domingo, 3 de mayo de 2026

COMO QUEMAR LIBROS


El veranillo de la vida
Serrat y Trump muestran dos maneras muy diferentes de ser viejo.
Elvira Lindo, 03.05.2026

Joan Manuel Serrat tiene 82 años. Donald Trump tiene 79. Por fortuna para nosotros, no hay en ellos asomo de parecido alguno, salvo que son viejos, Serrat un poco más. Digo “viejos” utilizando la misma palabra, tan denostada, que usó el artista el otro día en unas jornadas sobre eso que se llama colectivo de la tercera edad que tenían lugar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. Decía Serrat sentirse en ese tiempo de propina en que a menudo el alma suele conversar consigo misma. Ese veranillo de la vida, decía citando al filósofo francés Pascal Bruckner, un regalo del que se siente agradecido. En un discurso cargado de emoción, Serrat afirmaba que ignorar a los mayores, su opinión y su memoria, es algo así como quemar libros. No puedo estar más de acuerdo y observo a menudo ese odioso tonillo condescendiente que se suele emplear para hablar con las personas mayores no solo en el trato cotidiano sino también en conversaciones públicas, como una prueba hiriente de cómo se las intenta aniñar como si fueran ciudadanos que ya no cuentan salvo como personajes pintorescos.

Desde que Donald Trump comenzó su segundo mandato y alteró el equilibrio mundial con continuas decisiones criminales y arbitrarias (salvo para mejorar su fortuna), venimos escuchando con insoportable frecuencia que todo es consecuencia o bien de la locura o bien de la edad. Un viejo chocho, en suma. Justo lo mismo que él dice de su predecesor Biden. Esa descripción contiene dos desprecios alarmantes: el que se refiere a los enfermos mentales, dado que un porcentaje altísimo jamás hace daño a nadie y vive agazapado en su miedos, y el que señala a los ancianos, a los que haciendo tabla rasa se les considera incapaces de razonar con sensatez. En el mundo artístico de vez en cuando al viejo se le bautiza como maestro, para tenerlo ahí, oh, aislado, melancólicamente envanecido en una urnita previa a la tumba. Se olvidan, quienes en la arrogancia de la juventud (a menudo hoy alargadíiisima) encierran a la ancianidad en un colectivo que desean callado y entrañable, que mucho antes de lo que piensan tomarán el relevo. Fiera venganza la del tiempo, que decía el tango. Olvidan, por encima de cualquier consideración, que la edad no cambia demasiado el carácter: nos parecemos tanto a quienes fuimos, que miedo da observar que a pesar de la experiencia conservamos temores, manías y dulzuras de la niñez. Y en ese convertir a los ancianos en un grupo uniforme no advierten que un hombre como Serrat sabe disfrutar de sus ilusiones, como muchos y muchas de su edad, compartir su opinión autorizada y mejorarnos con la voz de la experiencia. En cuanto a Trump, es el mismo cretino que cuando era joven, así que quien asegura que es la edad lo que le ha cambiado es porque ignora su biografía. Esta semana un psicoanalista francés, también anciano, del que he olvidado el nombre, decía que Trump poseía sin duda una personalidad psicopática con unos valores aprendidos en la infancia que priorizaban su ambición por el dinero por encima de cualquier atisbo de piedad humana. Así fue cuando su padre lo mandaba a cobrar los alquileres del marrullero negocio inmobiliario, cuando rechazaban a inquilinos negros, cuando tomó como mentor al indecente Roy Cohn, cuando en su relación con las mujeres solo conocía las tretas del abusador, cuando exhibía su verbo grotesco en un show televisivo. Todo estaba ya a la vista. Y aun así le votaron. La diferencia entre aquel joven y este es la edad, simplemente. Hoy el nivel de testosterona de Trump es sin duda mucho más bajo, pero ser presidente le permite desahogar su chulesca masculinidad de mil maneras. Sin importarle el prójimo, gusta de invadir países, bombardearlos, expulsar inmigrantes, plantar su rostro en el pasaporte de sus súbditos. Ilusiones del pobre señor. Las de Serrat, para suerte nuestra, son llamativamente distintas.

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