domingo, 13 de septiembre de 2026

DICKENS

Siempre me ha fascinado Charles Dickens, su visión del sufrimiento humano, la injusticia social y la compasión. Aunque salvando las obvias distancias, su literatura está siempre de actualidad. La sociedad aparece como una máquina que produce sufrimiento, especialmente para quienes tienen menos capacidad para defenderse: niños, pobres, huérfanos, deudores, trabajadores, mujeres abandonadas; las instituciones que deberían administrar justicia llegan a convertirse ellas mismas en instrumentos de injusticia. 
Para Dickens, la burocracia acaba convirtiéndose en un monstruo que llega a consumir vidas enteras.
El sufrimiento de una persona concreta importa más que la abstracción social que lo explica. No nos presenta solamente "la pobreza"; nos presenta a Oliver, a Jo, a David, a Amy Dorrit... Los lectores estamos abocados a sentir compasión por ellos.
En Dickens encontramos finalmente la esperanza, entrevemos la fe en la posibilidad de reformar la sociedad, y esto es lo que lo hace tan actual. 
Si bien en la literatura clásica rusa encontramos paralelismos con Dickens, éste es mucho más optimista que Tolstói, Dostoyevski o Chéjov, más oscuros y muchas veces sin reparación final.
Leí en algún momento que la compasión no es sentimentalismo sino una forma de conocimiento. 

Baste recordar, para seguir enamorados de Dickens, el comienzo de "Historia de dos ciudades", cuya nueva adaptación para la televisión estoy empezando a ver:
«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél, habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.»

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