El pensador, uno de los más grandes del siglo XX, ha fallecido este sábado en la ciudad de Starnberg.
Marc Bassets, 14.03.2026
Era la conciencia de la Alemania contemporánea, el “sismógrafo moral de la República Federal”, el último de los filósofos alemanes. Jürgen Habermas, que en vida recibió todos estos calificativos, ha muerto este sábado en el municipio bávaro de Starnberg. Tenía 96 años. Con el autor de Teoría de la acción comunicativa y difusor del concepto del patriotismo constitucional, desaparece una figura capital en los debates que han atravesado su país y Europa desde mediados del siglo XX. Habermas, marcado como tantos en de su generación por su infancia y juventud bajo el nazismo, fue un intelectual público en una era de descrédito de los intelectuales, un europeísta pesimista en sus últimos días sobre el proyecto europeo.
Habermas continuó hasta el último aliento reflexionando sobre el mundo e interviniendo en la discusión pública, sin esquivar la polémica, como sucedió con los textos en los que defendía la necesidad de defender Ucrania ante la agresión de Rusia, pero también expresaba su inquietud por el rearme europeo y lo que consideraba el belicismo alemán. En su último artículo en EL PAÍS, publicado el 30 de noviembre de 2025, escribió, casi a modo de epitafio: “Al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable”.
Autor de una amplia obra sociológica y filosófioca que incluye títulos como Historia y crítica de la opinión pública, Conocimiento e interés, El espacio público y Discurso filosófico de la modernidad, era el último superviviente de lo que se conoce como la teoría crítica y la Escuela de Fráncfort, donde en los años cincuenta fue alumno de Theodor W. Adorno. Habermas encarna una tradición singular, pero fundamental en el “país de los poetas y los pensadores”. Es la suya una tradición alejada de las tradiciones metafísicas, románticas, irracionales u oscurantistas, que en su versión más degenerada condujeron a la catástrofe. Y es la suya una tradición conectada con el marxismo, la democracia y lo que él llamaba “el proyecto de la Ilustración”. Habermas fue uno de esos intelectuales que, con otros, enseñó a pensar y a pensarse a la República Federal, la mitad de Alemania anclada en Europa y Occidente, con un sólido Estado de derecho y una sociedad por primera vez plural y democrática.
El canciller Friedrich Merz, en un comunicado, subrayó la dimensión europea del fallecido: “Alemania y Europa han perdido a uno de los pensadores más significativos de nuestro tiempo”. “Jürgen Habermas ha acompañado con longitud de miras y grandeza histórica los acontecimientos políticos y sociales”, añade el canciller democristiano sobre el filósofo socialdemócrata. “Su agudeza analítica marcó el discurso democrático mucho más allá de las fronteras de nuestro país y actuó como un faro en un mar embravecido. Sus trabajos sociológicos y filosófocos influyeron en generaciones de investigadores y pensadores. La fuerza intelectual y la liberalidad de Habermas eran insustituibles para la comunidad, y su palabra a la vez una referencia y un desafío”.
Jürgen Habermas nació en 1929 en Düsseldorf, junto al Rin, aunque, según explica Willi Winkler, autor de un amplio obituario en el diario muniqués Süddeutsche Zeitung, su infancia no estuvo precisamente marcada por proverbial alegría renana. Debido a un defecto de nacimiento en forma de fisura de paladar y labio leporino, “tuvo que someterse a dolorosas operaciones [y] la experiencia de sentirse dependiente y vulnerable no se vio en absoluto aliviada por las burlas de sus compañeros de clase”. Fueron esta dificultaded las que le llevaron al estudio de la comunicación y quizá también a su prolífica contribución a abordar los conflictos y polémicas de la época. La discapacidad del habla, escribe Winkler, “fue la razón por la que durante toda su vida estuvo convencido de la superioridad de la palabra escrita”. Su necesidad de lanzarse al debate –conjugó los arduos tratados filosóficos con sus opiniones y polémicas sobre la memoria histórica, las guerras contemporáneas, o la bioética–, se explica así “por motivos biográficos”.
Habermas era el hijo del director de la Cámara de Comercio del pueblo cerca de Colonia y cercano al ala local del NSDAP, el partido nazi. Él mismo fue miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo habitual en aquella generación, que es la del Joseph Ratzinger y Günter Grass, dos años mayores, o la del canciller Helmut Kohl, un año más joven. Kohl diría más tarde que habían disfrutado de “la bendición de haber nacido tarde”. Pero era una bendición a medias, porque nacieron suficientemente tarde para haber evitado ser nazis en plena conciencia y haber participado de los crímenes, pero demasiado temprano para evitar que la losa pesase para siempre sobre todos ellos y determinase su destino y la identidad del país refundado sobre las ruinas de Hitler y la II Guerra Mundial.
Habermas solía evitar las críticas a las políticas de Israel, por ejemplo: “No es esta la tarea de un ciudadano alemán de mi generación”. Recuerda el Süddeutsche Zeitung que Peter Sloterdijk, nacido dos décadas después y el otro gran filósofo alemán vivo (y con algo de rival nietzscheano de Habermas), solía decir, en referencia a aquella generación, que eran “hijos hipermorales de padres nacionalsocialistas”.
Tras descubrir el marxismo en la posguerra, aunque nunca albergó ninguna ilusión sobre el comumismo soviético (“lo que era un régimen autoritario, lo aprendimos en los primeros controles de la Friedrichstrasse, en el punto de paso entre Berlín Oeste y Berlín Este”, dijo años después), Habermas evolucionó hacia una socialdemocracia que reflejaba el consenso de la República de Bonn. Es la posición que, en una famosa discusión en 1968 con el líder estudiantil Rudi Dutschke, le llevó a arremeter contra lo que denominó el “fascismo de izquierdas”. En los años ochenta se enfentó al historiador conservador (y discípulo de Martin Heidegger, el gigante de la tradición irracional alemana), Ernst Nolte, en la “querella de los historiadores”, un debate agrio en periódicos y libros sobre el significado histórico y presente de los doce de años de nazismo. Habermas defendió también, en los años de la República de Bonn, anteriores a la reunificación y el traslado de la capital a Berlín, el “patriotismo constitucional”, que años después sería malentendido –o manoseado, o manipulado– en la discusión política interna española.


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