domingo, 22 de febrero de 2026

HUMOR, REMEDIO INFALIBLE


SEÑALAR Y DISPARAR


Curiosas lecciones del PP en caso de violación
El partido se verá pronto eviscerado por una ultraderecha envalentonada que impone su señalamiento al diferente.
Berna González Harbour, 21.02.2026

Una foto de España hoy: al subir a un tren, un AVE que viaja al Mediterráneo, ocurre algo peor que los retrasos y cancelaciones. Es temprano, y un grupo de jóvenes envalentonados irrumpe a gritos contra la izquierda. “Ya sabéis: tiempo de rojos, tiempo de piojos”, uno levanta la voz sobre los demás, que ríen los comentarios más ultras. Van con su profesora, que reprende a un viajero que se atreve a replicar: “Déjennos dormir, que no se ven piojos por aquí”. Su comentario le parece impropio a la adulta, que defiende a su manada frente al sentido común. Los chicos se callan, y el tema no pasa a mayores, pero el aire de este tiempo voraz con el adversario queda flotando en el vagón.

La alfombra roja está echada para los intolerantes, los que consideran su pensamiento el único aceptable y los que avanzan con el único pegamento de brutalizar “a los rojos”, como también a inmigrantes, feministas o a ladrones multirreincidentes de móviles, unos mataos, aunque no a los comisionistas defraudadores si son de los suyos.

Que no nos engañen. Señalar es su objetivo y disparar (socialmente) lo siguiente.

Causa hasta ternura ver a la izquierda enzarzarse en argumentos a favor o en contra de la libertad de llevar el burka cuando Vox se ha inventado el debate no por el bien de las mujeres, sino para instrumentalizarlas; no por su integración sino por su señalamiento. Su objetivo es marcar al diferente y someternos al espectro de un dilema que no existe. No deberíamos entrar en su juego, pero el PP y Junts ya lo han hecho. Lo siguiente es una ofensiva contra el menú halal en los colegios, que, como todo el mundo sabe, merma nuestros derechos fundamentales como cristianos amantes del jamón.

Otra foto: el PP, que pronto será eviscerado por esa ultraderecha que se envalentona en vagones, aulas o el Congreso, se ha coronado al condenar a Marlaska por encubrir al jefe de la Policía, supuesto violador, chocando con dos realidades demasiado obvias hasta para Feijóo, que tuvo que echar el freno: no hay dato alguno que muestre que el ministro conociera la acusación, y su partido acaba no solo de encubrir, sino de arropar al alcalde de Móstoles en lugar de a la víctima que les pidió socorro por supuesto acoso sexual y laboral. Curiosas lecciones del PP en caso de violación y acoso sexual.

Y última foto: la Policía protegerá a la víctima de supuesta violación por parte del jefe de la Policía. ¿No nos corre el frío por la nuca?

SIN FOTOS

Las peleas de gallos enfrentan a los animalistas, criadores y el Gobierno canario
La ofensiva judicial y administrativa de Pacma y la defensa de la raza por parte de la Federación Gallística reactivan un conflicto abierto desde 1991.
Flora Marimón, 21.02.2026

Las peleas de gallos han regresado al foco político y jurídico en Canarias tras la denuncia presentada por el Partido Animalista Con el Medio Ambiente (Pacma) ante la Fiscalía y un recurso de alzada interpuesto contra el Gobierno autonómico, que se ha declarado incompetente para intervenir en las riñas.
La controversia, lejos de ser nueva, vuelve a enfrentar tradición y normativa estatal y autonómica. Para Pacma, la ley nacional de 2007 prohíbe cualquier pelea de animales y convierte la práctica en delito. Para la Federación Gallística de Canarias, la ley autonómica de 1991 sigue vigente y delimita con claridad dónde y cómo puede celebrarse la actividad. El Gobierno, por ahora, evita pronunciarse sobre el fondo de la colisión.
Iris Sánchez, coordinadora provincial del partido en Las Palmas, explica que Pacma ha llevado el asunto a la Fiscalía al considerar que las liguillas y torneos que se celebran en distintas islas vulneran la Ley 32/2007 estatal, que prohíbe la utilización de animales en peleas en todo el territorio nacional. En su denuncia describe el corte de crestas, la colocación de espolones artificiales y enfrentamientos hasta el desfallecimiento, encuadrando la práctica en el delito de maltrato animal agravado.

La portavoz del partido sostiene que no existe excepción válida que permita estas peleas y que la norma estatal posterior prevalece sobre la ley autonómica canaria de 1991. En paralelo, la formación dirigió un escrito a la Consejería de Presidencia del Gobierno canario solicitando que actuara contra la Federación Gallística de Canarias y otras asociaciones inscritas en el Registro de Asociaciones. A su juicio, estas entidades figuran registradas bajo epígrafes culturales, recreativos o deportivos que no reflejan su actividad real, lo que constituiría un uso indebido del registro.

Argumenta que, si existen indicios de ilícito penal, la Administración está obligada a trasladarlos al Ministerio Fiscal y a revisar la cobertura administrativa de estas entidades. También cuestiona el uso de instalaciones municipales para la celebración de torneos.

La Viceconsejería de Administraciones y Transparencia, que dirige Antonio Llorens, respondió mediante una carta en la que señala que carece de competencia para intervenir, pues sus funciones en materia de protección animal están circunscritas a animales de compañía. Al no considerar al gallo de riña dentro de esa categoría, entiende que no puede instruir ni resolver actuaciones relacionadas con esta actividad.
Tras esta misiva, Pacma ha presentado un recurso de alzada para que se actúe en estos casos, mientras que la Viceconsejería mantiene que su respuesta no es «una resolución administrativa», sino una comunicación informativa, por lo que no ve procedente que se presente un recurso de alzada contra una carta.

Gallo combatiente español

Frente a estos rifirrafes, la defensa gallística gira en torno a la raza. Jorge Padrón, presidente de la Federación Gallística de Canarias, explica que la actividad se centra en la conservación de la variante canaria del ‘gallo combatiente español’, una línea genética seleccionada durante generaciones en las Islas por su carácter territorial y su instinto de combate. Sostiene que, si se prohibieran las riñas, la raza se extinguiría, ya que el gallo nace con ese instinto de pelea.
Según Padrón, el comportamiento del animal no se adiestra. «Un gallo que no quiere pelear, no pelea», repite. El diseño de los recintos, con vallas de solo un metro de altura y abiertas por arriba, «permite huir» al animal si no quiere combatir. Esas vallas son un elemento distintivo que no se encuentra en otros sitios, asevera. Y si el animal resulta herido, se para la pelea, explica, aunque a veces el gallo muere. Solo Canarias y Andalucía permiten las riñas de gallos.

Padrón recalca que los gallos deben alojarse individualmente porque su territorialidad les lleva a enfrentarse de manera espontánea si conviven juntos. José Luis Martín, expresidente de la Federación, sostiene que la práctica se ajusta a la Ley 8/1991 de Protección de los Animales de Canarias, que es una norma autonómica, en opinión de los gallistas, superior a la estatal.

Martín señala que esta ley autonómica permitió la continuidad de las riñas en municipios con tradición histórica en peleas y en recintos ya existentes antes de su entrada en vigor. La norma prohíbe abrir nuevos locales, aunque permite sustituir uno antiguo por otro dentro del mismo municipio si el primero deja de utilizarse. Por tanto, pueden usarse algunos recintos municipales, asevera.

