Los ricos han tenido clarísimo siempre lo importante que es la conciencia de clase.
Raquel Peláez, 29.09.2026
Cuando a Rocío Falcó y Fernández de Córdoba, condesa de Berantevilla, le expropiaron en 1986 una finca muy cercana al Parque Nacional de Monfragüe porque la tenía indecente y yerma, se quejó públicamente de que los socialistas habían ido a por ella solo por ser de buena familia. La idea de que ese espacio de biodiversidad, hábitat clave para especies protegidas como el águila imperial y el buitre negro, debiera ser patrimonio de todos los españoles y que una parte de él fuese alquilado a ganaderos que podían alimentar con deliciosas bellotas de sus dehesas a los gorrinos, ni se le pasaba por la cabeza. La finca era suya y la abandonaba si le salía del meridión.
Desde aquellos primeros años del Cogollito haciéndose a la idea de que España, ahora una democracia social, dejaba de ser su coto privado, hasta los recientes días de la Caye borroka, en los que los cachorros partidarios del viejo privilegio salieron a reivindicar tiempos supuestamente mejores, este es solo en un caso más de los muchísimos que demuestran que los ricos han sabido siempre lo importante que es la conciencia de clase. Tanto, que a base de perseverar en la defensa de lo que consideran suyo han logrado que la palabra expropiación sea blasfema hasta para las almas más solidarias y la idea de justicia social un asunto vergonzoso hasta para sus directos beneficiarios. A muchos de estos les pasa lo mismo que a Babe, el Cerdito Valiente, quien se creía que era un pastor alemán porque le ponían a hacer el trabajo de uno. Esta película terminaba bien: Babe lograba guiar a un rebaño en un concurso de pastoreo, y los jueces acababan admitiendo que nada le distinguía del can más listo. Pero en la vida real las cosas son siempre diferentes: a los Falcó, que perseveraron en su lucha, les devolvieron su finca. Hace nada, la vendieron por más de 20 millones de euros a un empresario, magnate de la sanidad privada, que ahora va a construir allí hoteles de lujo. ¿Y Babe? Ese día los jueces merendaron jamón de bellota.
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