miércoles, 6 de mayo de 2026

LA COMPASIÓN


Sandra Baquedano, filósofa ambiental: “Sería maravilloso que la compasión estuviese más presente en nuestras relaciones con otros seres”
La académica de la Universidad de Chile discute los temas presentes en su libro ‘La naturaleza encasillada. Una revisión de hábitos mentales para una ética de la sobrevivencia’.
Pablo Marín, 04.05.2026

Varias estaciones tiene la vía que lleva hasta La naturaleza encasillada. Una revisión de hábitos mentales para una ética de la sobrevivencia (FCE, 2025), libro ensayístico de Sandra Baquedano Jer (Valparaíso, 46 años), profesora titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile. Y acaso la primera de ellas es la cuenca del río Bíobío, en la región del mismo nombre, a unos 500 kilómetros al sur de Santiago. Hasta allá llegó a mediados de los 90 la futura académica y ensayista, por entonces estudiante de secundaria movilizada en oposición a los proyectos hidroeléctricos que habían empezado a desarrollarse ahí.

“Me tocó vivir de cerca la construcción de las centrales hidroeléctricas”, cuenta, instalada en su oficina del quinto piso de la Facultad de Filosofía y Humanidades, a su vez inserta en el campus Juan Gómez Millas, comuna de Ñuñoa, al oriente de Santiago. Y agrega: “Me enteré de lo que estaba pasando en ese tiempo y pude conocer de cerca la realidad de los pehuenches [pueblo montañés integrado a la etnia mapuche], el desplazamiento que hubo en estas comunidades”.

Estaciones bien posteriores fueron la Universidad de Leipzig, donde se doctoró con una tesis sobre el concepto de nada en el sistema metafísico de Arthur Schopenhauer, así como expediciones en la idea de compasión, en la eco-ética, la naturaleza del suicidio y la filosofía ambiental contemporánea. En esta última línea ha echado manos a términos que irrumpieron con fuerza en ciertos medios culturales y académicos, como Antropoceno (época geológica caracterizada por el impacto y el dominio de las actividades humanas sobre el planeta), especismo (la discriminación basada en la especie) y ecocidio, entendido como un proceso masivo de extinción de especies generado por el ser humano. Y si esto último puede devolverse contra quienes lo generan, habla de ecosuicidio (así como de una ecosuicidología).

“Agente ecocida de fuerza global”, escribe la autora en el sexto capítulo, “el ser humano, mediante hábitos mentales y conductas concretas, está perpetrando un evento de gran extinción masiva de especies, convirtiéndose no solo en un poderoso agente capaz de hacer transformaciones a escala geológica, sino en uno que puede exterminarse a sí mismo en sus actos”.

Defensora de un ethos femenino proclive al cuidado y la conservación de la naturaleza, la académica pasa revista en su obra a los distintos modos humanos de apropiarse del entorno, de medirlo y usarlo para la satisfacción de sus propios fines y de entenderlo como algo que está a su disposición, como si no hubiese en ello otros propósitos o posibilidades: en la modernidad, afirma, “la tradición occidental eleva a nivel de sabiduría filosófica el tener una visión más bien instrumental y funcional de la naturaleza”.

¿Cómo llega a plantearse las cosas en estos términos? Entre la serenidad y la convicción, cuenta que en su caso se dio un interés en fenómenos como el del “sufrimiento en el mundo”: “Me pareció interesante indagar en el hecho de que no solo es algo que puede sentir el ser humano, sino que posiblemente es extensible a otras especies. Ahí comencé a investigar en el especismo, la ética animal, la ética ambiental, o sea, no solo enfocada en las relaciones entre los seres humanos”. Y tal acercamiento, aclara, “no necesariamente se da a través de obras de filosofía, sino de los problemas mismos de la vida, de un acercamiento más bien intuitivo, directo”.

Ya instalada en su discurso la sintiencia (la condición de los seres, humanos o no, capaces de sentir), suma Baquedano la cuestión “bellísima” y “muy profunda” de la compasión, entendida como un sentimiento “muy distinto a la lástima”, que “tiene que ver con una incomodidad personal por el dolor o el sufrimiento del otro”. Su idea es entender el compadecimiento como un “olvidarse de uno y dejarse llevar por el padecimiento del otro”.

Así las cosas, “puede haber también una compasión extensiva: un estado más profundo de la conciencia en que uno se identifica con el sufrimiento del otro. Estoy pensando en una apertura al misterio del padecimiento en las especies no humanas; en una disposición que procura la compasión activa, o sea, que lleva a emprender acciones con la intención de menguar el dolor del otro. Es un rasgo muy positivo del ser humano, y sería maravilloso que estuviera más presente en las relaciones que establecemos con los otros seres”.

Por así decirlo, no todo se trata de nosotros, los seres humanos, por lo cual no deberíamos ser el centro de todas las cosas, incluso cuando nos hemos atribuido el ser creados “a imagen y semejanza” de una entidad divina (por ahí transita el teonarcisismo del que se habla en La naturaleza encasillada). Se ha escuchado mil veces, pero cabe insistir, parece pensar la ensayista, quien cuestiona así la antigua máxima de Protágoras: el hombre (el individuo humano) “es la medida de todas las cosas”.

Naturalmente, hay más vías para entrarle al asunto. “Estoy pensando, por ejemplo, en el debilitamiento de la creencia de que el ser humano es el centro exclusivo de la experiencia estética, o en la apertura a la sensibilidad no instrumental de la naturaleza en un sentido desinteresado, o en ver el entorno como un coagente de la experiencia estética. Todas estas son salidas que pueden ayudar a remover nuestro antropocentrismo”.

Concede Baquedano, dicho lo anterior, que hay un antropocentrismo epistémico: que “no podemos salir de la percepción del mundo derivada de nosotros. Somos seres humanos, y entonces miramos con los ojos de un ser humano. Pero es distinto cuando se eleva ese antropocentrismo a un nivel moral. Ahí, empezamos a organizarnos de manera funcional, a pensar que el resto de las especies han sido creadas para que nos sirvan, o simplemente a usarlas como meros medios, sin considerar que son fines en sí mismos, que tienen un valor intrínseco más allá del que yo pueda otorgarles”.

Esto último se topa con un tema que en 2022 trascendió la discusión académica y se instaló en medio de la campaña del plebiscito por una nueva Constitución: los derechos de la naturaleza. A su juicio, este ítem “fue objeto de una discusión que se politizó, pero creo que debiera ser un objetivo transversal y, en lo colectivo, un desafío-país: promover y tener relaciones menos lesivas con el resto de los seres vivos”.

En lo que toca a cada uno de nosotros, el señalado desafío pasa por “conocer los propios hábitos mentales para luego poder distanciarnos de ellos, poco a poco, así como de las formas de discriminación basadas en la especie o en el antropocentrismo elevado a una máxima ética”. No puede ser, cree Baquedano, “que la protección de los animales o de nuestros bosques dependa del Gobierno de turno: no somos individualidades aisladas del resto, sino que llegamos a ser en nuestra relación afectiva con otros seres vivos. Con ellos conformamos de manera colectiva ecosistemas, compartimos hábitats donde nos vamos desenvolviendo”.

Por lo tanto, “los móviles enfocados en el cuidado de un solo individuo, miembro de una especie en particular, y que avalan distintas formas de discriminación a otros seres vivos, van afectando el ecosistema entero. Nosotros compartimos la biósfera con el resto de las especies, e incluirlos a ellos en la esfera ética mejoraría no solamente nuestra relación con ellos, sino también la propia relación que vamos a tener con el resto de las personas”.

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