lunes, 9 de marzo de 2026

AMIGOS Y POLÍTICA

Hace un par de años, mientras disfrutábamos de un suculento desayuno a base de quesos, arenques y salmón en un hotel de Estocolmo, coincidimos con una pareja catalana con la que entablamos conversación. Una osa y otra nos llevó al "procés", que en aquellos días estaba en pleno apogeo. Ellos vivían en Mallorca, nos dijeron, pero toda su familia estaba en Barcelona. Todo es terrible, decían, ahora, cuando se reúne la familia, el tema de la independencia y en general la política es tabú si no quieres estropear el momento. Se ha conseguido separar familia enteras y amigos por este asunto ya sin remisión.
Olvidado el procés ahora, dirigida nuestra vista a las guerras y las de los otros a los inmigrantes, la consigna parece seguir siendo la misma, no se habla de política.
Las discusiones por whassaps, donde no se le ve la cara a la persona que escribe, se han vuelto tan peligrosas -malos entendidos y supuestos tonos incluidos- que ya es mejor hablar en modo ingles, del tiempo y de los horarios de los trenes, o en modo TV, frivolidad tras frivolidad. Mejor no entrar en debates serios porque no tienen nunca un final feliz.
El otro día, entre mis amigos, salió el tema de la guerra de Irán, que con lleva otros asuntos satélites como la política de EEUU, la actitud de T y su colega Netanyahu, los ayatolás, la religión, etc. Un cóctel tan explosivo que, cómo no, las chispas aparecieron inevitablemente. Las comparaciones son siempre tan odiosas como inevitables, pero -apunté yo a riesgo de perecer- no tienen nada que ver Estados Unidos o Israel, dos democracias consolidadas, con Irán, una dictadura teocrática se mire por donde se mire. Otra ocas es que no nos gusten los dirigentes salidos de las urnas; un amigo me recordaba innecesariamente que Hitler ganó las segundas elecciones a las que se presentaba, y ya sabemos qué ocurrió después. 
Un amigo americano me dice siempre que el que T sea hoy presidente no deja de demostrar que la democracia funciona, aunque esto pueda parecer una paradoja y hasta un oxímoron. Pero la realidad es así, normalmente tenemos los Presidentes que nos merecemos por una causa u otra. Las reglas del juego son como son y, afortunadamente, hay elecciones cada cuatro años. Todo pasará.
Hoy leo un interesantísimo artículo que comparto ahora sobre T y su política.
Aquí lo tienen.

Hacia la destrucción de la democracia americana
Asistimos con Trump a una explícita profesión de fe en una magistratura autoritaria que está más allá de los derechos individuales y de los contrapesos institucionales.
Francisco J. Laporta, 09.03.2026

Se oyen abundantes invectivas contra la conducta pública y las despóticas ocurrencias y decisiones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Lo que, sin embargo, se echa en falta son exámenes un poco más detenidos del fundamento de su proyecto político. Parece que su incesante disponer sobre esto y aquello sea más bien una suerte de movimiento epiléptico de una personalidad errática e inmadura. A mí se me antoja, por el contrario, que la cosa es más grave y más profunda: se trata de un ensayo deliberado de demolición del edificio histórico de la democracia americana. Quisiera ofrecer algunos indicios de ello.

Está, en primer lugar, la amenaza cotidiana al discurso libre (por traducir así la locución free speech). Como se sabe esta es una libertad consustancial a aquel sistema de gobierno. No se trata simplemente de una libertad más, otra libertad protegida mediante la correlativa tolerancia legal permisiva, sino de una libertad, por así decirlo, más honda, a la que ha de reconocerse por ello una condición privilegiada en el universo legal y político del país. El origen de esta idea puede datarse: arranca en 1948 (anotemos la fecha), con la publicación por un profesor de Filosofía poco conocido, Alexander Meiklejohn, de unas conferencias tituladas El discurso libre y su relación con el autogobierno. Desde el prólogo mismo, el autor se sitúa en un contexto que empieza a sonarnos familiar: “El FBI ha montado, a lo largo y ancho del país, un sistema de espionaje, de policía secreta, en virtud del cual cientos de miles de conciudadanos han sido incluidos en listas como mantenedores de estas o aquellas opiniones”. Y eso se debe, afirma Meiklejohn, a que muchos han dado en pensar que se puede limitar la libertad de expresar aquellas creencias u opiniones que se reputen “peligrosas”. También aquellos comités legislativos, federales y estatales que han sido habilitados para investigar actividades supuestamente antiamericanas se han apuntado a esa interpretación de la Constitución. Pues bien, concluye, nada de esto es compatible con el tenor literal de la Primera Enmienda: “El Congreso no hará ley alguna que recorte (abridge) la libertad de expresión”. Como sostuvo el autor poco después con cierta contundencia, esta Primera Enmienda es “un Absoluto”. ¿Por qué? Pues porque el free speech no es una libertad cualquiera sino una condición estructural misma del sistema político de la democracia americana. No es una entre otras libertades sino el fundamento de todo el orden político. De ahí proviene seguramente el que se haya dotado después, hasta por la jurisprudencia del Tribunal Supremo, de una llamada “posición preferente” cuando entra en conflicto con otros principios o intereses de la vida pública americana.

No es necesario recordar las actitudes de Donald Trump hacia los profesionales y los medios que no son de su agrado. Improperios de mal gusto y demandas millonarias son de sobra conocidos. Pero eso es solo la superficie de una actitud deliberada de intimidación que apenas logra ocultar la realidad programática que le subyace. Se trata, obvio es decirlo, de desvirtuar las bases de la conversación pública que nutre todo el proceso democrático. La libertad de expresarse, el free speech, está ahí para dotar a quien va a votar de la información necesaria para tomar su decisión. Discurso libre y derecho de voto son dos ingredientes básicos de toda democracia que se retroalimentan necesariamente. Por eso Meiklejohn tituló la segunda edición de su libro, ya en los años sesenta, Political Freedom, pues la libertad de discurrir era y es la sustancia misma de la libertad política en una sociedad democrática. Y desvirtuar ese discurso es sencillamente desvirtuar la propia democracia.

Pero esto, aunque extremadamente importante, es solo un aspecto del proyecto. Entre los pliegues de sus decisiones y órdenes ejecutivas puede adivinarse también un diseño institucional muy definido. Se trata de lo que viene llamándose en su entorno “teoría unitaria del Ejecutivo”: la afirmación, de sabor populista, de que el voto plebiscitario del pueblo ha transformado al presidente Trump en un vértice en el que se concentran todos los poderes: es, naturalmente, el ápice de la Administración; y, por supuesto, el mando superior de los ejércitos; pero es también, la instancia judicial suprema, el Chief Justice, el magistrado jefe, encargado de la aplicación coactiva del derecho. Tomando de aquí y de allá retazos de El Federalista se pretende construir la Presidencia como una magistratura única y superior en la que se quintaesencia el proceso democrático americano. Es decir, un vértice personal en el que la separación de poderes se desvanece y que obtiene su legitimidad del voto del cuerpo político. Estamos ante una explícita profesión de fe en una magistratura autoritaria que está más allá de los derechos individuales y de los contrapesos institucionales. Este cambalache interpretativo desemboca en la ignorancia de derechos y contrapesos en nombre de la eficacia de la acción del Gobierno. Con ella empiezan a debilitarse también y perder su potencia institucional los famosos límites y equilibrios (checks and balances) tan característicos del orden político norteamericano.

Es, sin embargo, importante calibrar en relación con ello la mentalidad con la que se han enfrentado desde tales premisas los episodios en los que un juez independiente ha puesto en cuestión alguna de esas políticas. Se tienen por un indicio de lo que ha empezado ya a llamarse “traición de la judicatura”. Es la razón velada que lleva a Trump a acudir muy pronto al Departamento de Justicia para recordar a todas las agencias que lo integran quién es el magistrado jefe. El argumento subliminal parece contundente: cualquier decisión judicial que ponga en entredicho las políticas públicas emanadas de la oficina presidencial es una traición al pueblo americano que le ha respaldado con su voto. La función judicial como instancia imparcial e independiente de aplicación de la ley, y la ley misma como canon superior de la legitimación del ejercicio del poder, desaparecen como por ensalmo. Y con ellas, naturalmente, se marcha por el desagüe autoritario el viejo ideal del rule of law. O, como también se llama, el Estado de derecho. La sujeción de las decisiones políticas a las normas jurídicas se ve ahora como una cortapisa al pueblo soberano.

La democracia que así se concibe consiste, en efecto, en la relación directa entre dos actores: presidente y pueblo, en intercambio continuo y sin injerencias a través del discurso público y el proceso electoral. Y ahí aparecen otros dos rasgos que acompañan subliminalmente al proyecto: el control de la información, y la conformación desde arriba del cuerpo electoral. De todas esas cosas tenemos todos los días ejemplos y noticias que no son tampoco anécdotas o excesos lamentables sino pasos en un camino preconcebido. El objetivo: mutar una sociedad libre y abierta en una autocracia con apariencias electivas. El control del discurso público es indispensable, y para llevarlo a cabo están ahí, en el entorno del Despacho Oval, los mandarines de las grandes empresas tecnológicas (las big techs) y sus redes desbocadas de comunicación, con su poder económico y su poder de injerencia en mentes indefensas. Y, sobre todo, con su capacidad de manipulación de la conversación política. Con la particularidad letal de que sus sesgos y contenidos empiezan a no poder ser contrastados con criterios de veracidad externos a ellos: empezamos a no poder deslindar si la información es o no es segura o fidedigna. Da igual: eso también es irrelevante para el proyecto. Como decía el conejo tramposo que charlaba con Alicia en el país de las maravillas lo importante no es qué significan las palabras, lo importante es quién manda. Si se conquista el discurso, se conquista el poder. Y respecto a la mutación del censo electoral, además de rediseñar los distritos a la vieja usanza, basta con un buen sistema de información, es decir, un listado de personas y opiniones “peligrosas”, y una tropa de jenízaros policiales incontrolados que, con la excusa de aplicar pautas de inmigración y aduanas (el famoso ICE, Immigration and Customs Enforcement) vaya modelando un cuerpo electoral propicio. Y… amedrentando al resto. Para que la democracia à la Trump se vaya realizando poco a poco.

No hay comentarios: