Cosas que resultaron falsas (en estos últimos 50 años)
La acumulación de cambios estructurales, sucesos inesperados, azar e ignorancia dificulta enormemente la anticipación de lo que está por llegar.
Ignacio Sánchez-Cuenca, 05.05.2026
https://elpais.com/opinion/2026-05-05/cosas-que-resultaron-falsas-en-estos-ultimos-50-anos.html
Es posible que les haya llegado la noticia de que EL PAÍS celebra su 50º aniversario. Enhorabuena por ello. Como yo era un niño repelente, empecé a leerlo desde el primer día; siempre estaba en mi casa. Y ya cogí el hábito. No voy a endilgarles otro artículo nostálgico al respecto. Más bien, quisiera aprovechar la ocasión para reflexionar brevemente sobre algunas ideas que fueron populares e influyentes en algún momento de los últimos 50 años, pero que, con el paso del tiempo, se demostraron equivocadas. Es un ejercicio de sano escepticismo, pues nos previene frente al exceso de confianza en nuestro propio conocimiento de la realidad social.
El mecanismo detrás de estos fallos es siempre el mismo y puede resumirse de forma muy breve. Para entender el presente, estudiamos el pasado, tratamos de encontrar explicaciones de cómo hemos llegado a un cierto punto y luego proyectamos las tendencias pasadas hacia el futuro. Esas anticipaciones del porvenir son poco más que conocimiento inductivo: como algo ha funcionado hasta el momento, suponemos que lo seguirá haciendo después. Sin embargo, a veces el mundo cambia de formas que no podíamos anticipar. Así ocurre cuando se alteran las tendencias del pasado que utilizamos para imaginar lo que vendrá. La consecuencia es que fracasamos con mucha frecuencia en nuestros pronósticos.
En las ciencias sociales, por ejemplo, se ha defendido durante mucho tiempo que las democracias siempre sobreviven en países con altos niveles de desarrollo. Tener un elevado PIB per capita es la mejor forma de estabilizar un sistema político. Sin embargo, estamos en medio de un proceso que nadie había previsto: la involución autoritaria en Estados Unidos, la democracia más antigua del planeta (con su pecado original, el esclavismo) y también una de las más ricas. No cabía imaginar que el perdedor de unas elecciones presidenciales en aquel país pudiera cuestionar los resultados y alentar un asalto al Congreso como el de enero de 2021; ni que ese candidato volviera a ganar las elecciones y, de nuevo en el poder, se esté dedicando a desmantelar el entramado institucional y jurídico que sostiene la democracia representativa. No sabemos hasta dónde llegará y por lo tanto el veredicto de la Historia no se ha producido aún. Si la democracia norteamericana colapsa, casi todo lo que sabemos sobre regímenes políticos requerirá una revisión profunda. Si se mantiene, la teoría puede quedar incluso reforzada. Quien ha defendido con mayor rigor y constancia la tesis de que las democracias ricas son invulnerables es Adam Przeworski. En el diario que ha escrito durante los seis primeros de la segunda presidencia de Trump, se debate continuamente entre los resultados de sus análisis estadísticos (la democracia sobrevivirá en Estados Unidos dado su grado de riqueza) y su experiencia civil de un régimen político que se cae a pedazos (Los diarios de ‘Pérez’. La agonía de la democracia en Estados Unidos, Contexto, 2025). Todo depende de si las tendencias pasadas siguen operando o estamos entrando en un mundo nuevo en que se ponen en marcha tendencias nuevas y desconocidas.
Bastante peor le fue a la tesis del fin de la historia de Francis Fukuyama, formulada en agosto de 1989. En un penetrante artículo, luego convertido en libro, Fukuyama defendía que ya no habría alternativa al principio de legitimidad democrática y, por tanto, era una cuestión de tiempo que todos los países acabaran siendo democracias (lo que, entre otras cosas, supondría el fin de las guerras, pues las democracias no guerrean entre sí). Basta echar un vistazo a la situación internacional para darse cuenta de que el mundo no ha avanzado en esa dirección, el autoritarismo vuelve a ganar posiciones y China representa una alternativa poderosa a la democracia liberal.
