martes, 27 de enero de 2026

23 DÍAS


La historia de Claudia: el amor como el salvavidas de una niña abandonada
Conciliar los cuidados de tres hijos nunca es fácil. Pero en casa de Terry Gragera cada día es un desafío aún mayor: cuidar de su hija, adoptada de bebé con una dependencia total, mientras intentan no descuidar al resto.
Diana Oliver, 27.01.2026

Claudia llegó a la vida de la periodista Terry Gragera y de su familia con apenas 23 días de vida. Hasta entonces, su mundo se había reducido a los olores metálicos y al zumbido constante de las máquinas de la UCI del hospital en el que había nacido. Llegaba con un puñado de palabras difíciles: síndrome de down, cardiopatía congénita, prematuridad, bajo peso y distintos problemas asociados con la salud cuyos nombres cuesta pronunciar. “Claudia era una bebé extremadamente pequeña y frágil. No respiraba por sí sola, comía a través de sonda y estaba llena de cables”, cuenta.

La situación de la bebé era muy delicada porque los médicos no conseguían sacarla adelante: no cogía peso y tenía muchas dificultades. Por eso solicitaron a la Administración la ayuda de alguna familia que se hiciera cargo de ella. Ahí entraron Terry y su familia. “Desde el día que nos la entregaron hicimos el Método Madre Canguro prácticamente toda la jornada, le hablábamos, acariciábamos, cantábamos... De ese modo, ella se sentía acompañada y amada”, recuerda la periodista. A los pocos días, Claudia abrió los ojos por primera vez y pudo dejar el respirador mucho antes de lo previsto. Después, le enseñaron a comer por boca: “Era como alimentar a un pajarillo”.

Ella y su pareja, Chiqui Alonso, se conocieron haciendo un voluntariado con personas con discapacidad intelectual. Enseguida conectaron y tuvieron claro que, si un día formaban una familia, uno de sus hijos sería adoptado. “En aquel momento no pensábamos en que tuviera discapacidad, pero sí en otras situaciones, como niños mayores o un grupo de hermanos”, recuerda. Finalmente, optaron por la adopción especial porque sintieron que eran menores menos reclamados por las familias adoptantes y, como se sentían preparados para ello, se ofrecieron. Así llegó una recién nacida con muchos problemas de salud, algo que supuso un reto para los hermanos, que en aquel momento tenían 8 y 10 años: “Nuestros hijos pensaban en un hermanito con síndrome de down, pero que podría interactuar con ellos, jugar… Y fue una experiencia totalmente distinta a lo esperado para todos”. Las semanas que Terry y su pareja tuvieron que pasar con ella en el hospital les mostró las aristas de una realidad: que criar a un niño enfermo no se parece en nada a criar a un niño sano. “Son mundos distintos, con otros ritmos y otros miedos. Y, en el caso de Claudia, a todo eso se suma el síndrome de down”.

Cuando la pequeña dejó atrás aquel mundo de cables y monitores y llegó a su nuevo hogar, la familia entera tuvo que readaptarse para que las necesidades de todos pudieran estar cubiertas. Cuenta Terry que una de las primeras cosas que tuvo que hacer fue derribar su situación profesional para construir un entorno laboral más flexible que le permitiera abarcar los cuidados de su hija que, durante el primer año de vida, y hasta la cirugía de corazón a la que tuvo que someterse, casi no pudo salir de casa. “Me tomé una excedencia en mi trabajo por cuidado de hijo muy enfermo, pero al volver al trabajo tras un año fue imposible, y a los 46 años tuve que dejar mi puesto en una redacción y hacerme autónoma”, cuenta. Esto le ha permitido ir acomodando los trabajos a los momentos en que su hija está bien, pero también hacer frente a las complejas situaciones de salud por las que ha pasado y pasa Claudia. “Ha habido operaciones, ingresos, situaciones delicadas que nos mantienen en un temor grande muchas veces porque su sistema inmunitario y respiratorio no funciona del todo bien”, explica.

