miércoles, 21 de enero de 2026
martes, 20 de enero de 2026
SÍ SE PUEDE
Alain Passard, el chef con tres estrellas Michelin que renuncia a la carne: “Un animal muerto no es poesía”
El cocinero cumple 40 años al frente del restaurante L’Arpège, en París, adoptando una carta plenamente vegana, lo que ha generado sorpresa y críticas en su país.
Álex Vicente, 20.01.2026
Alain Passard (La Guerche-de-Bretagne, 69 años) lleva décadas instalado en la cima de la cocina francesa. Su restaurante en París, L’Arpège, cumplirá este año su 40º aniversario. El establecimiento, a dos pasos del Museo Rodin, conserva tres estrellas Michelin desde 1996 y fue durante años un templo de la carne, emblema de una idea tradicional del lujo gastronómico en su país. Pero a este chef le gustan los retos. Tras la crisis de las vacas locas, decidió eliminar la ternera de su carta y convirtió los productos del huerto en el centro de su cocina.
El verano pasado dio el paso definitivo: retiró de la carta todos los productos de origen animal, con la única excepción de la miel, y se volcó en una propuesta plenamente vegana. El resultado ha generado tanta sorpresa como críticas. Para algunos ha sido una provocación dictada por una moda pasajera. Él sostiene, mientras prepara el servicio del almuerzo junto a un equipo joven, dinámico y muy internacional, que se trata más bien de un nuevo comienzo.
Pregunta. Al anunciar este giro, ¿no temió que sus clientes le dieran la espalda?
Respuesta. No, porque mi decisión respondía a un largo proceso de reflexión. Creo mucho en esta cocina de la tierra, saludable y artística. Hemos mantenido el volumen de reservas, aunque me parece normal que este cambio sorprenda. Supongo que llama la atención que un chef con tres estrellas Michelin, que contaba con caviar, foie gras, rodaballo o pularda en su menú, se ponga a cocinar lo que cultiva en sus tres huertos.
P. ¿Qué le empujó a dar este paso?
R. Sentí que había llegado al final de mi aprendizaje de la cocina animal. Aún preparaba algo de cordero y alguna ave, pero ya estaba en el último capítulo de ese libro. Quise dejar de lado las cosas fáciles. Con mantequilla, nata, queso y leche, es sencillo que cualquier plato funcione. El reto es conseguir una salsa sabrosa sin productos de origen animal. Si no aprendo, no me interesa trabajar. Y ahora aprendo cada día.
P. No es su primera metamorfosis. L’Arpège nació como un restaurante de piezas asadas, hasta que un día decidió prescindir de la carne roja.
R. Fue después de la crisis de las vacas locas, un episodio muy doloroso para mí. Mi relación con lo animal se deterioró. Hasta entonces, la carne era toda mi vida. De pronto, me sentí incapaz de poner un filete en la cazuela. Me pareció que la carne estaba enferma. Estuve a punto de dejarlo todo.
P. ¿Por qué no lo hizo?
R. Se me apareció una salida. Tuve la idea de recurrir a los colores de las frutas, las hierbas y las flores. Fue como recuperar la fe, aunque también fue un proceso duro. De un día para otro, el restaurante se vació. Los clientes llegaban y, al descubrir que apenas había carne en el menú, daban media vuelta. Perdí a parte del equipo y tuve que empezar de cero. Esta vez no ha sido así. Las cosas van avanzando.
P. ¿Su decisión también responde a la preocupación climática?
R. Por supuesto. Hay que dar la voz de alarma y hacer que el sector sea consciente de la necesidad de un cambio radical al respecto. Y no solo respecto al consumo de carne roja: al eliminar los productos animales, hemos reducido también un 50% de los residuos. Ya no usamos film de plástico, ni productos de aluminio, ni bolsas de plástico.
P. Incorpora prácticas poco habituales en la alta gastronomía, como el compostaje o la elaboración de kombucha casera, asociadas a otro tipo de establecimientos.
R. Sé que hay muchos prejuicios al respecto, pero hay que cambiar ya. Si no, no sé qué planeta les dejaremos a nuestros hijos.
