Somos palabras, palabras en busca de sentido; somos una narración, y por eso Boccaccio, ante el horror de la peste.
Rosa Montero, 27.09.2026
Acabo de estar en Certaldo, la ciudad natal del gran humanista y escritor italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375) y sede de la Asociación Literaria Boccaccio, que lleva 45 años organizando encuentros culturales y entregando unos bonitos premios literarios. Al hilo de este viaje me dio por revisar el Decameron, y ha sido como leerlo por primera vez, tan remoto y olvidado lo tenía. Tras atravesar la peste apocalíptica y atroz de 1348, la mayor pandemia jamás sufrida por la humanidad (la cercana ciudad de Florencia perdió entre el 40% y el 60% de sus habitantes en tan solo un año, imagina una mortandad que abatiera a dos millones de madrileños en 12 meses), Boccaccio escribió en su Decameron la historia de 10 jóvenes, 7 mujeres y 3 muchachos, que, para escapar de la pestilencia y la desesperación, se encierran en una villa en el campo y se pasan 10 días contándose los unos a los otros un total de 100 cuentos.
Me sorprendió encontrar entre los relatos al menos a un viejo conocido, la historia de la mujer que, mientras hace el amor con un joven (en la versión original es un esclavo), recibe la visita inesperada de su amante habitual y esconde al adolescente en un armario; pero cuando está en brazos del amante regresa el marido, y entonces la mujer le dice al hombre: vístete, saca la espada y sal de casa muy furioso gritando que no pararás hasta matarlo. Eso hace, y el marido entra muy sorprendido diciendo que se ha cruzado con un energúmeno iracundo. A lo que la mujer responde que sí, que ha entrado un pobre esclavo, un muchachito medio desnudo corriendo y llorando y rogando por su vida porque su brutal amo lo quería asesinar, de modo que ella le escondió en el armario y enseguida apareció ese mal hombre, y menos mal que el dueño de la casa ha regresado justo a tiempo porque, si no, a saber qué hubiera sucedido. Oído lo cual el marido hace salir al asustado muchacho y lo consuela con palabras dulces. Esta historia burlesca aparece en Las mil y una noches y es varios siglos más antigua que el Decameron; de la misma manera que el Decameron influye medio siglo después en Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, y dos siglos y medio más tarde en Cervantes. La cultura es un palimpsesto, todos vamos escribiendo, haciendo y creciendo sobre las obras y los hallazgos de nuestros antepasados. Isaac Newton decía bellamente que avanzamos a hombros de gigantes y es verdad, nos apoyamos en los gigantes que nos precedieron, pero también en los enanos, en esos seres comunes y corrientes que inventaron historias ingeniosas como la del esclavo perseguido. Me maravilla que en el pasado un relato así fuera capaz de transmitirse durante siglos o incluso milenios, y me parece ver ahí, en esa persistencia de lo diminuto, la esencia de lo humano. Somos palabras, palabras en busca de sentido; somos una narración, y por eso Boccaccio, ante el horror de la peste, ante algo que parecía el fin de los tiempos, se protegió y nos defendió contando 100 redondos cuentos.
Ahora nos encontramos de nuevo en un mundo crepuscular. Los neonazis triunfan en Alemania, el planeta arde por la crisis climática, la IA parece dispuesta a exterminarnos. Y me pregunto: ¿dónde están nuestros relatos, dónde están las palabras que nos conforman y nos defienden? Los resultados del Informe PISA han sido catastróficos, los peores de toda la historia, no solo para España, sino también para otros países. A esto el genial neurocientífico Mariano Sigman lo llama sedentarismo cognitivo: cuando hay una herramienta que hace algo mejor que nosotros, dice, vamos perdiendo esas facultades (más información en el libro Artificial, de Sigman y Bilinkis). Y así, de la misma manera que el coche nos ha hecho unos vagos, se ve que con la IA pensamos peor y calculamos peor. Y en consecuencia, añado yo, perdemos la imaginación, la creatividad, el pulso narrativo compartido; dejamos de intentar encontrarle un sentido al mundo a través de las palabras que nos estructuran, de ese hilo de historias que nos une con el pasado y nos proyecta al futuro. Por eso agradezco el esfuerzo de la Asociación Literaria Boccaccio y de todas las iniciativas semejantes que en el mundo hay. Empeñar la vida en eso es un acto de resistencia. Somos la orquesta del Titanic, pero en vez de tocar el violín contamos cuentos.
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