En Canarias existen unas 40 asociaciones de todas las islas integradas en la federación y alrededor de 1.500 personas vinculadas.

Los criadores describen a los gallos como deportistas: los cuidan de forma individual desde que empiezan a cantar. La dieta incluye fruta como kiwi, carne, pescado, verduras y suplementos específicos.

Los gastos corren de su bolsillo. Un criador puede tener hasta 300 gallos y gallinas de esta especie. El «atusado», el corte de plumas tradicional en Canarias, es para ellos un gesto de cuidado y un rasgo etnográfico único del mundo gallístico.

En cuanto al desarrollo de las peleas, aseguran que existen reglamentos internos claros, que algunos ejemplares utilizan espolones «de plástico» menos agresivos que los naturales. Recalcan que la organización prohíbe apuestas dentro de su estructura; otra cosa es que dos personas apuesten, pero eso ya no es cosa de la Federación. Los eventos son de acceso restringido a federados mayores de 16 años. Su orgullo es ganar las liguillas y torneos.

PERSONAS COMO YO (O MI CHICO)


No soy tu ‘boomer’
Entretenidos con el cuentecillo del enfrentamiento entre generaciones, no entendemos que la sociedad se divide, sobre todo, entre privilegiados y desposeídos.
Elvira Lindo, 22.02.2026

Cada vez que escucho a alguien que nació entre los cincuenta o los sesenta autodenominarse boomer me da una mezcla de rabia y vergüenza. Sería como llamar “mi chico” a un marido que tiene 70 años. Las hay. La obediencia con la que asumimos términos llegados del imperio da una idea de lo difícil que nos resulta crear nuestro propio lenguaje y asumir, como dice el ensayista Pankaj Mishra, que el momento de la desamericanización ha llegado. Así lo expresa Mishra: “Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos”.

Aquel influjo estadounidense sigue alumbrándonos y haciéndonos creer que su cultura, incluyendo en esta las vanas aspiraciones, nos define. Mientras observamos a una sociedad que se resquebraja y repetimos aquello del fin del sueño americano, seguimos prisioneros de su música, su cine, su literatura y pensamiento, su orden moral. Palabras prestadas brotan de la boca de nuestros expertos hasta que consiguen, de tanto machacar, que sean las que utilicemos para nombrar los movimientos sociales. Nadie se planteó que hubiera una alternativa a woke, de tal manera que durante un tiempo los pioneros en usar el término advertían al público de su origen, tan incrustado por cierto en la historia americana, para luego explicarnos que wokes éramos los nuevos progresistas, dado que los progres ya habían caducado. Por su parte, el adversario asumió encantado el término como definición denigratoria, y todos tan contentos.

Lógico que hayamos sido también diligentes al adoptar esa afición tan americana de clasificar a los seres humanos por generaciones. Cuando vivía en EE UU, no dejaba de fascinarme la naturalidad con la que la población, obediente, se autosegregaba. Los viejos, que ya no producían, se iban a vivir a lugares adaptados para personas que, resignadas a su inutilidad y falta de atractivo, convivían con otros de su especie. Como los elefantes, se situaban a un paso del cementerio. Entendí la fascinación que provoca al extranjero (que no alien) comprobar que en países como el nuestro hay ancianas que meriendan en las cafeterías mezcladas con otros seres vivos. Luego se van a buscar a sus nietos al colegio. Sin guardar la reverencia de los países asiáticos hacia los mayores, aún nos sirven para algo. Pero la distinción narcisista ha llamado a nuestra puerta, cómo no, y así cada día se añade una letra distinta para denominar la generación de los que acaban de nacer. Dada la baja tasa de natalidad llegará un día en que habrá una letra por cada recién nacido. A falta de casa, que tenga casilla (sociológica).

Lo más irritante de todo es cómo se intenta teorizar sobre el enfrentamiento generacional dando a cada grupo de personas nacidas en torno a unos años rasgos distintivos que las convierten en puras caricaturas. Yo, por ejemplo, sería una más de esa generación que nació en brazos del desarrollismo, estudió más allá que sus progenitores, vivió locamente la movida ochentera y ahora anda esquilmando las arcas del Estado con pensiones que asfixian a los X, Y o Z. Es tan miope la mirada que a veces hasta se desliza un reproche del joven al viejo por el mundo heredado, como si los tecnoligarcas no tuvieran la misma edad de quienes se quejan. La pura verdad es que quien nos mire dentro de 40 años, sea como sea lo que el futuro nos depare, no podrá distinguirnos a unos de otros, porque estamos agitados por el mismo vaivén de la historia. Hoy, entretenidos con el cuentecillo generacional, somos incapaces de entender que la sociedad se divide, por encima de todo, entre los privilegiados y los desposeídos, y que personas como yo (o mi chico) compartimos con los más jóvenes un mismo sentimiento de alarma.

EL ESTRUENDO DEL ESPEJISMO


Aprendiendo a surfear
Espero de Uclés la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso.
Rosa Montero, 22.02.2026

Una de las peores cosas del mundo de hoy es el aumento del ruido. Y no me refiero a los decibelios, que también, porque vivimos en unos entornos urbanos ensordecedores, sino al ruido social, emocional y psíquico. Andy Warhol fue profético cuando dijo eso de que, en el futuro, todas las personas tendrían sus quince minutos de fama. El futuro ya está aquí, en eso y en todo, hasta el punto de que las novelas de ciencia ficción parecen relatos costumbristas; en cuanto a los quince minutos warholianos, me temo que todo quisque ha pasado ya o puede pasar por una de esas momentáneas tormentas en las redes que te catapultan a una fama inmediata. Para peor, creo que la mayoría de las veces lo que te cae encima es una mala fama. De modo que son quince minutos de infamia que nos rondan a casi todos, porque es uno de los platos que se degustan con mayor deleite en la sociedad actual. Y es que, dentro de esa exacerbación del ruido que vivimos, nos chifla mitificar, y poner por las nubes a alguien, y lanzarlo al estrellato de la noche a la mañana con estruendosas fanfarrias, pero aún nos gusta mucho más, nos enloquece, vaya, machacar al que antes hemos elevado, aporrearlo a conciencia, bajarle la cresta a martillazos. Algo de esto le está pasando por ejemplo a David Uclés, el autor de La península de las casas vacías, que, desde mi punto de vista, fue loado en exceso en su momento, y al que ahora están atizando con irracional furia africana (dicho que viene del odio de los cartagineses hacia los romanos, no se me pongan políticamente correctos). Yo creo, como Sergio del Molino, que la democracia consiste en conversar con quienes no opinan como nosotros, pero ¿de verdad que este chico lo hacía antes todo tan bien y ahora lo hace tan mal? Espero de Uclés, a quien apenas conozco, y de la formidable ambición y voluntad que le llevaron a escribir las 700 páginas de su primera novela, la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso, para poder seguir avanzando paso a paso por el camino de la obra, que es indistinguible del de la propia vida.