P. Georges Perec escribió un libro sin usar la letra e y los directores del Dogma 95 prohibieron la música en sus películas. En su caso, ¿las restricciones también han estimulado su creatividad?
R. Mucho. Para mí, las prohibiciones son una fuente de felicidad. Te obligan a encontrar recursos: gestos, sabores, cocciones y perfumes nuevos. Y los clientes lo notan: en mi restaurante detecto una nueva emoción. Llevamos solo seis meses. ¿Dónde estaremos dentro de seis años?
P. ¿La cocina francesa sigue siendo demasiado conservadora?
R. Sí, pero no me opongo a ese conservadurismo. Es una base necesaria. Es como en la música: sin aprender solfeo a la manera tradicional no llegas a ser John Coltrane. Hay que saber elaborar una blanquette, un navarin, una salsa bearnesa… Y, a partir de ahí, innovar.
P. Desde que introdujo su nueva carta, ha recibido críticas muy severas.
R. Sí, hemos tenido una en Le Monde y otra en Le Figaro, las dos bastante sangrientas. Puedo entender que un crítico no tenga aprecio por esta cocina. Pero hay maneras de decirlo... Y seamos claros: después de medio siglo en los fogones, creo que sé cocinar un puerro. En cualquier caso, no me duele: las críticas me dan alas.
P. Su menú degustación cuesta 420 euros. ¿No es un precio excesivo?
R. Nadie está obligado a pagar eso. Se puede cenar por menos de 100 euros pidiendo medias raciones y una infusión del huerto. Y uno se va satisfecho, se lo aseguro.
P. ¿Qué justifica ese precio?
R. Somos 50 empleados para 40 cubiertos. Y he contratado a una decena de jardineros dedicados a mis huertos, que nos mandan los productos que utilizamos a diario. Además, yo estoy aquí cada día, al mediodía y por la noche. En todo el año pasado solo falté a tres servicios. Eso tiene un coste. Y también un precio.
P. Existe la idea de que lo vegetal exige menos trabajo que la carne. ¿Es comparable, en términos de dificultad y coste, cocinar una remolacha y un pichón al vinagre de frambuesa?
R. No se equivoque: preparar una remolacha lleva horas. Ir al huerto, limpiarla, costra de sal, dos horas al horno, romper la sal, hacer la salsa… Hay mucha sofisticación en lo vegetal. Y además tiene algo que la carne no tendrá nunca: poesía, sinfonía y amor.
P. ¿La carne no puede ser todas esas cosas?
R. No de la misma manera. No podemos decir que un animal muerto sea poesía.
P. Vegetarianos y veganos siguen siendo minoría. ¿Por qué cuesta tanto cambiar los hábitos?
R. Porque nos crían con la carne y porque ya hemos perdido la noción de las estaciones. En invierno comemos tomate, pepino, melón… Es absurdo y genera una gran confusión en el consumidor. Si el mercado falsea los ciclos, es difícil conectar con esta cocina. ¿Cómo vas a querer comerte un tomate en enero? Y además, lo que te sirven ni siquiera es un tomate: lo producen en 50 días. En mi huerto, un tomate tarda cinco meses en crecer. La naturaleza ya lo escribió todo. Solo hay que saber leerla.
P. Fuera del restaurante, ¿usted es vegano?
R. No del todo. Todavía me como algún huevo, pero ya he dejado la mantequilla. A mí lo que me importa es el “pasaporte” del producto: su identidad y su procedencia.
P. ¿Cómo nació su vocación?
R. Crecí en un pequeño pueblo bretón muy gastronómico. Mercados, panaderos, charcuteros… Mi familia vivía al lado de una pastelería. Levantarme cada día con olor a brioche me marcó. A los 12 años vi salir de un restaurante a una brigada de cocina, vestidos con chaquetilla y sonrientes, y pensé: “Quiero dedicarme a eso”.
P. La cocina se ha convertido en espectáculo televisivo.
R. No me molesta, hay lugar para todos. Pero yo no aceptaría salir en MasterChef.
P. En su restaurante no hay órdenes militares ni se grita “sí, chef”.
R. Hubo mucha violencia en las cocinas. Por suerte, eso ha cambiado. Yo creo que se puede ser exigente usando palabras amables, enseñar y corregir con respeto. Mi equipo trabaja de forma autónoma y horizontal. Todo el mundo puede probar sus ideas, incluso los becarios.
P. Su próximo reto: privilegiar los zumos, las tisanas y otras bebidas sin alcohol en su carta.
R. Armonizan mejor con este tipo de cocina. Una infusión caliente limpia el paladar. El vino, a veces, es demasiado fuerte. Ya lo ve: soy un chef francés que no cocina carne y que recomienda no tomar vino. Un día no podré ni salir a la calle... [risas].
QUE DESCANSEN EN PAZ
Cuando todavía no nos recuperamos de las fechorías diarias del misántropo nº1 del mundo van dos trenes andaluces y chocan en medio de un tramo recto de vías, como si de una novela de misterio se tratase. Un tramo sin obstáculos y con buena visibilidad, dicen, qué horror. 20 segundos que lo fueron todo, descarrilamiento de uno para chocar con el otro transita en sentido contrario a 205 km/h.
A mi me gustan los trenes, me resultan un placer infinito, su suavidad, sus sonidos, lo que vemos pasar a través de sus ventanas. La velocidad no me ha importado nunca demasiado, pero no niego que es un plus en este mundo voraz en el que vivimos. Mis últimos trayectos recurrentes fueron Madrid-Cartagena, ruta que por cierto no existe, si no recuerdo mal. Llegar a Orihuela me decía que casi estaba en casa además de recordarme a Miguel Hernández cada vez que nos deteníamos en la estación. No puedo dejar de pensar lo que sería estar dormitando en uno de sus cómodos sillones y salir volando como si no hubiera un mañana, o directamente sin que lo hubiera.
Terriblemente triste los muertos, que descansen en paz. Tristísimo también sus familias que los lloran sin entender nada y repugnante los que aprovechan estas desgracias para echar mierda sobre todo, que los hay.
Me avergüenza la época en la que vivimos.
lunes, 19 de enero de 2026
UN SALTO
La biblioteca Deichman Bjørvika desde la cubierta de la Ópera de Oslo.
El año pasado, en pleno invierno, nos dimos un salto a Oslo, a disfrutar de su palacio de la ópera, de su biblioteca pública, del museo Münch, de su maravilloso parque Vigeland... Leo un artículo de viajes en EL PAÍS titulado "Cómo disfrutar de Oslo durante los meses más fríos". Como la experiencia fue tan buena, a pesar de las bajas temperaturas e incluso del precio de las pizzas -los restaurantes más baratos-, este año me planteo la posibilidad de conocer Helsinki. La excedencia me abre nuevas expectativas y ya no será necesario viajar en fin de semana, de manera que unos días entre semana allá, en pleno febrero, será aún más barato. A ver.
Biblioteca Central de Helsinki Oodi.
domingo, 18 de enero de 2026
EL BUEN MAESTRO
Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie.
Antonio Muñoz Molina, 17.01.2026
Cabe la triste posibilidad de que la educación, en España, no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades, necesita un aprendizaje en ocasiones arduo que le ayude a comprender racionalmente el mundo, a reconocerse en la humanidad de los otros, a situarse en el espacio gracias a la geografía y en el tiempo gracias a la historia. Sin tal aprendizaje no hay posibilidad alguna de distinguir entre las cosas ciertas y los embustes, entre la astronomía y la astrología, entre la evidencia fiable y la propaganda religiosa o política, entre la justicia y la injusticia, la democracia y la tiranía.
