Por Rubén Ascanio Gómez.
Quizás en los últimos instantes de vida de José Carlos Schwartz recordó este día de homenaje, además de a su compañera de vida y a sus cinco hijos. Apenas siete meses antes, en la tarde del 22 de marzo de 1936, el último alcalde republicano de Santa Cruz de Tenerife, había recibido un emocionante homenaje.
El acto, organizado por el concejal y poeta, Pedro García Cabrera, se desarrolló en la plaza de Toros de Santa Cruz, que se había llenado con una amplia representación de militantes y activistas de las organizaciones obreras y republicanas de Tenerife. Ese día manifestó que “la emoción que le producía la grandiosidad del homenaje le iba a impedir expresar todo lo que quería decir a su pueblo. Refiriéndose a ciertos ataques y amenazas anónimas, aseguró que no le intimidaban ni le impedirían luchar con entusiasmo, como hasta ahora”. Sus palabras fueron aplaudidas con entusiasmo, en especial cuando aseguró que “cuando existen leyes que oprimen y coartan el desenvolvimiento de un pueblo, es necesario, para la salvación del propio pueblo, que se pase por encima de esas leyes, con objeto de satisfacer las justas y legítimas aspiraciones de la gran masa de ciudadanos” (1). No solo los asistentes sintieron esas palabras, también las fuerzas de la reacción, tomaron buena nota y las usaron con una violencia brutal.
Schwartz fue de esos casos donde una persona, que pudo vivir una vida acomodada y tranquila, optó por defender la justicia social e ideales avanzados en una sociedad en la que los viejos poderes seguían controlando muchos aspectos de la isla en la que vivía. Había nacido en 1897, al borde de una etapa de cambio y choque entre la vieja monarquía decrépita y las ideas de renovación cultural y social que llegaban de Europa.
Juan Carlos pudo estudiar magisterio y derecho, ejerciendo desde los años veinte como abogado en un despacho de la calle General Antequera Nº13.
En esa época, con veintipocos años, aparecían numerosos poemas suyos en medios como Gaceta de Tenerife. Eran creaciones breves, pero que demuestran ya una gran sensibilidad y una cultura amplia, basadas en el amor, los paisajes e incluso la religiosidad. También le tocó su tiempo de servicio militar, en el Regimiento de Artillería de la capital (2).
La ciudad en la que vivía mantenía un amplio sector de población donde los ideales republicanos habían arraigado desde hacía décadas. Desde la ya lejana I República, sectores de la burguesía local trataron de promover un espacio interclasista, que aunara desde familias de la alta burguesía a personas que venían de los sectores obreros, que además se identificarán con posiciones regionalistas y la defensa de la centralidad de Tenerife, frente al auge de Gran Canaria. Esa suma provocó que el Partido Republicano Tinerfeño fuera la principal fuerza política insular durante las tres primeras décadas del siglo XX.
Los años veinte le permitieron ejercer su profesión e ir haciéndose un nombre entre los letrados tinerfeños. También fueron los años donde se casó con su esposa, Jorgina Esquivel Díaz, con la que pronto formó una familia. A pesar de la Dictadura de Primo de Rivera y la crisis perenne, en esos días también logró convertirse en funcionario del Ayuntamiento capitalino. Posiblemente ya existía en él el sustrato de ideales que florecerían a partir de la proclamación de la II República.
Desde mayo de 1931 su nombre se convirtió en recurrente en los actos políticos y organizativos del Partido Republicano Tinerfeño, formando parte de los representantes elegidos para la asamblea insular prevista en esos días. A ella concurren algunos de las figuras más destacadas del republicanismo insular, como Adolfo Benitez Castilla, Antonio Lara Zárate, Andrés Orozco Batista, Bernardo Chevilly, José Naveiras Zamorano, Ramón Gil-Roldán, Sebastián Castro Díaz, Domingo Molina Albertos, Rubens Marichal López o Elfidio Alonso (3), muchos serán caras visibles, diputados, alcaldes o ministros de la República, algunos de los más veteranos incluso habían vivido los días de la Primera República.
