¡Adiós a los 40! Mi amigo E, al que adoro por su bonhomía, cumple hoy 50 junto a su melliza; no lo podré acompañar, aunque él sabe que lo haré de otra manera, aunque no me tenga allí con ellos. Me comentaba otra amiga el otro día lo afortunado que era al conservar amigos de toda la vida y en eso dio en el clavo. Los amigos son como el sol cada mañana, sabes que están ahí aunque el día esté nublado. Estos, y no otros, son los mayores tesoros que podemos tener. Pase lo que pase el sol saldrá cada nuevo día.
Hablo de la familia que no comparte sangre, pero sí historia, la que construimos con los años, la elegida por nosotros mismos, los amigos que hace mucho se convirtieron en familia, la que no te tocó pero que decidimos quedarnos, la que no comparte apellido pero sí recuerdos, derrotas y victorias; pegamento de las piezas del puzle, la medicina para el alma. Testigos de quién he sido, de quién soy, muchas veces gracias a ellos. El baptisterio que descubrimos hace muchos años. Porque, en definitiva, ¿a quién no le gusta un baptisterio?

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