Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural.
Rosa Montero, 20.09.2026
A veces resulta muy difícil no dejarse atrapar por las arenas movedizas del desconsuelo. El mundo parece cada día más áspero, más cruel, más desquiciado. Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural. Nadie detiene los genocidios, pero Tomoko Akane, la presidenta del Tribunal Penal Internacional, acaba de ser sancionada por Estados Unidos porque Trump considera que el TPI es “un organismo corrupto y politizado” que atenta contra la soberanía de su país. Akane no puede entrar en EE UU y su tarjeta de crédito ha sido cancelada de inmediato. Son las primeras consecuencias de la sanción, seguro que hay más. ¿Cuándo se convirtió la realidad en esta pesadilla inacabable? Tengo un natural alegre y empeñoso, soy voluntarista hasta el aburrimiento de quienes me rodean e insisto siempre en ver el vaso medio lleno. Por ejemplo, como estos artículos se cierran con 15 días de anticipación, lo que me impide entrar en la batalla diaria, y como aparecen en un suplemento dominical, se me ha metido en la cabeza la quizá absurda idea de que con ellos debería intentar levantar el vapuleado ánimo de la gente. Buscar esquinas más amables y empáticas, fomentar la generosidad y la reflexión (también las propias). Pero lo de estar pedaleando como loca para cargar la dínamo y poner un poco de luz en las tinieblas empieza a parecerme ridículo (y me falta el aliento).
En 2006 entrevisté para EL PAÍS al genial científico James Lovelock, uno de los padres del ecologismo. Me dijo que los especialistas climáticos sabían que el calentamiento global era imparable, que habría migraciones salvajes, violencia y hambrunas, y que la humanidad quedaría reducida a 500 millones viviendo en el Ártico y teniendo que empezar de cero. Me impactaron sus palabras, aunque las tomé con escepticismo. De hecho, creo que pensé que la edad de Lovelock (entonces tenía 86 años) podía influir en la oscuridad de sus pronósticos. Porque creo que a medida que envejecemos nos vamos haciendo más pesimistas, lo cual es comprensible, no sólo porque nos acercamos a la escena final, sino también por el propio desgaste orgánico de nuestras células. Pero, cuanto más tiempo pasa, más espeluznante resulta la visión de Lovelock.
La crisis de refugiados de Siria, en la que Europa fracasó de forma miserable, fue el primer tsunami migratorio que los especialistas consideraron directamente relacionado con el cambio climático. Seis años de sequía extrema provocaron hacinamiento en las ciudades, descontrol y violencia, y aunque todo esto no fue el origen del problema, sin duda tuvo una gran influencia. También creo que la aterradora y desgarradora crisis de Ceuta (que probablemente seguirá al rojo vivo cuando salga este texto) es un amargo aperitivo, un anuncio atroz de lo que se acerca. No soy nada conspiroparanoica, pero es inevitable sospechar que el aluvión de víctimas ha sido orquestado no ya por mafias comerciales, sino por intereses políticos. He aquí una nueva modalidad de guerra secreta y subterránea: utilizar a las personas como munición, como balas, como granadas de mano. A gente joven y desesperada, como todas esas niñas y adolescentes que intentan escapar de un entorno misógino. Los lanzan a la muerte como quien arroja piedras para causar el caos y para crear miedo y odio reactivo hacia el emigrante. Y esto va a volver a pasar, aquí y en otros países, porque además no hemos sabido reaccionar. Nuestros políticos, Gobierno y oposición, andan como pollos descabezados, y Europa es simplemente una vergüenza: ni siquiera se han enterado de que esta tragedia es un ataque a la idea misma de la UE. Ignoro cómo vamos a ser capaces de navegar las décadas que vienen, pero sé que el desgarro migratorio va a ser cada día mayor, y que sólo podríamos minimizar los daños trabajando todos juntos en vez de matarnos.
En su magistral libro Koljós, Emmanuel Carrère dice que forma parte de ese grupo de personas cada vez más numeroso que creen que “nos encaminamos a una catástrofe histórica sin precedentes, el hundimiento de nuestra civilización si somos optimistas, o la extinción de nuestra especie si nos ponemos en lo peor”. Pues sí. Yo también me siento así demasiado a menudo. Pero venga, vamos a pedalear un poquito: Carrère y yo ya tenemos una edad (y un pesimismo). Confiemos en los jóvenes. El mundo es vuestro. Perdón por nuestra pésima gestión y, por favor, salvadlo.