Y es que, en el caso de la gente que se dedica a labores creativas, el ruido social puede acabar contigo fácilmente. Es una presión que siempre ha existido; la historia de la literatura está llena de autores que enmudecieron, o incluso murieron, envenenados por el éxito o por el fracaso, como Truman Capote, que no sobrevivió a su triunfal libro A sangre fría, o Herman Melville, que cayó en un desdichado silencio durante muchos años tras el fiasco absoluto de Moby Dick. Pero, si esto ya era antes así, imaginen la destrucción que se produce ahora, multiplicado el ruido hasta el infinito en este mundo hiperconectado y vociferante. El camino de la escritura (y supongo que también el de las demás artes) es borroso e incierto y cualquier empujón puede hacer que te pierdas. El entorno parece confabularse contra ti y te llena la cabeza de mandatos absurdos, como, por ejemplo, que, si has vendido de un libro 10.000 ejemplares, del siguiente tendrás que vender más para no fracasar de forma humillante. Nada más lejos de la realidad; el progreso creativo no tiene que ver con el progreso comercial, y la existencia es todo menos lineal. Tras casi medio siglo de carrera literaria sé bien que a veces subes, a veces bajas, en ocasiones te equivocas, escribes libros mejores y peores, brillas más y menos, te alaban y te critican. O sea, que nos sucede como a todo el mundo, porque estos altibajos que acabo de describir no son exclusivos de los que nos dedicamos a actividades artísticas.

Vivir es caminar por un paisaje sinuoso y siempre cambiante, y la presión social es agobiante para todos; los falsos modelos aspiracionales, multiplicados por las redes, pueden hacernos muy desgraciados. Por ejemplo: el éxito no es un lugar, no es un palacio al que llegas y en el que te instalas, ni un objeto valioso que adquieres para siempre, sino que es un mero vaivén en el destino, una conjunción de factores externos y efímeros que muchas veces ni dependen de ti. De la misma manera, nadie es un triunfador ni un perdedor, porque todos triunfamos en algunas cosas y perdemos en otras; todos tenemos en nuestro haber perlas y carbones. Sin olvidarnos, además, de que todo acaba; también esto pasará, como decía el anillo mágico de Las mil y una noches. Hay que aprender a surfear ese mar bravío que es la existencia.

SABLES, BARCOS, TELESCOPIOS, TINTÍN


Arturo Pérez-Reverte, escritor: “La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema”
El creador del Capitán Alatriste, tras haber protagonizado otra vez diversas polémicas, abre las puertas de su casa para reflexionar sobre su obra literaria y la influencia de la guerra en su vida, la Real Academia Española o la situación moral de Europa: “Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro”.
Pablo Guimón-Jordi Amat, 22.06.2026

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.

Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con EL PAÍS libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil Línea de frente, en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de Enviado especial, acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de “La guerra que todos perdimos”; la pelea con Davis Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en El Mundo en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.

El padre de Alatriste luce formidable a sus 74 años, con camisa de cuadros gruesos, pantalón de pana marrón y zapato inglés. Un aire como de Balmoral que contrasta armónicamente con las líneas modernas del imponente chalé, los muebles bauhaus, las lámparas decó. Al fondo, el escritorio con un ordenador cuyo teclado tiene teclas redondas como de vieja Olivetti que imitan el ruido de una máquina de escribir, el que escuchaba hace más de medio siglo en la redacción del diario Pueblo. En una archivadora abierta, apuntes de la que será su próxima novela. Le empieza a preocupar cuántos libros le quedan por escribir, le atormenta tener que priorizar los proyectos que acumula. Se pregunta cómo será el día en que lo que escriba deje de tener valor. Si se lo harán saber y quién será el encargado. Para tranquilidad de sus lectores, a juzgar por esta larga conversación, el temido momento se antoja aún lejano.

Pregunta. En mayo publica Enviado especial, con sus artículos como periodista en conflictos bélicos. ¿Qué lecciones aprendió de la guerra?
Respuesta. Nada que no esté en la paz, solo que en la guerra es todo más extremo. Yo tengo la ventaja de que cuando fui por primera vez a la guerra, con 20 años, ya había leído mucho. Eso me permitió abordarlo con serenidad. Si no, a esa edad, la guerra me habría trastornado, pero en mí tuvo un efecto nutritivo. Era horrible, por supuesto. Pero haber leído me permitió digerir la guerra con más naturalidad. Fue un aprendizaje excelente, una escuela de vida. Mi forma de mirar el mundo empezó a fraguarse en mis primeros años allí.

P. Ha estado en guerras entre países, pero también en guerras civiles.
R. Sí, en siete.

P. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras?
R. El ser humano tiene rincones muy oscuros. Y la guerra civil es la que pone de manifiesto con más intensidad la parte oscura del ser humano.


P. En una entrevista reciente en un periódico italiano, dijo que España no ha superado la guerra civil. ¿Cómo se supera?
R. Se puede. Pero España no la supera por otras razones. Ya me estoy metiendo, cabrones [risas]. Yo tengo una opinión, que puede ser equivocada. Y como la tengo, pues la manifiesto porque me preguntan por ella. Una guerra civil puede superarse con sentido común. Y la nuestra, en sus aspectos más dramáticos, estaba superada. Más que superada, asimilada, digerida. Pero por razones políticas, se ha desenterrado. No como memoria, sino como herramienta; no como reflexión histórica, sino como arma política. A mí me la contaron mis padres. Mi padre, mi tío, mi abuelo lucharon con la República. Esas tres estanterías son libros sobre la Guerra Civil. Y he visto guerras civiles. Entonces, como sé lo que es, sé que estaba neutralizada. Pero a una generación que no tiene ni libros ni memoria directa, es muy fácil manipularla con lugares comunes: Franco malo, República buena total, el paraíso en la tierra fue roto por cuatro banqueros, cuatro militares y cuatro obispos con gomina en el pelo... La Guerra Civil se ha convertido en una herramienta política y eso nos ha devuelto a un territorio de hostilidad que había desaparecido. Yo pertenezco a una generación, y tengo una formación y una experiencia que me permite decir que la Guerra Civil la perdimos todos. Evidentemente, la ganó el bando nacional, Franco y su gente. Y la perdió la República. Pero aparte de ese planteamiento, indiscutible, hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos. Y eso me lleva a una cosa interesante…

Se levanta de pronto, como impulsado por las cintas de cuero de su silla Wassily, y se dirige a la biblioteca, de la que extrae dos libros que tenía colocados en horizontal, sobre el resto de volúmenes, en una estantería. Regresa a la mesa, abre el primer libro, El viaje de mi padre, de Julio Llamazares, lee de pie la página que tenía marcada. “A los que perdieron la guerra civil española de uno y otro bando”. Abre La península de las casas vacías, de David Uclés. Señala una cita: “¿Qué pone aquí?”.

R. Como veis, no estoy solo. Incluso alguno ha variado su planteamiento en los últimos tiempos por oportunismo. España perdió. A todos nos arrancó cosas importantes, nos retrasó el reloj respecto a la historia del mundo. Y eso es lo que espero que hablemos en Sevilla en octubre. Lo que pasó es que ahí se dieron otros factores que no tienen que ver con las jornadas. Hubo un movimiento, que detallé en su momento así que no volveré sobre él, de presiones reconocidas.

P. En un texto que incorpora a la reedición de Línea de fuego, habla de superar el maniqueísmo de buenos y malos. ¿No entraña un riesgo en estos tiempos?
R. He visto matar prisioneros, he visto torturar prisioneros en guerras civiles. No lo he aprendido en la barra de la taberna Garibaldi. Ni en el salón del Ritz. ¿A mí me vas a contar qué es una guerra civil?

