de que China estaba más preparada de lo que pensaba. Sobrevaloró sus fuerzas y capacidades e infravaloró al rival”, dice Miguel Otero, investigador principal del Real Instituto Elcano, especializado en economía política internacional y en el triángulo de poder EE UU, China, UE.
“Con su acción en materia de exportación de tierras raras, China se atrevió a usar el bazuca”, prosigue Otero. “Y esto es muy significativo, porque no ha sido un simple órdago. Avalada por una capacidad económica, de influencias, militar y por un temple estratégico, sin muchas estridencias, China ha mostrado su poder estructural, y creo que esto es muy novedoso”, dice el experto.
“Mi lectura es que hay un elemento de desesperación estadounidense en relación al auge de China. Trump es un reflejo de ello”, dice Otero. “No han conseguido frenar ese auge con acción multilateral, con alianzas. Ahora creen que a base de golpes van a poder alinear a todos”.
Pero, de momento, lo que han conseguido es poner en evidencia las fortalezas de China. Todo el mundo lo vio y tomó nota de cómo Trump frenó su embestida. También ha tomado nota de cómo ha tenido que aplazar su ansiada visita de Estado a Pekín, una cita inviable para él en medio de la debilidad que una guerra con Irán fuera de control representa.
Canadá
China es coprotagonista de otra de las grandes lecciones de los reveses de Trump en este segundo mandato: su fallida estrategia de presión contra Canadá. Desde los primeros compases del mandato, el presidente de EE UU expresó su voluntad de convertir al país vecino en un nuevo Estado de la unión estadounidense, lo atacó con andanadas arancelarias y se inmiscuyó en su política interna. El resultado fue una fuerte reacción de orgullo nacional canadiense, el colapso en campaña electoral del partido con ideario más cercano al trumpismo, la victoria de Mark Carney, que posteriormente se convirtió en un líder político e intelectual de la resistencia global al trumpismo y el promotor de una reconfiguración de las relaciones de su país con China.
“Independientemente de las opiniones que se tengan sobre Donald Trump y su enfoque de la política exterior, hay algo que ahora puede afirmarse con cierta confianza: está actuando como un acelerador histórico, obligando tanto a aliados como a adversarios a reevaluar sus posturas económicas y de seguridad en tiempo real y con efectos concretos”, señala Philippe Rehault, director del Instituto sobre China en la Universidad de Alberta, en respuesta escrita a unas preguntas.
“Al hacerlo”, prosigue el profesor, “también está forzando incluso a aliados y socios de larga data a revisar su relación con Pekín. El verdadero revés para Trump no es simplemente que países como Canadá estén respondiendo con resistencia. Es que su postura puede estar debilitando la jerarquía de confianza sobre la que durante tanto tiempo se ha asentado el poder estadounidense entre sus aliados”.
Canadá, debido a su peculiar exposición a EE UU por la cercanía, es un laboratorio privilegiado de observación. “El impacto ha sido profundo. Los comentarios de Trump sobre el ’51º Estado’ y su postura comercial agresiva hacia Canadá están sacudiendo al país, sacándolo de su habitual complacencia y empujándolo a acelerar sus esfuerzos de diversificación comercial, mayor resiliencia y una reconsideración más amplia de sus opciones externas”, continúa Rehault. En ese marco se inscribe el giro con China después de años de relaciones muy problemáticas.
“Lo que ha cambiado no es realmente que Canadá haya pasado a tener un afecto profundo o renovado por China. Pero sí existe una aceptación creciente —especialmente en los círculos comerciales y estratégicos— de que China debe volver a considerarse, al menos de forma selectiva, como parte de una estrategia más amplia de amortiguación frente a la volatilidad, la beligerancia y la imprevisibilidad de Estados Unidos”, comenta Rehault.
El episodio canadiense es una muestra de una dinámica que si no es todavía un patrón consolidado sí emite señales significativas: los excesos trumpistas producen efectos negativos para las fuerzas en sintonía con el trumpismo. La victoria de Carney no es el único ejemplo. Las elecciones danesas fueron positivas para los líderes de la resistencia a EE UU. Donde él ataca, favorece a los resistentes. E incluso donde no hay ataques tan directos, en algunos casos sus excesos pasan factura a sus socios. No hay duda de que la cercanía a Trump no ayudó a Meloni en su reciente fracasado referéndum; en Australia el año pasado se impusieron los laboristas.
Groenlandia
Otro episodio problemático para la Casa Blanca y repleto de lecciones para el mundo es la campaña lanzada por Trump para anexionarse Groenlandia, por las buenas o por las malas, según él mismo afirmó. La embestida se topó con una consistente resistencia de Dinamarca y su territorio Ártico —que, según informaciones publicadas recientemente, llegaron a prepararse para una resistencia militar ante una posible invasión— y países europeos que cerraron filas con ellos. El resultado fue tensión política, turbulencia en los mercados, y una marcha atrás de Trump anunciada en el foro de Davos.
“Lo podemos calificar de derrota en toda regla, el fracaso de alguien que se cree todo poderoso y no es así”, dice Diego López Garrido, director de la Fundación Alternativas. El ex secretario de Estado de Exteriores cree que la reacción “ha funcionado porque hubo una solidaridad absoluta en torno a Dinamarca ante esa amenaza de Trump. Es decir, una prueba de que cuando la Unión Europea muestra una actitud de unidad en la diversidad, como dice el Tratado, cuando muestra esa actitud, eso funciona. Cuando la Unión Europea toma una actitud asustadiza, pierde, siempre pierde”.
El mundo entero asistió asombrado a la perspectiva de un ataque militar de EE UU a un aliado europeo, como ese aliado y otros se preparaban y se unían ante esa perspectiva, y como Washington dio marcha atrás en un pestañear de ojos pese a que su líder había sostenido vigorosamente que el control del territorio ártico era necesario para la seguridad nacional de su país.
El mundo entero también tomó nota de cómo, un mes antes de esa marcha atrás en Davos, en el mes de diciembre, el Congreso de EE UU aprobó un presupuesto de Defensa que incluye medidas que limitan significativamente la potestad del presidente de reducir el despliegue de tropas en Europa. Aunque en claro deterioro, tal y como concluyen recientes estudios de V-Dem o Freedom House, la democracia estadounidense todavía opone resistencia a los excesos trumpistas, como ha ocurrido con la sentencia del Supremo en contra del modo en el que la Casa Blanca ha desatado la guerra arancelaria. Esa resistencia también es una relevante lección que se infiere de los reveses de Trump.
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