No nacemos de la nada ni somos los primeros ni los únicos en el mundo. Desde que salimos de nuestra deliciosa condición prenatal y submarina empezamos a aprender, porque nuestro equipaje genético no nos provee con la mayor parte de las capacidades que otros animales ya tienen al nacer. Aprendemos por nosotros mismos, y aprendemos de los adultos y los niños que nos rodean, y sin los cuales nuestro aprendizaje quedaría malogrado y nuestras posibilidades de sobrevivir serían irrisorias. La mayor parte de las cosas un ser humano no las aprende solo: ni a caminar, ni a hablar, ni a leer ni a escribir. Y quien nos enseña no es el transmisor mecánico de un conocimiento, o de una destreza, o de una pantalla. Aprendes de quien amas y te ama. Después del padre y la madre, el buen maestro te enseña no solo porque sabe las cosas que necesitas aprender, sino porque pone un fervor cordial en esa transmisión, sea en una escuela de párvulos o en un aula de Instituto.
Las religiones, las ideologías racistas, las tradiciones sagradas, dividen a los seres humanos en jerarquías según ellos innatas: los hombres por encima de las mujeres, los nobles de los plebeyos, los fieles de los infieles, los ricos de los pobres, los blancos de los negros. La convicción ilustrada es que todos los seres humanos, tan diferentes entre sí en inclinaciones y caracteres, poseen una misma dignidad y un conjunto de capacidades que no están marcadas por el origen, sino que se descubren y se van desarrollando través de la buena salud y la enseñanza sólida e igualitaria. Solo así se puede lograr que cada uno y cada una den lo mejor de sí, al ejercer destrezas y formas de talento científico, técnico o creativo que de otro modo se habrían frustrado, y por lo tanto habrían empobrecido la propia vida y a la comunidad.
Estos principios tan simples no le importan a nadie, o casi. En el cochambroso gallinero del Parlamento no se oye ni una sola palabra sobre la educación, una vez que cada nuevo gobierno ha derogado la nueva ley que promulgó el anterior. Cuando entrevistan en la televisión al presidente del Gobierno llegan incluso a preguntarle por el fútbol, pero nunca sobre la enseñanza, ni él se acuerda de mencionarla. Acaba de dimitir una ministra de Educación a la que durante varios años hemos visto hablar de casi todo, salvo de los asuntos propios de su ministerio. A un gran número de padres y madres tampoco parece que les preocupe la educación de sus hijos: tan solo que el profesorado se dé cuenta de lo especiales que son sus criaturas, o de que obtengan las credenciales suficientes para hacerse ricos cuanto antes, lo cual, como todo el mundo sabe, se consigue en instituciones religiosas privadas. Lo que le importa a las consejerías llamadas de Educación, en las comunidades gobernadas por la derecha, es demoler cuanto antes la enseñanza pública, a fin de beneficiar a la privada y a la santa Iglesia. Las quejas de los profesores, según informaba Ignacio Zafra hace unos días en estas páginas, son muy parecidas en todas partes, y nos las cuentan los amigos que se dedican al oficio: en las aulas de los centros públicos hay grupos hasta de cuarenta alumnos, lo cual no solo impide la célebre “atención personalizada”, por decirlo en el lenguaje entre psicopedagógico y empresarial que se ha impuesto, sino cualquier tipo de enseñanza verdadera.
Una luminaria internacional del saber educativo, Andreas Schleichen, director de Educación de la OCDE, declaró hace unos años en este mismo periódico, en el curso de una visita auspiciada por nuestro Gobierno socialista, que una ratio de treinta o cuarenta alumnos por clase no tenía efectos perjudiciales sobre el aprendizaje. Lástima que eso no lo supieran los educadores españoles, que han de enfrentarse a esos grupos tan numerosos bajo una sombra que también es una queja universal entre ellos: el descrédito de la figura del profesor y la falta de respeto a su trabajo, compartida por los alumnos y por sus familias, y alentada por las autoridades académicas, y por esa corriente universal de desprecio al saber que viene de la mano del ascenso de la extrema derecha y el poder de las compañías tecnológicas. El profesor, la profesora, es de antemano culpable de una acusación contra él, incluso tras una agresión física. Y si los resultados académicos —puramente cualitativos— no son todo lo favorables que las estadísticas exigen, y con las que los cargos políticos aspiran a condecorarse, la culpa no será nunca de la falta de medios, de las aulas pequeñas y mal habilitadas, del exceso de alumnos, del desinterés de los padres, de la carga burocrática insufrible que la administración impone a los profesores: son ellos los culpables, por no adaptarse a las metodologías modernas, por su cabezonería en seguir creyendo en la importancia del conocimiento, y en el valor de transmitirlo con el entusiasmo necesario para que sea fértil. Un profesor extraordinario al que conozco bien, que enseña con éxito literatura en el instituto de un barrio popular de Madrid, me explica que todas estas aberraciones, tristemente abrazadas por la izquierda, tienen su origen en un informe sobre la educación del porvenir que la OCDE solicitó a la consultora McKinley. Sus conclusiones se resumían en dos puntos igual de aterradores: la escuela tenía que educar en el liderazgo para la innovación; y no tenía que promover el conocimiento, sino las “competencias”. Un programa, me dice este amigo, a la medida de un neocapitalismo de pillaje.
