sábado, 7 de marzo de 2026

CORRECTAMENTE


El espejo moral de la guerra de Irán: genuflexiones, contorsionismo y espaldas rectas
Apaciguar a Trump o minimizar la gravedad de la violación del derecho internacional son errores éticos, políticos y estratégicos.
Andrea Rizzi, 07.03.2026

Las guerras son, siempre, espejos morales. La guerra ilegal lanzada por Estados Unidos e Israel contra el infame régimen iraní no es excepción. Basta con fijarse sin anteojos de intereses espurios para ver retratos elocuentes. Algunos con espalda recta, muchos con patéticas contorsiones o en posturas de arrodillamiento político.

Empecemos desde España. El Gobierno español ha correctamente rechazado un ataque que es contrario al derecho internacional porque no está amparado ni por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU ni por el presupuesto de legítima defensa. Sobre esa premisa ha correctamente denegado a EE UU el uso de sus bases de la OTAN para sostener ese ataque. Igual de adecuadamente, ha decidido proporcionar apoyo a la defensa de socios que se ven en peligro por las respuestas indiscriminadas y descoyuntadas del criminal régimen opresor iraní. Sin duda ese posicionamiento sirve bien a los intereses electorales del PSOE. Sin duda también, es moral y legalmente correcto.

Ante todo esto, toca asistir al sonrojante contorsionismo de adversarios políticos y mediáticos del Gobierno que —denotando un punto de desesperación— intentan descalificar esa posición con argumentos retorcidos. No, enviar un buque para contribuir a la defensa de Chipre no es entrar en guerra. No, la activación de baterías Patriot ya desplegadas en Turquía para intercepción de misiles tampoco lo es. El partido que apoyó la invasión ilegal de Irak vuelve a retratarse. Periodistas militantes del antisanchismo, también. Resuena el recuerdo del 11-M atribuido a ETA. Ese es el lugar al que conducen ciertas huidas hacia adelante.

Ambos —políticos y periodistas militantes de la oposición— tienen abundantes motivos para la sólida crítica al Gobierno. Cabe notar que la coherencia del Ejecutivo con ciertos valores se quiebra al cruzar las fronteras de Marruecos y el Sahara Occidental, linde en el que empiezan a predominar los intereses sobre los valores, y la espalda ya no se aprecia tan recta. En el interior, más motivos aún, desde una amnistía que se prometió a la ciudadanía que no se concedería y se calificó de no constitucional —por ejemplo, en el indulto concedido a Oriol Junqueras— para dar luego marcha atrás cuando convino al interés partidista —aquí también se ha asistido a mucho triste contorsionismo en los sectores favorables al PSC-PSOE—. Fíjense en eso, o en algunos turbios compañeros de aventura política del presidente, mal elegidos y mal vigilados; no en una inmoral crítica de su correcta posición sobre Irán o sobre Gaza. La obcecación, la frustración y el hastío nublan la mirada de muchos.

En el resto de Europa abundan otros retratos de interés. De entrada, el del canciller alemán Friedrich Merz, quien primero se distinguió por decir que “las clasificaciones de derecho internacional aportan poco” en esta situación, y después, sentado en el Despacho Oval, se lavó las manos cuando Trump cargó contra España con el matonismo que le caracteriza. Es notorio que no oponerse a los matones es una forma de complicidad que es lo que permite el abuso. Cabe además notar que solo un 15% de los alemanes confía en EE UU como socio, casi al mismo nivel que Rusia, según reciente sondeo de la cadena pública ARD. Después de haber sustancialmente avalado el objetivo de cambio de régimen en Irán en los primeros días, ayer pareció corregir el rumbo diciendo que “el conflicto regional debe terminar”. Sabrá Merz donde va.

Interesante también es el retrato de Giorgia Meloni. Primero se quedó escondida durante varios días, incómoda entre su deseo de ser socia privilegiada de Trump y el espanto que el presidente de EE UU provoca entre italianos de toda inclinación política. Finalmente, salió a dar la cara; y la posición de su Gobierno, aunque no igual, no está lejos en la sustancia de la del español. Ella dijo que no quiere entrar en ninguna guerra, y el ministro de Defensa no tuvo reparos en reconocer que la ofensiva no encaja con el derecho internacional. El espejo moral y político muestra que Isabel Díaz Ayuso tiene rasgos más trumpistas que Meloni.

Otra figura cuyo retrato merece atención es la del secretario general de la OTAN, Mark Rutte. Si bien es comprensible que no quiera ser el líder durante cuyo mandato se rompe la Alianza, y que esto requiera fina diplomacia y también un punto de contención, el papel que ha decidido desempeñar también provoca sonrojo. Esta semana dijo que los aliados “respaldan a escala masiva” lo que Trump está haciendo. España, Francia e Italia han dicho que eso que está haciendo es ilegal. Reino Unido que no cree “en cambios de régimen desde el cielo” y que no presta sus bases para operaciones ofensivas. ¿Dónde está el apoyo masivo?

La República Islámica es un régimen espantoso y opresor. Cuanto antes se vaya por el desagüe de la historia, mejor. Pero cargarse a bombazos regímenes que no gustan es ilegal y sienta antecedentes peligrosos. Otros mañana podrán decidir que un régimen no le gusta, y cargárselo a bombazos también. Aun en el nada seguro supuesto que Trump consiga tumbar ese régimen y que florezca uno mejor, esa manera de actuar es ilegal, irresponsable, peligrosísima.

Algunos europeos se arrodillan ante Trump por mero interés partidista, el más mezquino de todos. Otros, porque temen para su país o su bloque un completo abandono de EE UU, o su animadversión. Esos procesos —abandono y animadversión— están de todas formas en marcha. Sin duda pueden ir a peor. En la medida de lo posible, hay que evitarlo. Pero la medida de lo posible no puede incluir la humillación, la abdicación de los principios fundamentales. Se puede elegir el honor. Algunos eligen el deshonor pensando que se ahorran problemas, pero tendrán deshonor y problemas, porque apaciguar a los matones puede garantizarles un día de tranquilidad, pero no resuelve nada.

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