R. Lo peligroso es el silencio. Callando dejas que los cánceres se extiendan. Lo que vamos a hacer en Sevilla es debatir, que hable todo el mundo, que expongan sus razones. Que junto al político oportunista esté el historiador serio que lo ponga en su sitio.

P. Había varios políticos en su congreso.
R. ¿Cómo no va a haber políticos en un debate sobre la guerra? ¿Cómo no van a ir si, justamente, ellos son los culpables? Van, hablan. Y entonces el historiador los corrige. Pero un sector político no quería que ocurriera. ¿Por qué? Porque un debate serio desmonta el argumento de buenos y malos del que están viviendo tantos chiringuitos en este momento.

P. En su artículo decía precisamente que le estremece el miedo al debate. ¿Cuáles son las fuerzas que impiden debatir?
R. Fíjese. Vox no quiso ir. Se negó desde el principio. Pero Uclés dijo que iba y después dijo que no. Nos dejó colgados. Y la presión hizo que [el coordinador general de IU Antonio] Maíllo, que iba, tampoco fuera. La historiadora Zira Box dijo que la habían presionado. No me lo inventé yo. Fueron cayendo. Bolaños aguantó muy bien. “Yo te he dado mi palabra”, dijo, “y voy”.

P. Se ha referido en ocasiones a una inquisición moral. ¿De dónde procede? ¿Cree que hay más intolerancia hoy en la izquierda que en la derecha?
R. En la izquierda hay de todo. Izquierda es un concepto injusto porque no es lo mismo Pablo Iglesias, Errejón o Echenique que Madina o Pedro Sánchez o Bolaños. La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema. Y ojo a cómo se ve el titular fuera de contexto, que yo he sido puta antes que monja [risas]. Dicho lo cual, esto es pendular. La derecha, la extrema, todavía no se hace oír lo bastante porque no tiene los cauces, ni los escenarios, ni los mecanismos adecuados. Pero cuando se instale, y se va a instalar por los pecados de todos nosotros, será tan intolerante o más que la extrema izquierda. No es que yo sea un profeta, es que es la historia. Son leyes pendulares.


P. ¿Le da más miedo ahora mismo Sánchez o Vox?
R. A mí no me da miedo nada. Yo soy republicano, y monárquico en defensa propia. Tengo la casa pagada, los libros leídos, el velero en el que paso mi otra vida amarrado en el puerto. Cuando se va todo al diablo, solamente hay un consuelo: saber por qué se va al diablo. Lo he visto mil veces. “¿Qué ha pasado? ¡Pero qué horror, qué espanto! ¡El tren ha chocado con otro, ha habido una guerra, una bomba, Putin!”. Pero si has leído, si tienes los mecanismos suficientes, eres capaz de interpretar. Y cuando interpretas ya no duele tanto. Porque son las reglas. La cultura es un analgésico. No impide el problema, pero te permite soportarlo sin volverte loco.

P. ¿La cultura como resistencia?
R. El problema está en que cada vez esto [señala a su biblioteca] es menos frecuente. No digo la dimensión, digo esto como ejemplo. La orfandad intelectual del receptor de todo esto lo vuelve loco. Falta cultura. Cultura de verdad, no lo de [menciona un cineasta español]. No pongan eso. Les ruego que me cuiden, coño. No me metan en más jardines de los necesarios, que ya tengo bastante.

P. Se mete usted solo…
R. Bueno, es lo que me sale. La cultura sirve para saber por qué se cae el avión. Una vez iba volando a Beirut y cae un rayo en el avión. Y todo el mundo: ¡Ahhhh! Y me dije, hostia, voy a morir rodeado de cantamañanas que no saben que los aviones se caen. La cultura sirve para no gritar cuando se cae el avión. Saberlo te da serenidad. Las reglas del cosmos incluyen el caos. De vez en cuando el caos dice “hola, aquí estoy” y te manda a tomar por culo. Saber todo eso te da un alivio horroroso. Si mañana mi mujer, mi hija, o yo mismo tengo un accidente y me quedo mutilado, por lo menos sabré que eso lleva ocurriendo millones de años y que tampoco es tan grave. No es tan grave. El ser humano, en los últimos siglos, se ha dado demasiada importancia. Es un tema para otra entrevista, cuando seamos mayores todos.

P. Cuando habla de esa excesiva importancia del individuo…
R. Fíjense. Cuando has viajado, te das cuenta de que estamos manejando un concepto muy occidental. La Biblia, el Evangelio, Jesucristo, la cultura judeocristiana, la catedral gótica. Pero si te vas fuera de Occidente, que ya es menos cálido que antes, te das cuenta de que tienen más certezas que nosotros. En Asia, que es el gigante del futuro, el individuo no vale nada. Son las hormigas rojas. Todo es sacrificable para que prime la colectividad. Nuestros maravillosos conceptos de humanismo cristiano, de solidaridad, de ilustración, de derechos humanos, se irán a tomar por saco cuando estemos en manos de aquellos para quienes todo eso no es importante. Europa fue referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia. Con sus defectos, todo lo que quieras. Pero ahora Europa no es nada. Un parque temático para turistas. Vienen como el que visita las ruinas de Pompeya. Por eso siempre digo a los jóvenes que aprovechen, que disfruten. Todavía se puede leer y viajar a Roma y a Praga y a Sevilla. Bailar flamenco, comer pizza en el Vesubio, leer a Lampedusa y a Spinoza y a Balzac y a Dumas y a Cervantes. O a Pérez-Reverte, si les apetece. Dentro de un tiempo eso habrá desaparecido. Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro.

P. ¿La batalla está perdida?
R. Perdida. La única épica posible es no permitir que la batalla se libre sin pelear. Vamos a morir todos. Pero hay que combatir. Pelear por aquello en lo que crees. Pelear por razones lúcidas, no fanáticas. No porque te manipulan, sino porque crees que debes hacerlo. Que al malo, si lo hay, le sangre la nariz aunque gane la batalla. Hay que vender cara tu piel. Cuando eres joven, después de mayor ya es otra cosa. Yo sigo peleando batallas, la de Sevilla, mi novela, mis artículos. Pero un joven debe seguir peleando. Hay que perder. Es compatible la derrota con la pelea.

P. En ocasiones lo ha formulado con estas palabras: “Mis valores como persona y como escritor se basan en la guerra”.
R. Correcto.

P. Defiende un código moral asociado a palabras como lealtad, venganza, coraje. ¿No considera que son valores que durante mucho tiempo se han visto como reaccionarios?
R. ¿Lealtad? Por supuesto. ¿Venganza? Claro que sí. Ahora tiene mala prensa pero es absolutamente higiénica. Y deja el cuerpo estupendo. ¿Coraje? Claro. ¿Eso es reaccionario?

P. Digamos que los valores que aprende en la guerra, los que defiende en su comportamiento público, en el tipo de personajes y novelas que construye, no han sido durante mucho tiempo los valores éticos del discurso dominante.
R. Mis novelas no tienen código moral. Están hechas de truhanes, canallas, tramposos, traficantes, villanos.

P. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”, así arranca la saga del Capitán Alatriste.
R. Ahí está. Hay escritores que creen que la literatura tiene un deber moral, que es hacer mejor el mundo. Saramago, que era muy amigo mío, era muy de esto. Y hay otros, como yo, que creemos que no tiene obligación moral alguna. Cuento historias que me hacen feliz. Me meto ahí [señala su escritorio] cada mañana y soy feliz. Y los que me leen también lo son. No quiero educar. Cuento el mundo tal y como lo he vivido. No hay valores. Hay personajes y situaciones.