¿Qué competencias pueden enseñarse separándolas de ese conocimiento que tanto les desagrada a todos? ¿Pueden la creatividad o el sentido crítico ejercerse sin una formación verdadera? El conocimiento no se transmite mecánicamente, como la información que uno copia de la inteligencia artificial. La principal arma de supervivencia y progreso de los seres humanos fue la capacidad de preservar y transmitir las experiencias adquiridas gracias primero a la palabra y luego además a la escritura. Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie, de la amnesia colectiva y el cinismo insidioso para el que todo da igual, salvo la ansiosa satisfacción de cualquier capricho instantáneo. Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos, apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes y mansos en nuestro aborregamiento colectivo. En la Guerra Civil, los fascistas españoles tenían predilección por fusilar maestros. Ahora se trata de volverlos irrelevantes, de despojarlos de su dignidad y de los medios necesarios para su trabajo hasta que claudiquen y se rindan, o esperen desmoralizados a jubilarse.
EL "PREMIO"
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María Corina Machado: la gran humillación
Para apoyar la democracia en Venezuela acaso debemos promover un próximo Nobel para Delcy Rodríguez.
Berna González Harbour, 16.01.2026
Todos guardamos trofeos de barrio, de cuando ganamos un concursillo en la fiesta de fin de curso o nuestros hijos recibieron el diploma de natación. Tesoros íntimos que crían polvo en los cajones de casa como prueba de una vida con fogonazos de una alegría más grande que cualquier gordo de la lotería. No es que fueran pequeños pasos para el hombre y grandes para la humanidad, claro, sino todo lo contrario: inanes para los demás, enormes, pura ilusión para la historia íntima de aquellos a los que amamos.
Nada de ello se parece a un Nobel de la Paz, cierto, pero lo defenderíamos de cualquier caco con uñas y dientes. Pobres de los extraterrestres que quisieran invadirnos. Por ello es esperpéntica la humillación de María Corina Machado, que entrega su galardón al emperador de este nuevo régimen absolutista, doblegada, a cambio de unas migajas o nada.
Y no estamos ante una premiada que se desprende generosamente del trofeo para dedicárselo a las víctimas por las que lucha, no, sino ante el vasallaje, la rendición ante el autócrata que va a dictar el futuro de Venezuela. Se llama adulación, soborno, indecencia.
Nadie se salva en esta exhibición de humillación colectiva, en esta subasta pública de ese bazar llamado Casa Blanca a cambio de sus favores. Mucho más valioso que un galardón, Delcy Rodríguez ha entregado a Trump a su presidente Maduro (ex ante o ex post) y, sobre todo, millones de barriles de petróleo que fluirán rumbo a unas cuentas corrientes que nada tienen que ver con Venezuela. Una medallucha bañada en oro poco puede competir con semejante botín.