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Cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado.
Irene Vallejo, 20.09.2026
¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.
Esa superioridad ilusoria suele justificarse con razones estrafalarias. El supremacismo blanco, por ejemplo, exalta una mutación que decoloró a los migrantes en su adaptación al norte. Los grupos de homo sapiens que partieron de África hacia otros continentes tenían la piel oscura, escudo natural ante el sol abrasador de su tierra. En latitudes frías y menos soleadas, una piel clara absorbía más luz y ayudaba a fabricar vitamina D, evitando el raquitismo y los huesos blandos. No se extendió por ser más bella, signo de elegidos o destino manifiesto. Fue un cambio, en origen azaroso, que se expandió gradualmente y con variadas gamas, porque resultaba útil para sobrevivir en otros climas: ventaja aquí, desventaja allá. Parece extravagante entonar hoy odas entusiastas a la despigmentación; con la misma lógica, podríamos considerar a la gente canosa como la cúspide de la especie.
El racismo es, en términos históricos, un fenómeno reciente: la clasificación en razas —y no en pueblos— cundió entre la población solo en época moderna. Según la antigua mitología, los dioses griegos amaban y visitaban con frecuencia el pueblo etíope en su reino del sur. Odiseo afirma, trenzando hexámetros homéricos, que nunca vio un hombre más hermoso y gallardo que Memnón. Este héroe negro, adversario de Aquiles, protagonizó una epopeya del ciclo de Troya, la Etiópida, hoy reducida a fragmentos. Siglos después, el historiador Heródoto aseveró que los etíopes eran los más altos y apuestos del mundo. En aquel país de resonancias legendarias situó la fuente de la juventud.
En nuestro imaginario colectivo sigue vigente la idea de que las razas conllevan diferencias decisivas. Sin embargo, los científicos no han encontrado genes que permitan agrupar a las personas en categorías raciales coherentes. Ante el solapamiento de rasgos independientes entre sí, como el tono de la piel, el color de ojos y la textura del cabello, el concepto de raza se ha resquebrajado, y en la investigación contemporánea carece de validez biológica. Además, los análisis de ADN han demostrado que la diferencia genética entre dos individuos cualesquiera representa menos del uno por ciento. Los humanos somos mucho más parecidos entre nosotros que la mayoría de mamíferos dentro de su especie. La nuestra es una combinación asombrosamente rara: los animales más extendidos por el planeta y, a la vez, los más cohesionados genéticamente. La expresión “nuestros semejantes” es literal: tan idénticos somos que necesitamos inventar diferencias insalvables.
Los ronroneos de la vanidad acariciada dan gusto, es cierto. Pero creerse mejor que los demás conlleva riesgos. Las más poderosas dinastías y monarquías, proclamándose únicas, diferentes e intocables, han practicado a lo largo de los siglos la endogamia. La condición de elegidos y la sangre azul no debían contaminarse. Así, por cierto, los bienes quedaban en familia. Sin embargo, los matrimonios dentro de poblaciones cerradas incrementan las enfermedades hereditarias de la descendencia. El dorado y célebre faraón niño Tutankamón accedió al trono con once años. En su estirpe era habitual el matrimonio entre familiares, los preferidos de los dioses. Frente al despliegue hipnótico de lujos en su tumba, fácilmente olvidamos que murió enfermo con diecinueve años. Entre los sarcófagos de oro macizo, las joyas, los carros de combate y el esplendor de su ajuar funerario, en un ángulo oscuro reposan los bastones del adolescente frágil, que sufría varios síndromes, una enfermedad ósea y una malformación en el pie. Junto a sus propiedades y riquezas, junto a sus ínfulas exclusivas, la gota, la sífilis, el prognatismo o la hemofilia han formado parte de las herencias imperiales.
