Salman Rushdie se negó a llamar por su nombre al que atentó con su vida en 2022, hecho que le causó innumerable heridas y la pérdida del ojo derecho; "cuchillo", repetía como sustantivo.
Ésta es una buena estrategia siempre, no verbalizar es ignorar de alguna manera.
Si cuando la crisis del 2008, la del COVID (crisis es una palabra poco adecuada, mejor caos), la sombra de la ultraderecha mundial que, como la del ciprés, es laaaaarga, o el asunto de las últimas elecciones en España y el process y viceversa, fue una magnífica opción el apagón informativo, hoy se hace más necesario que nunca.
La psicología nos invita a alejar a las personas tóxicas de nuestro entorno, a no dejar que los abusones nos controlen y esas otras guindas de la autoayuda. No les des el poder, me decían el otro día, ¡ignóralas! Sin público no hay show, me repetía una y otra vez.
Pues sí, a eso vamos. A aquél que reina allende los mares con su pelo parecido a las pelucas de payaso que comprábamos en EL KILO unos días antes de la cabalgata (cuando los Carnavales eran y no ahora que son y se denominan en singular: el Carnaval), el ruso y el argentino, entre otros, hay que castrarles el nombre, ni mencionarlos, no darle pábulo alguno, a ver si de una vez se desvanecen. De lo que no se habla no existe. Es una ingenuidad por mi parte, lo sé, ¿pero nos nos repinen hasta la saciedad la chorrada del querer es poder? Yo aún espero mi casa en el lago, y mira que no sólo la quiero sino que la necesito -y sería de justicia que la tuviera, o tuviese-.
¿Imaginan una mañana donde las primeras páginas de los periódicos no hablasen de la actual USA, de la guerra, de la ultraderecha y sus reuniones en Madrid o del cumpleaños del emérito (y sus miradas de complicidad con las infantas) en Abu Dabi?
Sería el paraíso.
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