Pobre santo éste que se celebra sumergidos todos en este mundo de mierda.
No me gusta el mundo en el que vivo, y me preocupa. Mucho.
La Historia nos ha enseñado tantas veces sus fauces que da miedo ver cómo se repiten una y otra vez hechos que pensamos que habían quedado olvidados. Me niego a acostumbrarme a leer sobre Hitler hoy, como si fuera lo más normal del mundo. Me preocupa y me da miedo, insisto.
Ojalá pudiera conseguir que todo esto me resbalara, sentarme en el sofá y ver pasar la vida por la pantalla del televisor sin involucrarme en nada, ojalá.
¿Ojalá?, pero ¿a quién quiero engañar? Ni de coña, sería otra persona que no soy. Un parásito. Lo acepto, soy como soy y formo parte del mundo, sea un grano de arena, una cagada de perro (oh, ¡qué perrito más bonito!) o una gota de agua, pero ya se sabe que agua que se estanca... Mosquitos tengo suficientes en mi vida.
Ni siquiera San Valentín y tanta babosería amorosa logran eclipsar toda esta basura informativa que nos cae del cielo, o mejor dicho del infierno. Trump everywhere, Ucrania, pobre Ucrania, si te he visto no me acuerdo, país que se reparten unos y otros mientras el mundo los ve a través de las noticias en directo; Gaza, otro trozo del pastel; atropello multitudinario en Múnich, terapias de reconversión a estas altura de la película (pero Madrid, ¿en qué te has convertido? ¿en qué te han convertido? ¿De verdad te/nos merecemos a Isabel Ayuso?).
A ver, ¿cómo podré superar esto que me consume? El café es una opción, pero no sé yo si servirá. Las pastillas también, pero andar mamado por la vida no es solución tampoco. La lectura ayuda, y la buena conversación y el amor, y todo eso, pero...
Hoy es viernes, me voy a El Hierro, aunque por trabajo, pero El Hierro es siempre El Hierro. Abriré los pulmones y la mente para imbuirme de su energía política y que le den a Ayuso, al otro y a la Iglesia.

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