Como explicó el teórico ruso Mijaíl Bajtín, la risa es nuestro mejor instrumento para poner música —y carcajadas— al absurdo de la desigualdad. Por eso, adoro esos momentos juguetones en que los héroes arrogantes reconocen su pertenencia a la familia numerosa del despropósito humano. En Grecia circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Gracias a menciones de otros autores, sabemos que el tal Margites era torpe y solía fracasar en sus quehaceres épicos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica genealogía de la comedia. Es sintomático que el poema se perdiera. Pero Margites no fue el único en asumir su ridiculez. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras Heracles dormía a la orilla de un sendero, dos gemelos salteadores de caminos le birlaron las armas. Heracles los capturó y, como castigo, los ató cabeza abajo a un palo que cargó a hombros, como quien acarrea cubos de agua a la espalda con un madero. Los hermanos rompieron a reír porque así colgados tenían ante los ojos el trasero de Heracles, peludo y feísimo. Heracles preguntó por su jolgorio y, cuando supo de la desairada espesura de sus nalgas, le pareció tan cómico que entre risotadas dejó ir a sus deslenguados prisioneros.
Los griegos llamaban hybris a la locura que se desata cuando alguien, enfebrecido por el poder, sufre un arrebato de arrogancia; cuando ejerce intimidación y violencia sobre los demás, quebrantando las leyes humanas y divinas. El individuo infatuado y que cree merecerlo todo —pensaban— rompe los equilibrios universales que rigen el mundo. En una espiral sin retorno, el soberbio era poseído por la ofuscación y las ideas necias, y después Némesis —diosa de la justicia distributiva, la solidaridad y la venganza— le aplicaba el castigo destinado a quienes ultrajan a los demás. Némesis era una antigua divinidad, la santa patrona de la colaboración y la indignación, encargada de suprimir la desmesura. Su nombre viene de némein, “dar a cada cual lo que corresponde, repartir”. Cuando un hombre se jactaba de sus riquezas sin aliviar la pobreza del prójimo, Némesis intervenía para reprenderlo. Arrastró al rey Creso, ufano de sus lujos, convencido de su grandeza y demasiado seguro de la victoria, a una expedición contra los persas en el actual Irán, donde sufriría un trágico descalabro.
Contra esta antigua sabiduría, la nueva consigna social en las redes y la autoayuda nos impulsa a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, a “maximizarnos” –según la jerga de moda– en una pendiente que se desliza fácilmente hacia el sentimiento de superioridad hacia quienes carecen de dinero, hogar, tiempo, disciplina o un cuerpo cincelado. Y así nosotros, criaturas que nacemos frágiles y permanecemos más tiempo que ninguna otra en el desvalimiento, vamos olvidando nuestras limitaciones, el valor de la colaboración, la necesidad de los otros. Tal vez por eso, cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado. Némesis, experta en bajarnos los humos, susurra que sentirnos mejores que otros es solo una ilusión, un error que nos arrastra al horror.
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El presente es el mayor tesoro, pero me choca esa tozuda politización del sentimiento, que a veces es ignorante, pero también puede ser noble.
Elvira Lindo, 20.09.2026
“Nostalgia”, dice el tango, “de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”. Me viene a la memoria otra letra: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”, palabras que en boca de Mercedes Sosa sonaban a verdad y, ahora, en la voz aniñada de Amaia duelen como un anticipo del futuro. “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido, solo de la añoranza, siempre de lo mismo”, decían los versos de García Calvo en boca de Amancio Prada. Una piensa que si borráramos de las canciones la mirada añorante del pasado nos quedaríamos prácticamente sin cancionero. Experimenté mis primeros chispazos nostálgicos siendo muy niña por los boleros que cantaba mi madre mientras trajinaba en casa. Su voz pequeña y suave vuelve a mí cuando los canto, aunque mi voz es el de una señora casi veinte años mayor que ella cuando murió. También la música pop, en continua celebración del presente, ha dejado baladas memorables que entonan lo que habrá de perderse. No digamos el folk, más cercano a la tierra y a los paraísos perdidos. Al recordar Serrat sus veranos en Aragón ponía palabras a mis recuerdos: “No es que me vaya porque me he olvidado / es que perdí el camino de regreso”, cantaba a su madre.