“La llegada de Claudia fue un auténtico tsunami para la familia”, resume Gragera. Conciliar los cuidados y las necesidades de tres hijos nunca es fácil. Pero en su casa cada día es un desafío aun mayor: cuidar de Claudia, que tiene una dependencia total y enferma a menudo, mientras se intenta no descuidar las necesidades de sus hermanos que, aunque ya son mayores (tienen 20 y 23 años), han tenido que recorrer un camino de adaptaciones.


Claudia, a pesar de su fragilidad, es alegre y sociable, y encuentra felicidad en las cosas pequeñas: un beso, un libro, un trozo de chocolate o un paseo en su bici adaptada. Le fascinan Peppa Pig, las muñecas y los columpios. No habla, ni lo hará, y tiene también déficit visual y auditivo, y todo se organiza en el colegio de Educación Especial al que acude cada día para que aprenda a manejarse en el mundo lo mejor posible. Los sábados va a un grupo en el que puede disfrutar de actividades con otros niños como ella, lo que le permite vivir su infancia porque, como lamenta Gragera, “no es fácil que el resto de niños sin discapacidad jueguen con ella en espacios como parques públicos”.

Su rasgo más característico es la necesidad constante de contacto físico, cree su madre que quizá sea consecuencia de los primeros días que pasó sola en la UCI, cuando apenas una voluntaria la acunaba una hora al día, y que aquella soledad temprana dejó una huella profunda, un vacío que ahora busca llenar con abrazos. Lo que piensa no es solo una intuición. La psiquiatra Ibone Olza lo explicaba en un artículo publicado en 2014, La salud mental del recién nacido hospitalizado: psiquiatría infantil en neonatología: la calidad de la interacción temprana es un factor crítico para el desarrollo posterior del bebé.

Gragera no duda en decir que Claudia le ha permitido conocer “el gran privilegio de sentir un amor inmenso” y de cuidar y hacerse cargo de una niña a la que su familia de origen no quiso por tener síndrome de down. “Adoptar a un hijo te abre a una dimensión nueva e inmensa del amor. No nos imaginamos nuestra vida sin ella”, dice quien no quiere caer en la romantización de la discapacidad: “Cuando el hijo tiene grandes necesidades de apoyo, como es nuestro caso, esos cuidados te absorben y lo cambian todo. Pero sabemos que Claudia, a pesar de todas sus dificultades, goza de una dignidad que nadie puede arrebatarle”.

A la implicación que suponen los cuidados, las familias con discapacidad se enfrentan en muchas ocasiones a un infierno burocrático y a una falta de ayudas y políticas específicas que les complica enormemente la vida. “Cuidar de un hijo muy dependiente 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año es una experiencia muy intensa. Los padres no podemos permitirnos estar enfermos y no hay programas de respiro familiar para todos”, denuncia Gragera. Esto provoca que muchos cuidadores acaben viendo perjudicada su salud física y mental. “Las familias no quieren una vida sin sus hijos, quieren ayudas para vivir con sus hijos del mejor modo”, lamenta.

El caso de Claudia no es único. Otros niños son abandonados por enfermedades graves o con discapacidad en los hospitales a la espera de que una familia quiera ocuparse de ellos. Según datos del Sistema Estadístico de Criminalidad, entre 2021 y 2023 fueron abandonados en España 56 bebés por sus progenitores. La ONG Mamás en Acción, que ha acompañado a más de 600 niños hospitalizados solos o abandonados en la última década, también ha denunciado en numerosas ocasiones que se trata de una realidad oculta para la mayoría de la población. Terry Gragera cree que ningún niño merece esto y por ello, y a pesar de todo lo que ha conllevado ser los padres de una niña con tantos problemas de salud, lo volvería a hacer. “Hay muchos niños en España esperando una familia. No es un camino fácil, pero tampoco lo es el de la crianza de hijos biológicos”, concluye quien asegura que cuando Claudia sintió en el hospital que era importante para alguien, su remontada fue espectacular. “El amor la salvó”.

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