P. ¿A usted le gusta pelear?
R. Claro. Sí. Sí. Me gusta pelear. Me mantiene vivo, despierto y lúcido.

P. La gente mata por ir al programa de Jordi Wild. Usted debe de ser el novelista que más veces ha estado con uno de los principales youtubers de España. ¿Por qué cree que le llama?
R. Ha sido buen lector mío de siempre. Y además le doy muchos seguidores. No es una chulería. Una entrevista conmigo le dispara la audiencia. Pasa lo mismo cuando voy a Pablo Motos. Cuando voy a El hormiguero, ¡bum!, se dispara. Y si fuera a La revuelta... Me está llamando todo el tiempo. Quiere verme para convencerme. Por alguna razón, que no sé cuál es, tengo una repercusión mediática fuerte.

P. ¿De verdad que no sabe por qué es?
R. ¿Por qué? ¿Porque, según vosotros, defiendo valores reaccionarios, hijos de puta? [risas]

P. ¿Podemos insultar también?
R. Sé dónde viven y tengo sables. [risas]

P. ¿Tal vez conecta porque no estamos acostumbrados a que alguien esté peleando permanentemente?
R. No. ¿Saben a lo que no están acostumbrados? A que se diga lo que se piensa e importen un carajo las consecuencias. A eso es a lo que no están acostumbrados. Yo me lo puedo permitir. He vivido, he viajado, he visto lugares maravillosos y lugares terribles. He vivido una vida de verdad. A mi edad, ¿qué pierdo yo?

P. ¿También pelea en Twitter?
R. Es raro que yo debata en Twitter. ¡Si es un puto tuit, lo puedes decir en la barra de un bar! Es una herramienta poderosa de la que procuro no abusar. Ahora tengo dos millones y medio de seguidores. Me permite el contacto con los lectores de una manera fresca, inmediata, familiar, directa, informal. También aprendes un montón porque la gente muestra más de lo que cree mostrar. Me divierte. Cuando meto una cita clásica, que sale de ahí [Señala los estantes de la biblioteca donde tiene ordenados, entre otros, los volúmenes de clásicos grecolatinos de la editorial Gredos], la meto porque menea. No digo “este es Sánchez”, esta mañana iba por Feijoo. Que pongas un tuit y al rato esté Pablo Iglesias o te llame uno de Vox, uno del PSOE, “oye, Arturo”. ¿Qué más me da? ¿Qué pueden hacerme? ¿Hacerme una crítica mala en EL PAÍS cuando sale el Alatriste? Voy a por una aspirina. ¿Os vais a quedar a comer, cabrones?

Regresa a los pocos minutos. Pasa junto al kalashnikov que tiene apoyado en una estantería y que se trajo desmontado en la maleta de su etapa cubriendo la Guerra de los Balcanes. La aspirina se disuelve en el vaso.

P. Vamos a pasar a la Academia. Sus críticas a la RAE fueron calificadas por algún académico como el ataque más grande que ha sufrido la institución desde que hay memoria. ¿Comprende que se interpretara así?
R. Sí, era un ataque. En la RAE ahora no hay debate casi. Cuando se plantea un tema, se habla en el pleno y después se olvida hasta el siguiente. Harto de que todo muera ahí, voy a contarlo en público a ver si meneo un poco. Y se dio lo que esperaba. La parte ofendida se manifestó y la parte que estaba conmigo se calló, como suele hacer, por otra parte. “Son cosas de Arturo…”. La tilde, el “sólo”. Muerto Vargas Llosa y muerto Marías, que eran los más militantes conmigo, me he quedado solo. Decidí contar de una vez lo que pasa. Estaba muy razonado, fue reproducido en muchos países de Hispanoamérica. Quise desvincularme de una manera de entender la RAE que no me gusta y negar la complicidad. Pero, como siempre, me quedé solo. No todo el mundo es capaz de asumir el precio. Yo lo asumo, primero, por mi manera de ser y, segundo, porque me lo puedo permitir.

P. ¿La discrepancia que planteó no era entre recoger usos y el estilo?
R. Necesitaríamos una entrevista entera sobre esta cuestión. La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para que fuese incorporado, no es suficiente que esté documentado en la red. Y antes, además de esta cuestión, la Academia ejercía la autoridad sobre si un uso era correcto o no, como hacía Lázaro Carreter con el dardo en la palabra. Esa labor de señalar los peligros, que hemos pedido mil veces en los plenos, no se cumple. Y esa dejación de autoridad a favor del uso está provocando que la Academia haya perdido impulso.

P. ¿Su ataque ha tenido algún efecto?
R. Todo sigue igual. Sabía que no iba a cambiar nada, pero mi posición queda clara. Yo no entré en esa RAE. En los primeros años estaba García Yebra, Gregorio Salvador, Rodríguez Adrados, Claudio Guillén, Ignacio Bosque. Yo hablaba cuando me preguntaban. Estuve callado aprendiendo durante años. Pero fueron muriendo, fueron dejando huecos y esos huecos se llenaron de una manera que no me convenció a mí ni a otros. Y por eso empecé a hablar. Y les revienta que menciones los viejos maestros muertos… Y creo que ya he dicho bastante.

P. ¿Echa mucho de menos a Javier Marías?
R. Mucho. Cada jueves después de la Academia íbamos a cenar. Hablábamos de cine, chicas, amigos, novela policiaca… Éramos como el empollón, él, y el gamberro, yo. Teníamos una complicidad como si fuéramos Zipi y Zape. Era mi hermano de juegos. Cuando vives mucho tiempo hay restaurantes que cierran, lugares que cambian y hay amigos que mueren, cada vez más. Javier es uno de los grandes huecos de mi vida, el escritor con el que he tenido una relación de mayor profundidad. Y realmente lo echo mucho de menos. Pero bueno, son las reglas.

P. ¿Ve diferencias entre la consideración de su obra fuera de España y en España? ¿En España está mediatizada por su imagen pública?
R. En cuanto a lectores, no. Pero en España hay campañas periódicas a favor y en contra. Como cuando Iglesias dijo en el Parlamento, “más Galdós y menos Pérez-Reverte”. O cuando Abascal se cabrea. Ahora hay parte de la derecha que dice que soy un vendepatrias porque Alatriste habla de la España oscura y no la gloriosa… Cuando parte de la derecha, a la que gustaba tanto Alatriste y los tercios, se ha puesto a leer despacio, ve que lo oscuro también asoma. Entonces me ataca. Ha coincidido con Vox. Nadie se preocupa por eso en Italia o en Francia. Gajes del oficio, va incluido en el sueldo.

P. ¿Tal vez lo atacan porque es la persona con mayor poder literario en España?
R. Os aseguro que no lo ejerzo. ¿Para qué? Hay gente que se dejaría cortar un brazo por estar en mi situación. No hago vida literaria. En Sevilla no he cobrado un puto duro, jamás. Me pagan el billete de AVE y el hotel. No cobro nunca conferencias. Y del Estado, jamás, como Marías. Hago lo que me apetece. No me considero algo fundamental. Si mañana desaparezco, se pierde un novelista. Nada más. Soy feliz con la vida que llevo, tíos.