La música nos inició en sentimientos para los que aún no estábamos capacitados, aunque quienes tengan cerca niños, sabrán que ya a los cinco años una criatura pronuncia en algún momento la frase: “Cuando yo era pequeña…”, porque intuye que hay algo que ya ha dejado atrás, tal vez el trono arrebatado. Por todo esto, me choca esa tozuda politización de ese sentimiento, la nostalgia. Todo es política, dicen. Pues mire usted, según. Si lo que se añora es el franquismo, más que nostalgia diría que todo viene de una intolerancia aguda a la diversidad democrática. A veces la nostalgia es ignorancia; otras, idealización del pasado. También hay nostálgicos de la clandestinidad, que en realidad son nostálgicos de su juventud. Ya lo decía Vázquez Montalbán, con Franco subíamos mejor las escaleras. Siempre hay algo patético en el contador de batallas. Pero hay nostalgias nobles. Fernán Gómez sentía nostalgia de cuando salía una noche por Madrid, ya de viejo, y todo esos viejos lugares “donde amó la vida” habían desaparecido. Recuerdo su voz tremenda contándolo y siento una nostalgia legítima por haberla perdido. También escuché a Haro Tecglen confesar que las salidas nocturnas habían perdido sentido para él porque ya no interesaba a las mujeres. Yo escuchaba con asombro sentimientos que aún no estaban en mí. No echaba de menos nada. Más bien huía de años convulsos y me sentía afortunada por rodearme de gente mayor. De haber podido, habría dado una zancada de la niñez a la madurez saltándome la juventud.
Ahora ya no puedo decir lo mismo. Sin sentirme vieja creo que comienzo a ser mayor que casi todos mis amigos. Me estanqué en mis cuarenta y dos años y, a veces, cuando me despierto y pongo los pies en el suelo siento unos dolorcillos que no sé cómo interpretar: ¿será gripe, estaré incubando algo? He tenido que hacer un esfuerzo para ser consciente de que a partir de cierta edad cada mañana se siente una molestia. Puede ser leve, pero ahí está el recordatorio: eres mortal. En el desayuno, me veo a punto de decir que me duele la rodilla izquierda, pero me contengo. Pienso, detente, bala, aún no estás preparada para hablar de achaques. Recuerdo aquella obsesión de Martin Amis con la vejez, que definía como “una experiencia aterradora”. Lo decía ¡a los 62 años! sin predecir que un cáncer le evitaría vivirla en su plenitud. El presente es el mayor tesoro, pero ese desprecio a la nostalgia, tan superficial y tan sesgado que encuentro en discursos de personas que, o bien no comprenden la hondura de ese sentir o bien no saben añorar lo perdido, también es amar la vida.
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La administración Trump toma medidas para desmantelar una medida fundamental de protección de especies en peligro de extinción.
Un memorando interno reinterpreta la ley de manera que solo la matanza intencional de animales, y no los daños colaterales, sea ilegal.
The New York Times. Catrin Einhorn, 16.09.2026
En lo que supondría un cambio radical, la administración Trump está tomando medidas discretas para eliminar una protección fundamental de la Ley de Especies en Peligro de Extinción, según un memorando interno obtenido por The New York Times.
Según una nueva interpretación del texto legal que se describe en el memorando, la muerte o lesión accidental de un animal ya no se consideraría ilegal; solo lo serían las acciones que tuvieran como objetivo específico a un animal.
El cambio sería transformador porque, en Estados Unidos, la matanza de animales en peligro de extinción casi siempre ocurre de forma incidental, en el transcurso de la actividad económica. Hasta ahora, las industrias y los particulares podían ser responsabilizados de esas muertes previsibles y, como consecuencia, se les incentivaba a evitarlas.
En el centro de este cambio se encuentra lo que significa "capturar" un animal en peligro de extinción, algo que ha estado prohibido durante mucho tiempo por la ley.
«Una embarcación que choca accidentalmente con una ballena no la ha capturado, porque su rumbo no estaba dirigido contra ella», afirma el memorándum, fechado el 14 de septiembre y distribuido a las oficinas regionales del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU. «Talarlo no constituye la captura de los murciélagos que anidan en él, a menos que se tale con el propósito de matarlos o capturarlos».
