Vivo en un barrio pequeño al borde del mar, y digo barrio porque no creo que podamos entenderlo como pueblo, ni siquiera como uno chico; no tenemos estanco, ni iglesia, ni siquiera un bar como tal, pero en cambio contamos con escaleras para entrar en el mar, un pequeño paseo marítimo, aparcamientos, viento y mucha tranquilidad.
Hablaba el otro día con un buena amigo que había estado en una reunión de trabajo y venía encantado del lugar. ¡Me encantó donde vives!, me decía. Estar en mi casa es un placer, te lo aseguro, contesté.
Leyendo esta tarde a Muñoz Molina me vino a la cabeza mi almohada, mi biblioteca, mis plantas de la fachada, que es lo más parecido a un jardín, y de vuelta la tranquilidad que allí se respira.
Venezuela.
Sí, sale a colación lo acontecido hoy en Venezuela, Maduro, los misiles, etc. Me decía esta tarde un amigo certero: ni por asomo podemos hacernos a la idea de lo que han sufrido los venezolanos durante estos años oscuros; ¿cómo no se van a alegrar de la captura de este dictador?
¿De qué manera podía resolverse todo este asunto si en las últimas elecciones Maduro tomó el poder aun perdiéndolas? Desgraciadamente nada es 2+2 en política internacional y, a pesar del método ilegal a todas luces, parece que de nuevo imperan las ideas de Maquiavelo y la razón justifica los medios. Hoy es Venezuela, ayer fue Gaza: ¿cuántas voces se han alzado estos meses para que países ajenos a Palestina e Israel tomaran parte en el conflicto? ¿Y en Ucrania?
Aquí es donde quiero llegar, nada es blanco o negro, siempre es gris. Lo que te parece injusto a todas luces hoy, mañana lo ves de otra manera si cambia el escenario. Esto es totalmente comprensible porque en el fondo somos seres ilógicos, llenos de incongruencias, por mucho que estemos seguros de lo contrario. ¿Qué le esperaba a Venezuela? ¿una guerra civil? Ya se sabe que las guerras sacan lo peor del ser humano y nunca éstas debieran ser la solución. Siempre, y digo siempre, hay alguien peor que tú, más malo que tú, con más poder que tú.
Quiero pensar en una solución boba pero efectiva: encontrar un lugar tranquilo para pensar y hablar sin tener que actuar como un abusón. Un lugar como lo tenían antes los ancianos, sentándose alrededor de una hoguera para discutir qué hacer ante un problema y sin dar lecciones a nadie. Ojo, la hoguera puede ser cualquier cosa, no seamos literales, pero primero habría que eliminar del grupo a los abusadores. ¿No les parece?
No deja de ser esto otro de mis caóticos escritos que me sirven de catarsis, perdónenme.
PD. Aprovecho para transcribir un párrafo del artículo de Muñoz Molida del que hablaba al principio, "Una mañana de silencio".
Ernest Hemingway, hombre frenético que sabía de lo que hablaba, decía que no deben confundirse el movimiento y la acción. Hay personas agitadas por una convulsa necesidad de movimiento que no llega a cuajar en ninguna acción firme, sustantiva, lo mismo que hay conferenciantes y charlistas y demagogos que no callan nunca y nunca dicen nada sensato o práctico, nada que no hayan repetido y estén repitiendo siempre los demás miembros de su numerosa cofradía. En este sentido, Lao Zu y Manuel Azaña son de la misma opinión. En el Tao Te Ching, Lao Zu dice: “El que sabe calla; el que habla no sabe”. Menos lacónico, pero no menos certero, Azaña escribió que, si en España cada uno solo hablara de lo que sabe, se haría un gran silencio muy beneficioso para trabajar.

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