Juan José Millás, 29.09.2026
“Sus alas de gigante le impiden caminar”, dice Baudelaire del albatros en un poema memorable. En el aire, resulta un animal extraordinario; sobre la cubierta del barco, se parece a un idiota. Los marineros se ríen de él porque tropieza con sus propias alas, que son precisamente aquello que, unos metros más arriba, lo convertía en un prodigio. ¿Es la IA un albatros? Sus promotores dicen que podría terminar con la humanidad a lo largo de los próximos diez años. No sé si acabar con la humanidad significa matarnos a todos o dejarnos vivos, pero vacíos. En cualquier caso, la IA posee ya unas alas enormes. Escribe tesis, diagnostica enfermedades, programa ordenadores, resuelve ecuaciones, compone música y sabe, si se le pregunta, a qué temperatura hierve el mercurio. La contemplas volar y comprendes la inquietud que produce. Pero le pides que te escriba una carta de amor y tropieza. No siempre, desde luego. Con frecuencia la carta es perfecta y tal es precisamente el problema. Resulta tan perfecta que nadie se enamoraría después de recibirla. Le falta cojear un poco. Quizá lo humano consista en eso, en una forma particular de cojear. Nos enamoramos mal, recordamos mal, hacemos cálculos equivocados, confundimos a Baudelaire con Verlaine y de pronto esos errores abren una puerta que los aciertos habrían mantenido clausurada.
La IA, mientras tanto, continúa extendiendo las alas. Los expertos calculan sus dimensiones futuras y algunos aseguran que pronto serán tan grandes que taparán el cielo. Me pregunto si no estaremos imaginando el fin del mundo desde el aire, cuando el verdadero problema aparecerá al aterrizar. Porque tarde o temprano habrá que poner a esa inteligencia sobre la cubierta del barco, es decir, sobre la vida cotidiana. Tendrá que cuidar de un viejo, consolar a un niño, decidir si una mentira piadosa es más auténtica que una verdad cruel, comprender por qué guardamos durante treinta años una entrada de cine o por qué una canción que detestábamos empieza a gustarnos cuando se muere quien la cantaba. Entonces veremos si es capaz de moverse. Y a lo mejor descubrimos, con cierto alivio, que también sus alas de gigante le impiden caminar.

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