‘Pitingo’ y ‘Nika’, las últimas consultas de una veterinaria rural con negocio pero sin relevo: “Tengo 500 clientes, da para ampliarlo”
Una especialista en sanidad animal se jubila en Marugán (Segovia) y lamenta que nadie quiere emprender en el medio rural.
Juan Navarro, 07.09.2026
La paciente tiene 14 años y tiembla cuando la suben a la mesa de la doctora. Mira con ojos profundos, asustados, intenta escapar, rechaza una chuche. Lloriquea. “Lo sé, lo sé, lo sé”, mima la médica, canosa, de manos expertas, menuda, con gafas, mientras la observa y tantea. “Le duele el cuello”, dictamina, y recomienda un TAC y un neurólogo antes de que Nika, galga gris con el rabo entre las piernas, vuelva al suelo. La veterinaria Paloma Rodríguez Gavilán, de 63 años, atiende en su clínica de Marugán (Segovia, 800 habitantes) con la jubilación llamando a su puerta como los clientes, ahora amigos, que le confían sus mascotas desde hace décadas y temen su inminente retiro.
Rodríguez maneja unas 500 cartillas, más visitas imprevistas. Hay negocio en su clínica de Marugán pero nadie quiere coger su local y su nutrida clientela pese a su evidente prosperidad: “Da para ampliarlo y que haya dos veterinarios”. Lo rural asusta, sospecha, y reniega de los tópicos aunque ha visto de todo estos años: “Antes la gente no traía a sus animales por si se reían de ellos, ¡Anda que no eran burros!, pero en los pueblos han cambiado mucho”.
La veterinaria tiene su sede en una urbanización cercana al municipio, con una colonia gatuna a la que cuida más allá de su vida profesional. El trasiego de un viernes refleja la actividad constante desde que en 1991 la joven Paloma, que bromea con toda una vida de amigos y hasta catedráticos vacilándola con lo de Paloma y Gavilán y sus estudios de veterinaria, dejó Madrid y eligió Segovia con dudas que pronto logró despejar. “Venía al pueblo los fines de semana con mi madre y quise quedarme”, comenta, feliz con la idea: su hija y su familia han prosperado estupendamente y si ahora ella tuviera 30 años, asegura, contrataría a otra persona porque siempre ha sido rentable. Ella lo tuyo claro; los suyos, mucho menos: su familia se echó a llorar cuando les anunció que dejaba la capital y se mudaba a Marugán.
El calendario de la pared revela este ajetreo: lleno de citas, con Pitingo vacunado hace unos días, Honey castrado y Rex vacunado. Nika se relaja y Pedro Rincón, su dueño desde que la acogiera de una camada abandonada de14 galgos y de 72 años, se preguntará qué será de ellos sin Paloma. La mujer tiene clientes de hasta 100 kilómetros a la redonda e incluso de madrileños gracias a su afamado servicio de urgencias, sinónimo también de muchos desvelos y madrugones o vigilias.
Dvd 1333 28/8/2026. Marugán (Segovia). Paloma Rodríguez despide a sus últimos pacientes en la puerta de la clínica. Emilio Fraile
Los tiempos cambian, insiste, y hasta en los pueblos como Marugán se ha pasado de tener “un perro de corral” a un amado can que duerme junto a la chimenea. Ahora hay gatos, perros, tortugas, loros, periquitos o hámsters en su cartillas de atenciones. “Antes me pedían discreción porque ‘se van a reír de mí’, había curtidores que pagaban para que les cazaran gatos, despellejarlos, curtirlos y hacer accesorios de hípica o collares, un señor que cortaba las uñas a su canario dejó que se muriera desangrado porque se pasó cortándoselas pero le dio vergüenza llevarlo al veterinario y que se supiera”, desgrana crueles batallitas la profesional.
“La gente de los pueblos es muy buena y por eso la manejan, hay que vivir en el rural para conocerlo”, sintetiza, como consejo a su posible sucesor, de momento inexistente. Mira que ha escrito a todos los colegios de veterinarios de España pero nadie quiere remplazarla, solo la ha llamado uno de Lugo interesándose por su material de clínica.
Hoy ya nadie tiene reservas en cuidar a su mascota, ya sea en el centro de una ciudad o en el más pequeño de los municipios rurales. Ana Pérez, de 66 años, lleva a Iris, cariñosa, de pelo blanco y mucha experiencia contra las argucias de los facultativos a sus nueve añazos. “¿No quieres una chuche?”, ofrece Rodríguez. Responde la ama: “¡Es muy mayor para sobornarla!”. La perra acepta con sorprendente calma que le curen una herida fruto de la infección tras pisar unos abrojos. ¡Listo! La clienta acepta pero teme la jubilación de la veterinaria, a quien abraza antes de irse: “Bueno, bueno, bueno… No sé qué va a pasar”.
La emprendedora insiste en que “alguien lo cogerá” y ruega que la contacten o a rodgavpa@gmail.com o en www.veterinariomarugan.com. “La España Vacía se queda aún más vacía”, musita, con la pérdida de algo más que un servicio para los habitantes de Segovia. Su hija, de 33 años, le da pragmatismo cuando Paloma farfulla en casa: “Es difícil que la gente quiera venirse a trabajar a un pueblo”. Suena la radio y se pregonan espectáculos taurinos en Cuéllar (Segovia). Ella chista con la lengua y afirma que este año no ha patrocinado las fiestas de Marugán porque han metido toros, algo de lo que reniega profundamente: “Están creciendo esas actividades porque les dan muchísimas subvenciones”.
Pedro Fernández, de 59 años, entra en el local. “¡Paloma, cómo estás! ¡Que me han dicho que te jubilas!”, saluda el hombre, consternado, junto a su perra Thunder, de seis veranos, una bóxer con mezcla de bodeguero aunque en su día se la vendieron como de raza bóxer. Lo mismo da: la paciente se espatarra agustísimo sobre la mesa y se deja hacer. La veterinaria le retira unas grapas que le puso hace unas semanas tras engancharse con los picos de una valla y hacerse buenas heridas. “Este perro es más inteligente que muchas personas”, alaba su dueño, y un silencio mudo de asentimiento cómplice se instala en la clínica porque todos los presentes piensan en casos que lo corroboran.
“Paloma es un encanto, la conocemos desde hace treinta y pico años, hemos tenido perros y gatos”, comenta Fernández, cuyas hermanas han conocido a Paloma y también le traen a sus animales de compañía. Reina la tristeza porque nadie se lanza a mantener o ampliar la clínica. Quedan solo unos días de actividad y la veterinaria ya vislumbra su vida futura, calmada, tras “27 años sin fines de semana” y telefonazos constantes. De hecho, probablemente cambie de número para no recibir llamadas sobre garrapatas, vacunas y heridas. Solo se lo dejará a los amigos que ha forjado por su trabajo. Es hora de dedicarse a descansar y al perro y al gato, amén de sus seres queridos, que la esperan en casa.

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