Durante los años ochenta y noventa del siglo pasado, se habló mucho de que Estados y naciones habían entrado en una crisis profunda e irreversible. Se describían como reliquias decimonónicas destinadas a desaparecer. El supuesto de partida era que a medida que los países se volvieran más interdependientes en un mundo globalizado, Estados y naciones quedarían debilitados, sin una función clara que cumplir. El futuro era cosmopolita, habría cada vez más “ciudadanos del mundo”. En Europa, esta forma de entender el momento histórico fue especialmente importante para relanzar el proyecto de integración supranacional que, por momentos, adquirió gran empuje en los quince años que van de 1985 a 2000. Parecía que los Estados acabarían subsumiéndose en entidades supranacionales blandas, basadas en reglas y no en la fuerza. El mundo, sin embargo, no ha avanzado en esa dirección. Sectores amplios de las sociedades contemporáneas demandan Estados fuertes, que nos protejan frente a un orden internacional caótico, así como naciones que recuperen la soberanía perdida en tiempos de globalización. El éxito de la derecha autoritaria en el mundo se basa en haber dado voz a esa demanda, ignorada por los partidos tradicionales. Todo esto le ha pillado a la Unión Europea (UE) con el paso cambiado. La UE se concibió para un mundo posestatal en el que la seguridad no figuraba como una prioridad. De ahí el desconcierto actual. Desviándose de su propósito fundacional, ahora la UE quiere convertirse en un actor con capacidad para defenderse frente a potencias rivales.
En otro orden de cosas, hubo cierto consenso en su momento en torno a la tesis de que el desarrollo del capitalismo nos conducía a sociedades desideologizadas, dominadas por el consumismo, de manera que la política sería sobre todo un asunto de gestión, no de modelos alternativos sobre cómo organizar la economía y la sociedad. Algo de verdad podía haber en aquella tesis, pues el capitalismo se ha convertido en una realidad rocosa, casi natural. Sin embargo, no estaba en el guion que acabáramos completamente “polarizados”, ni que todo se haya politizado hasta extremos inauditos. Ha sido una evolución inesperada, que nos conduce a sociedades profundamente divididas sobre cuestiones morales y culturales, pero también intrínsicamente políticas (desde la inmigración a la crisis ecológica). No hay las mismas oposiciones ideológicas que en el siglo XX, pero es indudable que la ideología no solo no ha desaparecido, sino que, con nuevos ropajes, se ha reforzado.
Estos problemas de pronóstico también se producen fuera de las ciencias sociales. En el campo tecnológico ha habido innumerables predicciones fallidas. No sé si recuerdan la matraca que tuvimos que aguantar con que el mundo se volvería irreconocible con la llegada del “metaverso”. De aquello no quedó nada. Y en materia energética y medioambiental, debo confesar que yo viví angustiado de joven con las predicciones sombrías del Club de Roma sobre el agotamiento de los recursos. Es sin duda cierto que los combustibles fósiles son finitos, pero su agotamiento no se ha producido al ritmo previsto, gracias al descubrimiento de nuevos yacimientos, a cambios tecnológicos y a nuevas políticas públicas. Nada es nunca como nos imaginamos.
En fin, la acumulación de cambios estructurales, sucesos inesperados, azar e ignorancia dificulta enormemente la anticipación de los cambios que están por llegar. Todo esto conduce a un escepticismo resignado y a cierta modestia sobre nuestras capacidades cognoscitivas. Sabemos mucho más sobre lo que ha pasado que sobre lo que pasará. Es completamente lógico que sea así, los puntos de inflexión son muy difíciles de reconocer sobre la marcha, aunque todos tengamos la impresión de que estamos ahora mismo en uno de ellos.
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