El 20 de agosto de 1931 se anunciaba que había sido nombrado como presidente de la Juventud Republicana (4), una entidad promotora de espacios culturales y educativos, que, entre otras cosas, había ayudado a dar forma a la Masa Coral.
La ilusión inicial, por la salida de Alfonso XIII y la llegada del nuevo tiempo, pasó rápido. Los movimientos sindicales querían lograr mejoras y avances, generando los primeros choques con las nuevas autoridades. Juan Carlos, como presidente de Juventud Republicana, no dudará en pedir calma y búsqueda de soluciones a estos conflictos laborales. En un escrito publicado en algunos de los principales medios afirmará que hacen esa petición, ya que “amamos una España republicana, amante de la paz publica y de la libertad del trabajo” (5).
En los primeros meses de la II República no solo se recuperó la vida política y el asociacionismo obrero, tras unos años de parálisis, también se retomó con fuerza la vida cultural, con eventos promovidos, entre otros, por la propia Juventud Republicana, es el caso del encuentro musical con la Masa Coral Tinerfeña, presentado por Schwartz, celebrado en el Teatro Galdós de Las Palmas, (6) o la matiné de la misma entidad, celebrada en enero de 1932 (7).
Nuestro protagonista fue una figura habitual en mítines, aniversarios de la República y otros actos ligados con este tiempo político. A partir de 1933 se le eligió como presidente del comité local en Santa Cruz de Tenerife (8). El Partido Republicano Tinerfeño mantenía un peso central, aunque ya empezaba a sufrir procesos de división y ruptura en la difícil convivencia entre las sensibilidades internas. Además, las luchas sociales tomaban fuerza, con ejemplos como los Sucesos de Hermigua, vividos en el mes de marzo, que marcarían mucho la vida del propio José Carlos Schwartz.
El juicio contra varias decenas de vecinos de Hermigua, acusados de promover los disturbios sociales vividos en la localidad, fue uno de los eventos centrales de 1934. En el grupo de abogados encargados de su defensa encontramos una selección de personalidades con una militancia política larga. Luis Rodríguez Figueroa y José Carlos Schwartz ejercían junto a figuras como Luis Jiménez de Asúa, Juan Simeón Vidarte, José Arozena, Aurelio Ballester, Benigno Mascareño y Sebastián Castro, la defensa jurídica de 35 gomeros y gomeras señalados por los caciques. Medios de todo tipo, desde el anarquista En Marcha al socialista Rebelión, incluyendo a los republicanos, destacarán la defensa realizada por Schwartz (9), en especial en la mañana del 4 de julio. Ese ímpetu en la defensa de los acusados será quizás una de las grandes losas que pesarán sobre su futuro, aunque en este momento posiblemente le ayudó a ir tomando posiciones cada vez más avanzadas dentro del republicanismo. No terminó ahí su labor en la defensa de sectores obreros, en diciembre de ese año participó como abogado defensor en el Consejo de Guerra celebrado en el Cuartel de San Carlos, “contra los paisanos José Pérez Luis, Antonia Gutiérrez Fuentes, Adelina González Medina, Carmen García y García y Guillermina García Bello, por el delito de repartir hojas clandestinas subversivas” (10).
El giro a la derecha del gobierno republicano, muy presionado por la CEDA, apoyado por algunos de sus viejos compañeros de partido, ayudó a abrir esa brecha ideológica que en 1935 lo llevó a formar parte de Izquierda Republicana. En noviembre de ese año se eligió la directiva de ese partido en Santa Cruz de Tenerife, siendo elegido presidente, con Juan Afonso como vicepresidente, José María Martín Díaz como secretario, Manuel Guadalupe Pérez como tesorero (11).
La quiebra del viejo Partido Republicano, del que salieron un número importante de militantes, fue, según el investigador José Francisco López Felipe, algo que “la burguesía tinerfeña nunca perdonará a Schwartz" (12). El primer gran acto público de esta formación fue en noviembre de 1935, donde aseguró que “la República —continúa ha de ser algo de una honda transformación. No podemos estar con quien pacta con la CEDA, pero si con el hombre, don Manuel Azaña, que encarna todas las virtudes de la República” (13).
