Para el Romanticismo la naturaleza no era un lugar de recreo, era el escenario de lo sublime. Hoy, de la mano de los teléfonos móviles, hemos convertido el horizonte en un simple decorado borroso.
Jorge Herrero, 26.03.2026
Si un antropólogo del futuro estudiara nuestras costumbres turísticas, concluiría que el ser humano del siglo XXI padecía una extraña fobia a los paisajes. Llegamos al cabo de Finisterre o a los acantilados de Moher, nos detenemos ante una de las maravillas naturales más sobrecogedoras de la Tierra y, en un gesto casi automático, nos damos la vuelta. Le damos la espalda a la inmensidad, levantamos un brazo articulado de plástico y clavamos la mirada en una pantalla de cristal de seis pulgadas. Casi sin darnos cuenta, hemos convertido el horizonte en un simple decorado borroso. La naturaleza ya no parece un lugar que experimentar, sino un fondo de estudio fotográfico para certificar nuestra presencia.
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