P. Queríamos terminar citando un diálogo de El capitán Alatriste. Hacía el final de la novela el Conde Duque de Olivares le dice: “Tenéis cierta propensión a ser herido”. Alatriste contesta: “Y a herir, Excelencia”. ¿Se siente identificado?
R. Absolutamente. No soy Alatriste, pero Alatriste sin mí sería imposible. Su mirada y la manera de ver el mundo es la mía. Quizá por eso a algunos les quiero bien y a otros les quiero mal.

LA DESCRIPCIÓN DEL MECANISMO


Epstein y la casa del patrón
En la finca del patriarca todo es dependencia, gratitud, lealtad.
Máriam Martínez-Bascuñán, 22.02.2026

¿Por qué el nombre de Jeffrey Epstein desestabiliza democracias europeas pero no el poder estadounidense? La respuesta puede ser institucional. Aquí, los implicados no controlan ya el aparato que los investiga. En EE UU, quienes deben ser investigados son el núcleo del sistema que debería hacerlo. Los archivos los publica el Departamento de Justicia, cuya cúpula es nombrada por el presidente. Desclasificar no es solo un acto de transparencia, sino de poder. El Ejecutivo decide qué se publica, cuándo y en qué contexto. La transparencia selectiva es una forma sofisticada de control: muestra lo que hiere a otros y esconde lo que te daña. El caso de Alexander Acosta lo ilustra bien. Como fiscal federal de Florida, supervisó en 2008 el acuerdo para que Epstein evitara cargos federales por tráfico sexual de menores, cuando el FBI había identificado a muchas víctimas. Años después, lo nombraron secretario de Empleo. La secuencia no prueba una conspiración, pero revela un patrón institucional: quien protege al poder es recompensado con poder.

La socióloga Melinda Cooper describe el mecanismo. Epstein no era solo un depredador sexual; era el administrador de una economía doméstica en su forma más pura, un sistema donde el poder económico se traduce en dependencia personal. Epstein financiaba carreras, pagaba casas, abría puertas, daba acceso a redes de élite. Cada favor creaba una obligación; cada obligación, una forma de control. Sus víctimas no eran solo víctimas sexuales: dependían económicamente de él. Sus aliados no eran solo amigos: aprovechaban su patronazgo. Las visitas documentadas a sus propiedades, los vuelos en jet, los favores financieros, las inversiones estratégicas, creaban una red donde todos tenían algo que perder si el sistema caía. La red de Epstein, además, explicita otra cosa: progresistas, conservadores, ultras… Daba igual. La élite es la élite. Investigar a Epstein no significa investigar a un individuo, sino una red de obligaciones que atravesaba el mundo financiero, académico, político y mediático global. Así que sabemos la respuesta: el sistema no responde porque investigar el asunto implica exponer las redes de dependencia que lo sostienen.

Lo que perturba es el salto de escala. Lo que se hacía en esas zonas francas era un crimen específico e irreductible: la explotación sexual de menores. Ninguna analogía estructural debe diluir eso. Pero la lógica que lo hacía posible (la disolución de la frontera público-privado, la sustitución de la ley por la voluntad del patrón) es similar a la de la derecha tecnológica y es la que Trump quiere aplicar al Estado, para que funcione todo como en casa del patrón. Cuando la riqueza alcanza cierta escala, crea sistemas de dependencia personal que operan paralelamente o por encima de las instituciones. Explica la paradoja de los archivos de Epstein: el problema no es la falta de evidencias sino la estructura del poder. En una democracia funcional, las instituciones existen precisamente para investigar a los poderosos. La lógica del poder democrático es impersonal: está limitado por reglas abstractas. En la finca del patriarca todo es dependencia, gratitud, lealtad. El modelo de poder que Epstein perfeccionó, como sostiene Cooper, no está fuera del sistema: el nuevo poder quiere convertirlo en el sistema mismo. Y quienes luchan con fiereza contra esa red no son, por cierto, las instituciones sino las supervivientes. Mientras los gobiernos oscilan entre la complicidad y la inacción, ellas siguen denunciando, incluso ahora que el Departamento de Justicia ha expuesto sus nombres mientras protege, una vez más, a los depredadores.

ANDREW


El escándalo del expríncipe Andrés, el mayor desafío del reinado de Carlos III
El palacio de Buckingham lucha desesperadamente por poner distancia con el caso y frenar un debate sobre la monarquía.
Rafa de Miguel, 22.02.2026

LIAM

Liam Ramos, de cinco años, detenido por agentes de ICE en Columbia Heights, Minnesota, en una imagen tomada por un empleado del colegio público donde estudia. Columbia Heights Public Schools

Una forma de resistencia
Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra.
Juan José Millás, 22.02.2026

Antes de convertirse en símbolo de la barbarie, este niño era solo un cuerpo pensante, un ser sintiente. Tenía una estatura concreta, un peso, una temperatura, unas fantasías. La foto, a estas alturas, es ya un discurso sobre la maldad, pero lo que ocurrió primero fue brutalmente físico, cruelmente real, lo mismo que un golpe de frío o fiebre. Lo más inquietante no es solo la violencia de la escena, sino la manera en que el pequeño parece saber qué hacer dentro de ella. No llora, no se resiste, no mira a la cámara. Está concentrado en su papel, como un detenido profesional, un detenido de película. Ha entendido que, en ciertas circunstancias de la vida, si conviene hacerse el muerto, uno se hace el muerto. No es sumisión, es una técnica de supervivencia. El cuerpo infantil, enfrentado a una maquinaria gigantesca, cuya manaza se posa sobre su mochila, improvisa una conducta aprendida para no romperse. Cruzar las manos, permanecer quieto, mirar al frente. Un modo de decir sin palabras:

—No me pegues.

La foto captura ese instante en que Liam Ramos, que devendría símbolo de la animalidad de Trump y los suyos, es solo alguien que administra como puede su vulnerabilidad. Luego vendrán los titulares, la indignación, la lástima. Pero antes solo hubo un crío gestionando su propio miedo con una decencia involuntaria. Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra. Nos detiene. Nos incomoda. Nos exige una pausa. Y en un mundo que pasa las imágenes como si fueran nada, una pausa ya es una forma de resistencia.

GREENLAND


06:24am, la pequeña luz brillante del despertador riela sobre la mesa de noche mientras hago cálculos mentales para ver si tengo tiempo de hacerme un café antes de salir a la calle. Me levanto, me visto y cuando estoy en la cocina caigo en la cuenta que hoy no es lunes sino domingo, no tengo por qué levantarme tan temprano. Pero ya estaba todo el pescado vendido, café y a leer un rato. Amanece, que no es poco, acabo estas notas y me siento a leer un buen rato. Hoy tengo apuntado en mi cabeza responder dos correos con calma y escribir un pequeño informa para un abogado, poco más.

Después del varapalo que le dio el Supremo a T, ayer corrió a emitir uno de sus ya famosos decretos presidenciales instaurando un arancel general para todos del 10%. A las pocas horas pasó del 10 al 15%, porque donde dije digo... y él lo vale. Como no me he atrevido a leer el periódico aún, ignoro que noticias nos deparará su errático comportamiento, aunque espero de todo, amenaza tras amenaza.

El bizcocho de ayer -bica gallega- un desastre. Seguí las instrucciones pero cuando lo desmoldé estaba crudo. Vuelta al horno y bueno, más o menos. De aspecto bien, de sabor también, pero en general no salió como debía. Hoy he bajado otra receta y quiero volver a intentarlo.

