-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó-. Te había rogado tanto, que esperaba me hubieras escuchado. ¡Dios mío! Después de haberme quitado la libertad de la vida, ¡Dios mío!, después de haberme quitado la tranquilidad de la muerte, ¡Dios mío!, que me trajiste al mundo, ten piedad de mí, ¡Dios mío!, y no me dejes morir en la desesperación.-¿Quién habla de Dios y de desesperación al mismo tiempo? -dijo una voz que parecía salir bajo tierra y que, amortiguada por el espesor de la pared, llegaba al joven con acento sepulcral.
"El Conde de Montecristo", Alejandro Dumas.
Llego a casa y desayuno un café con una tostada de salmón mientras leo, en el atril regalo de M, "El Conde de Montecristo", una joya absoluta, antes de sumergirme en la terminación de un proyecto que está a punto de caramelo.
En el gimnasio, ya en la cinta, lo que supone el final de mi mañanera jornada deportiva, escucho la conversación de dos mujeres de entre 30 y 40 años (siempre he sido malísimo para saber la edad de la gente), en perfecto estado físico ambas, cuando una le dice a la amiga: "yo es que me dejado ir un poco, ¿recuerdas cómo era mi barriga cuando nos conocimos?". Sin tener que mirarla pues la conozco de hace varios meses, recordé su barriga y me vino a la cabeza la película "La muerte os sienta tan bien". Les aseguro que esta chica no sólo no tiene grasa alguna, ni por supuesto barriga, sino que si existe un baremo el de ella debe ser negativo. A partir de mañana intentaré no coincidir cerca de ella mientras hago mi rutina, me daría vergüenza.
¡Desayuno, listos, ya!. Ordeno un poco la mesa, coloco una foto en el escáner y me encuentro entre los papeles una postal gigante que me regalaron mis amigos cuando me fui del Ayuntamiento, qué buen recuerdo. Ayuda. Lo escrito en el interior lo dejo para mí, si no les importa.


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