jueves, 30 de abril de 2026

POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

El derecho a tener derechos
Jaime Rubio Hankock, 29.04.2026

Buenas:

‌El truco tiene siglos de historia: los cristianos provocaron el incendio de Roma; los judíos envenenaban los pozos y causaban epidemias en Europa; los burgueses e intelectuales eran los enemigos del pueblo en la China de Mao; los tutsis eran los causantes de todos los males de Ruanda antes del genocidio de 1994… A todos se les culpó de crisis que no habían creado.

‌El chivo expiatorio de Occidente en la actualidad son los inmigrantes, a quienes se responsabiliza de todos los males de la sociedad. Los problemas complejos (vivienda, seguridad, paro) tienen una solución única, sencilla, simplona y, también, falsa: expulsar a los que han venido de fuera.


De ahí viene la discriminación por origen que intenta imponer Vox en España, lo que el partido llama “prioridad nacional”. Por suerte, es anticonstitucional e ilegal, y de momento en Aragón y Extremadura el intento se ha quedado en dar más facilidades en el acceso a algunas ayudas a quienes lleven unos años empadronados en la comunidad autónoma. A efectos prácticos eso discrimina a algunos extranjeros (no a todos) y a los españoles que acaban de llegar (o regresar) de otras comunidades. Pero el objetivo de Vox no se le escapa a nadie: cambiar la ley e ignorar la Constitución para imponer una ciudadanía de primera, la de los españoles (y no todos), y una ciudadanía de segunda, la de los extranjeros y descendientes de extranjeros (sobre todo si vienen de los países equivocados y tienen un tono de piel más oscuro).

De chivos expiatorios sabía mucho la filósofa Hannah Arendt, que tuvo que huir de la Alemania nazi. En Los orígenes del totalitarismo, publicado tras la Segunda Guerra Mundial, Arendt explica cómo la dictadura de Hitler impuso una deshumanización burocrática a los judíos: el nazismo les fue despojando de derechos gradualmente y fue creando un grupo de parias a los que se podía culpar de cualquier problema en cualquier momento. Este aislamiento hizo más fácil que el resto de ciudadanos los deshumanizara y que el régimen no se encontrara con apenas trabas al pasar de los guetos a los campos de trabajo y luego de exterminio.

Arendt también habla en su libro de los apátridas y refugiados que huyeron de Alemania y de otros países ocupados durante la guerra, como ella misma. Recuerda que, sobre el papel, todos tenemos derechos humanos que supuestamente ningún tirano nos puede arrebatar, pero estos expulsados se encontraban con que ningún Estado, ninguna comunidad política, se los garantizaba, por lo que esos derechos quedaban en meras palabras. Algo similar ha pasado recientemente con las detenciones y expulsiones sin respeto a las garantías judiciales en Estados Unidos durante el último año. Y si la prioridad nacional sale adelante, estaremos en una situación comparable: cientos de miles de personas verán arrebatados sus derechos solo por su país de origen, incluso aunque su situación en España sea legal.

Por eso Arendt defiende el “derecho a tener derechos”. No es que los inmigrantes tengan que ganarse o que merecer ciertos derechos, es que ya los tienen. El deber del Estado solo es garantizarlos, no concederlos.


Me explico: no tenemos derecho (por ejemplo) a ayudas al alquiler. Por desgracia (o por ineptitud), hay más demanda que oferta, por lo que hemos de acordar un criterio para decidir quién accede a ellas y quién queda fuera. El derecho a tener derechos quiere decir que podemos pedir estas ayudas sin que se nos discrimine de entrada por razón de origen (o por motivos similares), aunque luego se nos descarte porque hay gente que las pueda necesitar más. Quizás no tenemos derecho a esas ayudas concretas al alquiler, pero, y esto es lo importante, tenemos derecho a tener derecho a esas ayudas. Si no tenemos derecho a tener derechos, el sistema entero se convierte en arbitrario. Cualquiera de nosotros podríamos perder derechos por otros motivos, como ser mujer o haber militado en algunos partidos políticos.‌

La deshumanización burocrática que critica Arendt niega que los marginados, los grupos convertidos en parias, sean iguales ante la ley. Y en eso consiste (o quiere consistir) la “prioridad nacional”, en negar la igualdad a los grupos que no gustan a Vox. El primer objetivo es dificultar o impedir el acceso a ayudas a los residentes y luego se irá, como ya ha avisado la formación en otras ocasiones, a por quienes tienen la nacionalidad, pero que Vox no considera españoles de verdad, como los hijos de extranjeros. Y se buscará la forma de que esto solo afecte a los Mohammed Aziz y no a los Hermann Tertsch.‌

Para evitarlo, hemos de pasar de la deshumanización burocrática al liberalismo burocrático: todos somos iguales ante el papeleo. Tú eres español si tienes la nacionalidad española o residente si tienes el permiso de residencia. No hay gente más española que otra y todos los españoles son “de verdad”, sin que haya españoles "de mentira". Lo que uno sienta no pinta nada a la hora de pagar impuestos y menos aún lo que uno sienta hacia los demás.

Por supuesto, para este liberalismo burocrático hace falta un papeleo más humano y más accesible. En La utopía de las normas, el sociólogo David Graeber recuerda cómo la burocracia no es neutral, sino que también reproduce estructuras de poder. De hecho, uno de los problemas de las ayudas no es solo que haya pocas, sino que la gente que más las necesita a menudo no sabe que existen o cómo acceder a ellas.

Y también por supuesto, es difícil establecer criterios justos y objetivos para todos los trámites y servicios públicos. Pero conviene recordar para qué sirve el Estado de bienestar: para asegurar la igualdad de oportunidades y proporcionar una red de seguridad que nos permita no solo prosperar de modo individual, sino colaborar en la construcción de una sociedad común, como defendía Arendt. Una idea útil a la hora de pensar en estos criterios es la del velo de la ignorancia del filósofo estadounidense John Rawls: los criterios de una sociedad justa se deciden sin saber qué posición ocuparemos en ella. Según Rawls, en este escenario todos nos imaginaremos a nosotros mismos en la situación más desfavorable, por lo que optaremos por una sociedad que nos proteja: querremos un país en el que no se nos castigue por ser pobres o por haber nacido en el lado equivocado de la frontera. Querremos una sociedad justa y no un país de castas.‌

Todo esto es aún más básico que las leyes de extranjería: se trata de cómo debemos tratar a gente que ya vive aquí, que está construyendo el país con nosotros y que tiene no solo derechos, sino derecho a tener derechos. Mucha gente habla hoy en día de cómo la inmigración es, supuestamente, un peligro para la identidad y los valores occidentales. Pero si queremos defender estos valores, entre los que se incluye el respeto a los derechos humanos, no podemos renunciar a ellos. Y si queremos que los demás aprecien la importancia de estos valores y los adopten como propios, hemos de empezar dando ejemplo. No podemos exigir a nadie que respete los mismos principios que nosotros traicionamos.

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