Actualmente, la aplicación de la Ley de Especies en Peligro de Extinción se basa en un sistema de permisos que busca equilibrar la protección de los animales en peligro con la posibilidad de que las empresas operen.
Por ejemplo, si los promotores inmobiliarios quisieran construir casas en un terreno donde habitan salamandras en peligro de extinción, tendrían que solicitar un permiso. A cambio de implementar medidas para proteger a las salamandras, y quizás financiar su conservación en otro lugar, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre les otorgaría un permiso de captura incidental, que los eximiría de la responsabilidad de matar un cierto número de salamandras.
El memorándum, firmado por Brian Nesvik, director del Servicio de Pesca y Vida Silvestre, parece trastocar por completo ese sistema.
El Departamento del Interior, que supervisa el Servicio de Pesca y Vida Silvestre, no respondió directamente a las preguntas sobre el memorando, incluyendo por qué el departamento estaba adoptando esta nueva interpretación y si el memorando entraría en vigor de inmediato.
En cambio, la oficina de prensa del departamento escribió que “la Ley de Especies en Peligro de Extinción sigue prohibiendo la captura de fauna silvestre en peligro de extinción, incluidas las acciones que acosen, persigan, cacen, disparen, hieran, maten, atrapen, capturen o recolecten fauna silvestre catalogada, o los intentos de hacerlo”.
La respuesta, sin firmar, señalaba que un cambio reciente que derogó la definición de "daño" según la ley no eliminó la prohibición de tomar.
Lo que sorprendió a los abogados ambientalistas fue la forma en que el memorando redefinió el concepto de expropiación.
“Esto es realmente un ataque a la ley como nunca antes habíamos visto”, dijo Andrew Mergen, profesor de derecho en la Universidad de Harvard que anteriormente trabajó para el Departamento de Justicia, donde pasó dos décadas supervisando los litigios relacionados con la Ley de Especies en Peligro de Extinción en los tribunales de apelación.
“Lo que la administración propone es anular por completo el significado que todos hemos entendido de la ley: No matar especies en peligro de extinción”, dijo el profesor Mergen. “En este documento, lo que parecen decir es que no importa si mataste una especie en peligro de extinción si no fue intencional”.
El profesor Mergen afirmó que esta medida suponía un cambio extraordinario en el derecho en un sentido más amplio, porque desde hace tiempo se reconoce que las personas pueden ser responsabilizadas por actos que no pretendían realizar si deberían haber actuado con mayor responsabilidad, por ejemplo, cuando se trata de matar a alguien.
La directiva surge tras la decisión del gobierno en julio de revocar la definición de "daño" de la ley, lo que en la práctica abrió los hábitats de animales en peligro de extinción a la perforación, la minería, la agricultura y otros proyectos de desarrollo. Los estados presentaron demandas , y ex altos funcionarios federales de vida silvestre, tanto de presidentes demócratas como republicanos, instaron al gobierno a cambiar su decisión , argumentando que la medida "subvertirá la ley y conducirá a la extinción de algunas de nuestras especies de vida silvestre más emblemáticas".
Pero el nuevo memorando va mucho más allá de lo que los abogados ambientalistas habían imaginado cuando se anunció la decisión sobre el "daño".
Se basa en un voto particular del juez Antonin Scalia en un caso de la Corte Suprema de 1995. La administración ha argumentado que el fundamento jurídico que respalda la decisión mayoritaria en ese caso ya no es aplicable tras un fallo de la Corte Suprema de 2024 que limitó la amplia autoridad regulatoria de las agencias federales.
Ahora, la administración parece estar utilizando la opinión disidente del juez Scalia como modelo a seguir.
Pero Patrick Parenteau, profesor emérito de la Facultad de Derecho y Estudios de Posgrado de Vermont, afirmó que la mayoría de la Corte Suprema había rechazado la interpretación del juez Scalia basándose en el texto del estatuto en sí, independientemente de las cuestiones de autoridad regulatoria.
“¿Acaso se puede afirmar que la ley está zanjada a favor de la disidencia de Scalia?”, preguntó. “Absolutamente no”.
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