domingo, 7 de junio de 2026

MÚSICA Y LETRA


Trump pone la música, Europa la letra
Los centros de deportación como los que Bruselas ha autorizado son Guantánamos, campos de concentración donde no existen los derechos.
Berna González Harbour, 07.06.2026

Hace un año, varios campesinos contemplaban silenciosos el trasiego de autobuses y policías italianos que llegaban a sus turnos en el centro de deportación que el Gobierno de Meloni levantó en Albania. En plena tierra de cultivos, entre granjas donde picotean las gallinas y los burros siguen tirando de carros, una gigantesca instalación blanca, luminosa y distópica, con verjas metálicas, cámaras y celdas para casi 900 personas había crecido ante sus ojos mucho más alto y rápido que las berzas y judías de Gjadër, una zona cercana a la costa. Los policías italianos iban y venían, mucho más numerosos que los inmigrantes que llegaban a este esperpento levantado por orden de Meloni y frenado varias veces por los jueces italianos.

“Antes veíamos la montaña, el verde. Y ahora, mire. Ni siquiera ha traído trabajo a la zona”, se lamentaba un campesino ante la mole alzada junto a su terreno.

El centro de Gjadër es un campo de concentración en el corazón de Europa, un Guantánamo. Un campo de concentración que no es precisamente para delincuentes, sino que se ha levantado para que los inmigrantes que llegan a las costas italianas tras dramáticas travesías sean derivados fuera de las fronteras antes de pisar el continente.

Las iniciativas de los jueces para devolver a Italia a cada grupo de inmigrantes que el Gobierno iba enviando a Albania nos han recordado que algunos tribunales defienden la ley más que los propios gobernantes. Pero apenas han servido para mucho más. Meloni lo ha seguido utilizando para alojar a otros retenidos en Italia en centros de repatriación y promete persistir hasta que funcionen plenamente.


Y ahora le ha salido un gran aliado. Su iniciativa, que reventó las costuras de los valores europeos y que ha desafiado todo sentido de humanidad y derechos que creíamos vigente en Europa, ha encontrado una puerta mucho más grande por la que colarse: el propio Consejo, la Comisión y el Parlamento Europeo, que esta semana la han hecho suya al acordar un nuevo reglamento de retornos que crea el marco legal para enviar migrantes a campos de deportación fuera de la UE. Trump puso la música con el ICE y Europa pone ahora la letra de su sinfonía más negra.

La UE promete el respeto de los derechos fundamentales en la nueva era, pero no hay derechos en un Guantánamo como el que Italia tiene en Albania, donde se niega la libertad más elemental. Los países europeos se proponen ahora abrir otros centros en terceros países, especialmente en África, al estilo Donald Trump, que precisamente está deportando ya latinoamericanos a países como Ghana o la República Democrática del Congo. La chequera es lo de menos.

Esta semana, la imagen de cuatro jornaleros quemados en vida por dos explotadores (inmigrantes, como ellos) nos ha zarandeado las conciencias desde Italia. Tengamos claro que de quienes caigan en manos de los nuevos centros de deportación no habrá ni siquiera imágenes. Porque si el negocio de la inmigración irregular era hasta ahora de las mafias, a partir de ahora lo será de esos terceros países que harán caja. Y nosotros, pagándolo.

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