Cuando todavía no nos recuperamos de las fechorías diarias del misántropo nº1 del mundo van dos trenes andaluces y chocan en medio de un tramo recto de vías, como si de una novela de misterio se tratase. Un tramo sin obstáculos y con buena visibilidad, dicen, qué horror. 20 segundos que lo fueron todo, descarrilamiento de uno para chocar con el otro transita en sentido contrario a 205 km/h.
A mi me gustan los trenes, me resultan un placer infinito, su suavidad, sus sonidos, lo que vemos pasar a través de sus ventanas. La velocidad no me ha importado nunca demasiado, pero no niego que es un plus en este mundo voraz en el que vivimos. Mis últimos trayectos recurrentes fueron Madrid-Cartagena, ruta que por cierto no existe, si no recuerdo mal. Llegar a Orihuela me decía que casi estaba en casa además de recordarme a Miguel Hernández cada vez que nos deteníamos en la estación. No puedo dejar de pensar lo que sería estar dormitando en uno de sus cómodos sillones y salir volando como si no hubiera un mañana, o directamente sin que lo hubiera.
Terriblemente triste los muertos, que descansen en paz. Tristísimo también sus familias que los lloran sin entender nada y repugnante los que aprovechan estas desgracias para echar mierda sobre todo, que los hay.
Me avergüenza la época en la que vivimos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario