viernes, 15 de mayo de 2026

UN NIÑO


La lógica del llanto
Juan José Millás, 10.05.2026

No es fácil fotografiar el pánico porque el pánico es un concepto, una noción mental, un suceso del alma. No está hecho como los misiles, de metralla y acero, aunque haga tanto daño como una bomba de racimo. Pero a veces el pánico se escurre del recinto craneal y se instala en la mirada de un crío como el de la foto o en el gesto del hombre que ha acudido en su ayuda. Aunque herido, el niño acaba de sobrevivir al bombardeo de un edificio residencial, probablemente el suyo, en Teherán. Quizá estaba desayunando un colacao con cereales en la cocina de su casa cuando las paredes estallaron. Tal vez no sepa qué ha sido de sus padres o hermanos. Tal vez sus tímpanos estén reventados también. Hay en su gesto una interrogación, lo mismo que en la expresión del sanitario. Flota en el aire una pregunta que quizá usted, lector, también se esté haciendo.

El niño no llora porque el llanto pertenece a un negociado de realidad en el que las cosas obedecen aún a cierta lógica: el dolor lleva a las lágrimas y las lágrimas al consuelo cuando el dolor es tolerable. Cuando no, las lágrimas se asustan y no salen, no hay forma de que salgan, pese a que el llanto resulte con frecuencia tan liberador.

El sanitario, con la mano apoyada en su cuerpo, parece verificar que la víctima sigue ahí, que no ha sido borrada por la onda expansiva que ha hecho un roto en el mundo del pequeño. Tocar, en este contexto, es una forma de resistencia: lo que se puede palpar no ha desaparecido del todo. La mirada de ambos se dirige a algo que queda fuera de campo, quizá a aquello que no ha podido ser salvado.

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