La voz de José Carlos Schwartz fue clave en el proceso electoral previsto para febrero de 1936, ese ímpetu le hizo merecedor de la confianza de su espacio para dos responsabilidades, la gestión del Gobierno Civil de forma provisional entre el 21 de febrero y el 14 de marzo (14), y, poco después, la alcaldía capitalina.
La prensa conservadora lo había colocado como uno de los principales enemigos del viejo régimen. Una prueba de ello es la entrevista que ofrece a la periodista monárquica María de Bueno y Núñez de Padro, que durante semanas había escrito en Gaceta de Tenerife bajo el pseudónimo María de Híspalis. La futura activista de falange reprocha a Schwartz sobre los posibles disturbios sociales que se podían dar por el voto a las izquierdas. El abogado tinerfeño no duda en rechazar estas acusaciones, y explica el paso dado en su tarea como Gobernador Civil, ya que “el Poder estaba abandonado y nosotros lo hemos recogido de la calle... Los ideales se conquistan con valor, con energía, luchándoselo todo y dando el pecho, como lo damos nosotros” (15).
Entre marzo y julio de 1936 José Carlos Schwartz ejerció como alcalde de Santa Cruz. No dudará en tomar un papel activo en la defensa de soluciones para conflictos obreros, además de dar el paso de sumarse a la crítica contra la labor de Franco durante la jornada del primero de mayo. Uno de sus últimos actos fue el 4 de julio en el teatro Guimerá, un mitin organizado por las Juventudes Socialistas, El título de ese mitin será premonitorio, “contra la guerra y el fascio” (16). Catorce días después justo llegaron ambas cosas a su vida.
Horas antes del 18 de julio, según Gilberto Alemán, el Gobernador Civil Manuel Vázquez Moro llamó al alcalde, ”advirtiéndole de la situación y recomendándole que se lleve del Ayuntamiento cualquier documento que pueda comprometerle” (17). Parece que no fue el único, los militantes anarquistas, Antonio Tejera y Santiago Guerra también fueron a su casa. Le dijeron que había un movimiento militar, su respuesta fue '”pues horita vienen por mí” (18).
Poco después llegaron los golpistas a su casa y se lo llevaron en un camión abierto, llevándolo a Paso Alto (19), donde durante las siguientes horas irían llenándose los calabozos de cargos públicos, guardias de asalto y militares leales a la República. Su casa, según el recuerdo familiar, fue allanada y desvalijada el 19 de julio (20). Schwartz parece que compartió celda con Manuel Vázquez Moro, que daba bolitas de chocolate cuando sus hijas pequeñas lo visitaban.
El aparato franquista no dudó en mostrar su poca estima por el exalcalde. El jefe de la Guardia Civil de la capital, manifestó en su informe del 9 de septiembre de 1939 que era “de ideas izquierdistas y avanzadas, siendo popular en la política del partido” (21). En la Comisaría de Información y Vigilancia serán todavía más beligerantes, afirmando que era aliado “con el anarquismo y el comunismo hasta el extremo de formar parte en mítines y actos de rebeldía” (22). Ya en esa época Juan Carlos Schwartz estaba desaparecido. Su figura era incómoda. No iban a perdonarle su compromiso en la defensa de los más desfavorecidos y su crítica contra el viejo caciquismo. El 2 de octubre de 1936 se había decretado su libertad, pero solo fue una artimaña. Nunca regresó a su hogar. Dejó una viuda y cinco huérfanos desamparados. Aunque algunos expedientes posteriores dirán que no se sabía el paradero, el informe de la Guardia Civil elaborado en 1939 marcaba a los dirigentes muertos, uno de ellos era Schwartz, otro, José María Martín, también desaparecido. El régimen nuevo sabía perfectamente lo que había pasado.
Su cuerpo sigue en paradero desconocido y su figura tuvo que esperar hasta 2019 para lograr un primer reconocimiento formal, como hijo predilecto de Santa Cruz de Tenerife.
#DomingosdeMemoria. Rubén Ascanio Gómez.

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