domingo, 13 de septiembre de 2026

NUEVOS DIOSES


Dale medio pan y un libro
De manera imperiosa, el ser humano necesita ahora rebelarse, con su voto, con su voz, ante las amenazas criminales de la IA.
Elvira Lindo, 13.09.2026

Cada vez que algún creador, sea escritor, pintor, cineasta, músico o qué sé yo, declara ante un público, cautivo por la admiración, que los temores que suscita la tecnología de los tecnooligarcas son idénticos a los que provocó en su momento el nacimiento de la imprenta, una estrellita del cielo, ay, pierde su luz. No lo hacen por tranquilizarnos, lo que desean es no ser tildados de vejestorios, y aunque en el fondo de su ser sepan que están diciendo una gran idiotez muy manida, prefieren soltarla a quedar como un hombre o una mujer de otro tiempo. Si se les habla de las pérdidas de trabajos, apelan a la revolución industrial, como si esto no fuera más que otra revolución industrial; si se les enfrenta a la idea de que el hombre podrá ser desterrado de contar historias, actividad esencial que lo distingue, dirán que la IA solo reproducirá las obras imitables por su mediocridad haciendo una criba que solo permitirá crear a los genios. Entiendo que quien defiende esta idea se tiene a sí mismo o a sí misma por uno de esos genios que se salvarán de la hoguera. Si se defiende el pulso del ilustrador o el buen arte del traductor, afirmarán que tanto da si es que el ojo y el oído no reparan en la diferencia. Si se les avisa de que las plataformas ya nos están vendiendo música artificial, responderán con una sonrisa que solo deberemos intranquilizarnos cuando la máquina sepa crear un Bob Dylan. Y a los demás, que les zurzan.

Esta tolerancia sarcástica con el nuevo tsunami se adorna a menudo con palabras de Sócrates, porque se entiende que el rechazo a lo novedoso viene de antiguo. El cinismo es hoy el último refugio de los que temen comprometerse. De nada ha servido que hubiera quien alertara de que la mente humana se volverá perezosa (ahí está el resultado escolar de nuestra infancia) y de que necesitamos la actividad artística aunque no sea para pasar a la historia del arte. García Lorca lo dijo mejor que nadie: “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”. No estoy tan segura de que lo pidamos a gritos como de que lo necesitemos para no convertirnos en esclavos.

Escribía yo el pasado domingo sobre el revelador artículo de Timothy Garton Ash sobre las amenazas criminales de la IA. Esta semana un joven extrabajador de Anthropic ha dimitido alertando de que una acción no regulada de la IA puede acabar con la humanidad antes de 2030. Hay quien cuenta que antes los empollones de Silicon Valley se marchaban con una carta de despedida en la que agradecían la experiencia. El cuento ha cambiado, ahora afirman haber visto el lado oscuro y, asustados, se retiran a la naturaleza y a escribir poesía hasta el fin de los tiempos, atormentados por el monstruo que han contribuido a crear. De manera imperiosa, el ser humano necesita ahora rebelarse, con su voto, con su voz, desprendiéndose de todo rastro de cinismo. Ellos, los poderosos que nos han tomado como rehenes, están preparándose para el fin del mundo. “En un giro extraño del cuento del Viejo Testamento”, avisa Naomi Klein, “estos oligarcas que se han arrogado el papel de Dios, no contentos con construirse el arca, están haciendo lo imposible por provocar el diluvio”.

No, esto no es la irrupción de la imprenta, ni una revolución industrial como aquella. Antes que nada, resistámonos, no adaptemos nuestra mente a la pereza. Si has tenido un hijo, no les entregues su cabeza: pierde el tiempo contándole un cuento. Crea un lector, un soñador, contribuye a crear una sociedad donde no todo esté destinado a ser rentable. Dale medio pan, y un libro. Esa idea simple y subversiva es la que contribuyó a que Lorca fuera tan amado como odiado.

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