Los opositores, los demócratas del mundo entero y quienes queremos ver la libertad en Venezuela no hemos entendido nada. A ver si nos enteramos: para que Trump vire contra Delcy Rodríguez solo tenemos que promover un próximo Nobel de la Paz para la actual presidenta. Será la única manera de que el autócrata se enfade de pura envidia y, acaso entonces, busque otra celda en Nueva York para ella. Y una lección para todos: el pelota de la clase, aquel de quien nos reíamos por humillarse hasta su degradación, es quien gana en el mundo de hoy. El de los brutos del ICE, nuevos gladiadores al servicio de la crueldad de Trump, el de la arbitrariedad de Elon Musk y el poder de las tecnológicas en alianza con la nueva autocracia que quiere aplastar a los débiles. La ley del más fuerte ha vuelto y gana quien soborne mejor.
Y la culpa de esto no es de Sánchez. Ni de Zapatero.
46 AÑOS
A estas alturas de mi vida he descubierto que soy trans. Pasmoso, pero cierto. Para ser exactos, soy transtemporal.
Rosa Montero, 18.01.2026
Quiero hacer un anuncio importante. Una declaración para mí colosal. A estas dilatadas alturas de mi vida he descubierto que soy trans. Pasmoso, pero cierto. Para ser exactos, soy transtemporal. Antes de seguir, me gustaría dejar bien claro que este texto no encierra ni el más mínimo asomo de burla sobre la transexualidad, que siempre he defendido y apoyado plenamente. Pero es que lo que me sucede tiene curiosos paralelismos con la transexualidad, esto es, con el convencimiento de que no te reconoces dentro de tu aparente identidad. Un sentimiento, lo sé, muchísimo más doloroso para las personas transgénero. Pero lo mío también tiene bemoles.
He descubierto mi transtemporalidad de golpe y porrazo a principios de este mes de enero, en concreto el día 3, que fue mi cumpleaños. Y cumplí, me cuesta confesarlo, se me enredan las palabras en la lengua, me arden en la garganta, me espeluznan, cumplí, ¿lo diré de una vez?, cumplí SE-TEN-TA-Y-CIN-CO-A-ÑOS. Ya está. Ya lo he soltado. Lo he admitido. ¡Pero no lo he reconocido! Ese es el problema. Me resulta absolutamente imposible, y lo digo muy en serio, creerme, sentirme, aceptarme, saberme de esa edad. Hay una disforia total con mi cuerpo septuagenario. No soy así. No soy esa. Por dentro no sé qué edad exacta tengo, pero desde luego sigo siendo joven. En cualquier caso, NO PUEDO TENER 75 AÑOS. Es ridículo. Es obsceno. Es una broma pesada.
Ya lo decía Oscar Wilde, que tiene una frase brillante para todo. Decía: “Lo malo no es envejecer, lo malo es que no se envejece”, refiriéndose justamente a que el cuerpo va cumpliendo años, pero por dentro te sientes siempre igual, de manera que cada día la distancia entre la subjetividad y la realidad se va haciendo mayor, hasta llegar al desencaje total, a la descompensación más pavorosa, a esta transtemporalidad que experimento. ¡Y eso que el pobre Wilde murió con 46 años, una edad que ahora considero de juventud radiante!
Todo el mundo me dice que parezco más joven y yo sé que es así, pero no importa, o, mejor dicho, sí que importa y me alegro y lo disfruto, pero no tiene nada que ver con ser transtemporal, esto es, con mi absoluta incredulidad ante el hecho inadmisible y por completo incomprensible de que, por lo visto, mi cuerpo tiene 75 años. Que no, que no. Que no puede ser.
Supongo que la transtemporalidad es un fenómeno bastante extendido, o eso indicaría la frase de Wilde, pero también sé que no todo el mundo sufre un extrañamiento tan radical como el mío. Quiero decir que soy una trans total. Nunca me imaginé de mayor. Nunca pensé que podría llegar a ser tan mayor. Cuando tenía 20 años, miraba con el rabillo del ojo a la gente de más de 60 y me espantaba, no porque fueran viejísimos, o eso me parecían entonces, sino porque pensaba: míralos, tienen más de 60 y entran y salen tan contentos, y van al cine, y se toman una paella en el chiringuito ¡cuando están tan cerca de la muerte! Si yo tuviera su edad, me decía, estaría metida debajo de la cama aullando de miedo. Creo que tuve tanto pavor a la muerte durante tanto tiempo que me concentré en superar eso; y me siento orgullosa, porque ahora, mucho más que sesentona, no estoy escondida debajo de la cama dando alaridos de terror. Algo hice bien (creo que fue escribir) y hoy me asusta menos morir que cuando era una veinteañera. Pero quizá esa larguísima pelea me hizo no poder mirar con naturalidad hacia la vejez. Nunca logré aprender cómo sumar años.