Como es domingo hay mucho que leer en el periódico, así que lo dejo aquí, otro cafecito y a sentarme plácidamente. Hoy cine, espero; han estrenado "Greenland 2", una de esas pelis más que entretenidas, al menos la primera. En casa, una vez termine las tareas, tengo para ver "Un lugar tranquilo" (A quiet place), que ya va por 3 películas. Todas buenas.
The Cranberries, *Sunday.

WILLIE COLÓN, RIP


*Talento de televisión.
*Idilio.
*Usted abusó (con Celia Cruz).

sábado, 21 de febrero de 2026

SÁBADO DE BICA

Mañana de enduro, para mí será un día de relax absoluto, no voy a trabajar; desde ayer pendiente de terminar un escrito para enviarle al abogado que entiendo no lo verá hasta el lunes, así que me lo puedo permitir y, además, me lo merezco.
La cena de anoche rica rica. Sushi recién preparado y hojaldre de berenjenas y parmesano como aperitivo. Cinco personas alrededor de la mesa, cinco recuperando el tiempo perdido, poniéndonos al día y recordando perlas del pasado cercano, de los buenos tiempos y de los no tanto. Casualmente me habían invitado, también anoche, a la elección de la Gala Drag, que reúne a un buen grupo de amigos en Taliarte, pero a la que no me pude sumar. Voy consiguiéndolo, créanme, pero la ubicuidad es una virtud complicada de lograr.
Aún no he leído el periódico, miedo me da entrar en la web, estoy en un sinvivir.
Pero como lo cortés no quita lo valiente, aparte de vaguear, leer y ver alguna serie, esta mañana quiero cocinar. Hay en la nevera las sobras de anoche, una cosa menos de qué preocuparse. Voy a preparar un bizcocho, esta vez una bica gallega. Ya les contaré.

Ah, olvidaba contarles que ayer me encontré a un amigo ingeniero que estaba montando el material de windsurf justo antes de meterse en el agua. Me preguntó cómo me iba, si había dejado el Ayuntamiento y cosas por el estilo. Al principio te va a resultar duro, me dijo, yo estuve así muchos meses, con esa especie de complejo de culpabilidad, de pensar que había hecho las cosas mal. Luego se pasa y sólo queda ir a mejor. 
Él había dejado un trabajo fijo donde no era feliz. Lo de ayer me hizo recordar cuando dejé el colegio para irme al instituto los últimos años de estudios antes de ir a la universidad. Los primeros meses los recuerdo arrastrando la sobra de la culpabilidad, como si hubiera traicionado mi statu quo. Nada más lejos de la realidad, mis años en el instituto fueron muy felices, a pesar de la Polifemo y mi suspenso en Química.

viernes, 20 de febrero de 2026

ESTO NO LO ENTIENDE NADIE

Después de ver una y otra vez una serie interminable de noticias y fotografías de la cohorte de Epstein, próceres todos; princesas, ricos, famosos, directores de cine, millonarios, presidentes, expresidentes y al expríncipe Andrés, que va en camino de estar hasta en la sopa (ay si su madre resucitara...), parecería que este último es el niño malo, el único caído en desgracia por ahora, y todos los demás unos angelitos/as que no han roto un plato en su vida (ni en bajada). Este fulano, mimado hasta decir basta desde la cuna, el favorito-de-la-reina, según dicen los que saben de esto, fue tan torpe, visto lo visto -¿y lo que queda?- que se dejó fotografiar haciendo el tonto de mil maneras, mano aquí mano allá, feliz como una perdiz y bajo la atenta mirada sonriente del pederasta nº1 y su secuaz, la tal Ghislaine Maxwell, otra joya.
Pues leo, sin entender nada, que tras la detención de Andrés el pieza y sus más de 10 horas de interrogatorio, el Gobierno británico se plantea eliminarlo de la línea sucesoria al trono. ¿Pero esto no se daba por hecho después de haber sido defenestrado por su hermano? Pues no, igual le da tiempo de mandarle una caja de langostas con contaminación escombroide, vibriosis y toxinas marinas varias a cada uno de los siete que tiene delante y, con un poco de suerte, tenemos al rey Andrew en el trono, el primer rey abiertamente pichabrava. Tal y como está el mundo ahora, a saber...
Mira que nos metimos con el pobre Urdangarín, que aún viviendo en Washington una temporada no tuvo ocasión ni interés de relacionarse con Epstein. Un santo, vamos.

HOY CENA EN CASA


Inauguro el jarrón grande heredado de mi madre con anturios y claveles. ¡Todo al rojo!

LO LLAMABAN DEMOCRACIA


El libro sobre las élites del poder en España que el grupo Planeta no quiso publicar
‘Las élites que dominan España’, de Andrés Villena Oliver, estuvo a punto de ser publicado por el sello Ariel, pero fue descartado en el último momento. Ahora aparece en Libros del K.O.
Sergio C. Fanjul, 20.02.2026

Lo llaman democracia y no lo es”, rezaba uno de los lemas del 15-M. En torno a 2012, un estudiante llamado Andrés Villena Oliver quería realizar una tesis doctoral sobre aquel movimiento que llenó las plazas e impugnó el sistema, pero su director le “impuso” otro tema: las redes de poder en España.

Desde entonces lleva buceando, a duras penas, en el oscuro mundo de los que mandan de verdad para acabar encontrando precisamente lo que decía el 15-M: que la democracia no es tan democracia como la pintan, sino un reducto limitado por poderes mayores. Su investigación cristaliza ahora en el ensayo Las élites que dominan España. Lo publica el 23 de febrero la editorial independiente Libros del K.O., aunque hasta diciembre lo iba a lanzar el sello Ariel, perteneciente al grupo Planeta. De hecho, algunas webs de librerías todavía muestran el diseño de portada de la primera editorial. ¿Qué ha pasado?

Es en otoño de 2024 cuando, a través de un agente literario, Ariel muestra interés por el texto de Villena. “Me dijeron que era demasiado largo, me pidieron que recortase y yo recorté incluso el doble de extensión. Fue estupendo trabajar con aquellas dos personas de la editorial: eran exigentes, pero mejoraban el texto”, recuerda el autor. Con ese trabajo minucioso, el libro avanza por buen camino. Fijaron la publicación el 8 de enero e incluso fue seleccionado para ser una de las principales apuestas de la editorial en 2026. La portada estaba diseñada (una aldaba dorada con forma de león; en la nueva editorial han optado por la rueda de una caja fuerte) e incluso se realizó una sesión de fotos promocionales donde el autor aparece con aspecto informal pero solvente: media melena y chaqueta gris, aparentando lo que es, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid. “Creían que podía ser una bomba”, añade Villena.

El texto toca asuntos delicados. Su tesis es que la élite española se compone de tres elementos: el capital, el entramado de empresas y Estado (conectados de manera porosa mediante las llamadas puertas giratorias) y el discurso legitimador que hace que estas élites sean aceptadas por la ciudadanía. Según Villena, la estructura de poder que se generó en la España franquista tras la victoria en la Guerra Civil, a pesar de diversas mutaciones y renovaciones, se ha mantenido en lo esencial.

Época tras época, gobierne quien gobierne, el poder se organiza de la misma manera y está en manos parecidas. Aparecen, explica el autor, apellidos habituales (Botín, Villar Mir, Del Río, Boada, López de Letona), empresas del Ibex y políticos de todos los gobiernos. Anteriormente, Villena había publicado otros libros sobre su especialidad, Las redes de poder en España (2019), en la editorial Roca del grupo Penguin Random House, o ¿Cómo se gobierna España? (Comares, 2017).

Como asunto delicado, en la editorial decidieron pasar el texto por el departamento legal de Planeta, por si podía generar conflicto con el derecho al honor de algunas familias o con otros grupos empresariales. “El departamento legal dijo que el tratamiento de la información es totalmente objetivo y que no había de qué preocuparse”, dice Villena, y confirman desde Ariel.

Llegado el pasado mes de diciembre, ya muy cerca de la fecha de publicación y después de más de un año de trabajo de edición, llega la sorpresa: Ariel no publicará Las élites que dominan España. “Lo que argumentan es que en 2026 no pueden publicarlo, sin ninguna otra explicación, y ponen todas las facilidades para que el libro pase a alguna otra editorial fuera del grupo: hasta nos ofrecían los datos de la tripa del texto para que los siguientes editores lo tuvieran más fácil”, dice Villena. También le ofrecen una indemnización de 2.000 euros con una cláusula de confidencialidad para que el caso no se airee —ya había cobrado 3.500 como anticipo—. Finalmente, la cláusula es retirada, tras el rechazo del autor, y la indemnización es firmada. “Todavía no conozco la causa real de la cancelación del libro”, dice el autor. “Creo que así se verifican los modos autoritarios del poder que explico en el libro”, añade.

¿Aparece el grupo Planeta en el texto? “Es un grupo editorial de un poder e influencia enorme que se origina en la etapa franquista con la familia Lara y que ahora es un grupo multimedia muy potente. Aparece alguna vez: no creo que les afecte de manera directa, pero quizás no les causa mucho agrado publicar este tipo de cosas”, aventura el autor.

Preguntada sobre el asunto, Carmen Esteban, directora editorial de Ariel y Crítica, responde: “Ariel ha tenido diferentes directores editoriales en los últimos años y cada uno tiene su huella propia. Ahora queremos girar el rumbo y dedicarnos sobre todo a nuevas voces filosóficas, hemos cambiado la nómina de historiadores, etc. El libro de Villena no encaja en esta línea, de modo que decidimos no publicarlo”. Entre las apuestas que buscan definir la línea de Ariel están firmas como las de los filósofos Juan Evaristo Valls Boix, autor de El derecho a las cosas bellas, o Eduardo Infante, autor de Ética en la calle.

La propia Esteban recuerda que, en 2014, estaba allí cuando se generó una grave polémica en torno a otro libro que tocaba las fibras del poder, en este caso cultural: El cura y los mandarines: historia no oficial del bosque de los letrados, de Gregorio Morán. Iba a ser publicado por Crítica, del grupo Planeta, pero finalmente lo publicó Akal. El autor se negaba a purgar un capítulo que hablaba de algunos académicos de la RAE, aunque por todo el libro se encontraba contenido sensible. Planeta argumentó que el texto le hubiera costado demandas. “Este caso no es como el de Morán, donde había cosas no sustentadas”, dice la editora. “Este es un libro muy aséptico: salen muchos nombres, pero no se reparten bofetadas. El problema es que no se ajusta a lo que ahora queremos publicar”.

Francisco Franco rodeado del gobierno de "tecnócratas del Opus Dei", el 30 de octubre de 1969. Andrés Villena sostiene en su libro que hay una continuidad entre las élites del franquismo y las actuales. EFE

En Libros de K.O. recibieron el libro con buena predisposición: un tema de su interés que se ajusta a su línea editorial, basada en la crónica periodística o la investigación de actualidad, un libro que estaba prácticamente hecho y hasta con las presentaciones organizadas. “Teníamos el catálogo cerrado, pero decidimos echarle un vistazo”, dice el editor Emilio Sánchez Mediavilla.

Una editorial, además, con una amplia experiencia en libros que tocan temas sensibles como las élites periodísticas, el “imperio” del rey emérito, la corrupción en Valencia o las muertes en las residencias madrileñas durante la pandemia. Sobre todo Fariña, de Nacho Carretero, sobre el narcotráfico gallego, que recibió varias demandas (ninguna de las cuales prosperó) y hasta el secuestro del libro. “Seré un poco ingenuo, pero sobre todo me fijo en que la historia sea interesante antes que pensar en posibles demandas”, dice el editor, “pero este libro es un libro de política y economía muy serio, muy sólido, nada especulativo. No se le caen los adjetivos y los nombres que aparecen son parte de la conversación y de la historia”.

La editora Carmen Esteban, de Ariel, destaca las buenas relaciones con el escritor y la colaboración cordial, también la buena voluntad de la editorial al no retener el texto y tratar de facilitar su publicación en otro sello, lo cual, a su juicio, demuestra que “es una cuestión editorial, no de censura”, concluye.

EL LIBRO Y UNA QUE SÍ


Ayer me tomé la tarde libre, lo necesitaba. Ya fuera por las terrible agujetas en brazos y hombros, la falta de sueño (o mejor el sueño descontrolado) o por simple procrastinación, decidí hacer un par de cosas pendientes fuera de casa, para las que nunca encuentro oportunidad, e ir al cine después, a la absurda hora de las 5 de la tarde. La película bien, quizá demasiada puesta en escena, pero intensa. Leo que las críticas no están resultando ser muy positivas, pero yo no me aburrí nada durante toda la película. 
Nada más llegar a casa busqué raudo la novela para releerla porque esta película es una versión bastante libre y quisiera recordar el original. 

Por cierto, la historia de la novela es muy interesante, recordemos que está escrita en plena época victoriana, a mediados del siglo XIX (1847).

La “apuesta” de las hermanas Brontë fue una decisión audaz y casi estratégica: publicar tres novelas a la vez para irrumpir con fuerza en el panorama literario victoriano, manteniendo inicialmente su identidad en secreto. En 1846 —Charlotte Brontë, Emily Brontë y Anne Brontë— ya habían publicado un libro de poemas bajo seudónimos masculinos (Currer, Ellis y Acton Bell), que pasó casi desapercibido. Lejos de rendirse, decidieron apostar más fuerte: cada una escribiría una novela y las enviarían a distintas editoriales, conservando los mismos seudónimos masculinos para evitar prejuicios contra las mujeres escritoras.
Publicaron casi al mismo tiempo, compitiendo indirectamente entre ellas usando seudónimos masculinos para entrar en un mercado dominado por hombres, arriesgando su reputación en un contexto social poco favorable a las mujeres autoras. El éxito rotundo de Jane Eyre ayudó a que las otras dos novelas recibieran mayor atención, consolidando el nombre de las Brontë en la historia literaria.

En 1847 aparecieron casi simultáneamente:
"Jane Eyre" – de Charlotte (Currer Bell). Fue un éxito inmediato y revolucionó la novela victoriana con su protagonista femenina independiente y su intensidad emocional.
"Cumbres Borrascosa" (Wuthering Heights) – de Emily (Ellis Bell). Al principio desconcertó a la crítica por su oscuridad y estructura innovadora, pero hoy es considerada una obra maestra de la literatura inglesa.
"Agnes Grey" – de Anne (Acton Bell), basada en su experiencia como institutriz. Ofrece una mirada realista y crítica sobre la condición femenina y la educación.