En parte debe de ser una cuestión de carácter. Algunas personas sentimos lo que expresó tan bellamente Dylan Thomas en el famoso poema que escribió a su padre agonizante: “No entres dócilmente en esa buena noche / Que al final del día debería la vejez arder y delirar; / enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”. Esto es, unos se dejan llevar y otros nos enfurecemos y deliramos (pues es un delirio no poder aceptar que he cumplido tres cuartos de siglo). Por último, supongo que también influye el hecho de ser novelista. Porque es la niña interior la que escribe, y esa niña se empeña en no crecer.
Total, el caso es que soy trans. ¡Reclamo el reconocimiento de la transtemporalidad! ¡Librémonos de la represora convencionalidad de los calendarios y de los años nuevos! ¡Autodeterminación temporal, ya! Yo he decidido tener de ahora en adelante y para siempre 46 años (en honor a Wilde) hasta arder con furor cuando mi luz se apague.
GOLPES EN LA FRENTE
Me levanto de la cama a las 8:30h, todo un récord conociendo lo conocido, con el despertador apagado desde que empecé las surrealistas vacaciones de este año ¿o debo nombrarlas como las del año pasado? Sea como sea, agotado el ecuador de ellas, sigo aquí, en el inexorable curso del tiempo hasta esta nueva etapa vital.
Y no está resultando fácil la cosa, todo lo contrario. En mi trabajo que dejo no cesan en enviarme notas, mensajes e incluso nuevos expedientes como si nada hubiera cambiado y es justo todo lo contrario. Sabido es que aún resuelvo algunas cosas cada mañana temprano -quiero irme con la conciencia tranquila-, y como las noticias vuelan, parece que se agarran a un clavo ardiendo por si lo mío es una pataleta. No han entendido nada.
Intento estar a la altura, respondo calmado, pero de nada sirve. Sólo el tiempo, como en tantas cosas, podrá calmar las aguas y colocar las piezas en su sitio.
Me cuesta también lo del parón político, lo de no escribir sobre lo que acontece me resulta casi insoportable; ¿cómo permanecer impasible ante lo que está ocurriendo el el mundo? ¿Cómo no estremecerse cada mañana temerosos de leer las portadas de los periódicos? Llego a pensar que está siendo peor el remedio que la enfermedad. Todo ha llegado a un punto tan extraño -y únicamente vamos por el año 1, quedan 3 más- que acabaremos perdiendo la capacidad de asombro ante lo que podamos llegar a ver. Son tantas las preguntas que se van acumulando que empiezan por "¿Y sí..."? Cualquier respuesta da miedo, o por segura o por imposible y absurda. Pensábamos que ya estaba todo escrito, todo visto, pero craso error, la Historia se escribe cada día y siempre puede regalarnos alguna sorpresa. Muerto el perro se acabó la rabia, decían. Pero no nos engañemos, ahora hay tantas razas de perros que tendremos jauría para rato.
Hablando ayer con mi amigo P, que me comentaba algo sobre la actualidad Europeodanesa, acabé diciéndole que sentía esto, sobre todo, por su hijo de 9 años. ¿Qué mundo les vamos a dejar a ellos?
Hoy es domingo, un día para estar relajado y, como niños en el asiento trasero de un viejo FIAT-125, escuchar de fondo el sonsonete de Radiogaceta de los deportes mientras la cabeza da golpes con la frente en el cristal para no dormirse. Claro que igual lo bueno sería dormirse y despertar al llegar a casa... pero ¿qué casa?
sábado, 17 de enero de 2026
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